Varios niveles de debate.

Actualizado 30/07/2010 14:00:51 CET

MADRID, 30 Jul. (OTR/PRESS) -

La prohibición de las corridas de toros en las plazas catalanas suscita numerosos y variados debates públicos o privados. Primero, el más "a flor de piel", arranca de la cuestión de su "a usted le gustan los toros, pasa o los aborrece". Ahí arranca todo, naturalmente, porque la representación parlamentaria de los ciudadanos no hace otra cosa que trasladar esos gustos personales a una proposición de ley que puede salir o no salir y llegar a ser norma y ley. Si nos atenemos al resultado final de la votación y los diputados fueran perfectamente representativos, se llegaría a la conclusión elemental de que han triunfado los prohibicionistas, es decir, los contrarios a los toros. Y ahí podríamos entrar en la siguiente fase del debate múltiple: ¿Por qué no le gustan los toros? ¿Por ser un espectáculo poco edificante, nada moderno, en el que se maltratan a unos toros precisamente nacidos para morir en la plaza tras combatir con el torero, por conculcar el mandato ecológico de no maltratar a los animales? Y a continuación, podríamos pasar a un nivel distinto de los debates abiertos en esta controvertida historia: ¿Cuánto hay de cierto en que Cataluña y los catalanes quieren seguir mostrándose diferentes de los restantes españoles? O también: Si se preguntara a todos los españoles por esa afición, o falta de ella, por los toros, ¿qué resultado saldría? ¿Sería un resultado parecido el que se produjera en todo el país? Porque a lo mejor pudiera suceder que hay una mayoría de españoles que aplaudirían la prohibición en todas las plazas del país y hasta del mundo... O que entienden que eso, más bien temprano que tarde, terminará ocurriendo.

Luego hay niveles de debate complementarios: ¿Son los toros una demostración cultural, una exhibición de la cultura de muchos siglos? Y si así fuera, ¿vale la pena mantener y preservar todo tipo de herencias del pasado, por bárbaras que puedan resultar? Porque hemos tenido oportunidad de contemplar en los últimos años cómo iban desapareciendo viejas costumbres como la de arrojar una cabra desde un campanario o cortar el cuello a los gallos colgados de una cuerda en las fiestas populares de muchos pueblos... Y todavía una cuestión más: ¿Son una forma de vida y de supervivencia para un grupo de ciudadanos? ¿Se perderán muchos puestos de trabajo, tendrá un alto coste económico? ¿Perderá algunos o muchos puntos la economía catalana, por prescindir de esta fiesta? ¿Se podrá superar esa carencia decidida, en último extremo, democráticamente y por la representación popular? Y todavía sin llegar al final, la idea de la "fiesta nacional", que a muchos parece irrelevante y a otros repugna abiertamente. Lo de fiesta, puede entenderse. No hay duda de que para los aficionados, y hasta para turistas ocasionales, una corrida de toros puede llegar a ser una distracción sublime, una exhibición de valor y de destreza y habilidad, o bien de desprecio a la vida propia. En cuanto a lo de nacional, es cuestión más debatible. ¿Nacional porque es representación de la nación, característica propia e irrenunciable? ¿Puede ser ésta una fiesta de interés nacional y cultural, como ahora pretende Rajoy?

La otra enorme cuestión que se ha suscitado con este asunto no es otra que la merma de libertades, la afición a prohibir por prohibir... No es menos cierto que las sociedades se dan normas y se prohíben lo que hasta fechas anteriores era "normal". Hay que recordar la controversia que suscitó Aznar cuando cuestionó que la Dirección General de Tráfico limitara el consumo de vino. "Nos van a decir cuánto podemos beber...", proclamaba, airado y reivindicativo, don José María. El nivel de debate lo elige usted: sea en grandísimas palabras o de gustos personales. Como prefiera.

OTR Press

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