Lo que diferencia a un político de un hombre de Estado

Actualizado 17/06/2009 14:00:36 CET

MADRID, 17 Jun. (OTR/PRESS) -

Carlos Savador diputado de Unión del Pueblo Navarro ha lanzado un órdago a la Cámara proponiendo que se retire el proyecto del Gobierno sobre la nueva ley del aborto. Pero independientemente de la suerte parlamentaria de la propuesta de éste diputado hay otras cuestiones de fondo. ¿Era necesario hacer una nueva ley del aborto? Y segunda pregunta ¿Acierta el Gobierno queriendo imponer una ley del aborto sin el suficiente consenso político y social?

Si tuviera que responder a estas preguntas a la primera respondería que si, y a la segunda que no. En mi opinión si es necesario una ley del aborto que limite el plazo para abortar y evitar la sangría que hemos visto que sucedía en las tristemente famosas clínicas del doctor Molins en Barcelona. Pero a la segunda pregunta respondo un 'no' rotundo porque una ley así no debe de imponerse sino negociarse y aprobarse cuando obtenga el mayor consenso posible. Una ley así no puede ser rechazada por más de la mitad de la sociedad y sobre la que tienen dudas incluso muchos dirigentes socialistas y las encuestas aseguran que incluso entre el electorado del PSOE no gusta.

Lo que diferencia a un hombre de Estado de un político normal y corriente es que el hombre de Estado cuando gobierna no sólo piensa en quienes le han votado sino en el resto de los ciudadanos, es decir gobierna para todos, y eso implica en ocasiones matizar algunas de sus propias ideas y proyectos y sobre todo escuchar a la sociedad y no dividirla.

Adolfo Suárez fue un hombre de Estado, lo mismo que Felipe González, y ambos tuvieron un punto en común en su forma de gobernar y es que intentaron no dividir a los ciudadanos.

Les contaré una anécdota. Hace muchos años, en los albores de la Transición, veinte mujeres fueron procesadas por haber abortado y como pueden imaginar de inmediato se formó un grupo numeroso de mujeres que para solidarizarse con ellas firmaron un manifiesto que decía "yo también he abortado voluntariamente". Cientos de mujeres firmaron aquel manifiesto, entre ellas muchas políticas, artistas, escritoras, periodistas. Pero también se implicó a los hombres en el problema y se hizo un manifiesto paralelo que decía más o menos, si la memoria no me falla, algo así como "yo he ayudado voluntariamente a abortar". Este segundo manifiesto lo firmaron también cientos de hombres, políticos, actores, músicos, abogados, etc. Se trataba como pueden imaginar de intentar que aquellas mujeres no entraran en la cárcel y provocar una reacción social y de alguna manera crear un problema a la Justicia, porque ¿iban a procesar y meter en la cárcel a cientos de mujeres por firmar ese manifiesto? ¡Menudo lío para la Justicia y no digamos para el primer gobierno de UCD¡".

Y recuerdo que aquellos manifiestos "corrieron" por los "pasillos" del Congreso, y que muchas mujeres recogíamos firmas en solidaridad con las procesadas, y que aquel manifiesto lo firmaron muchos políticos pero Felipe González se negó a firmarlo. Aún recuerdo que me quede estupefacta cuando después de leerlo me lo devolvió diciendo que no lo iba a firmar. Le pregunte por qué, y su respuesta aún la recuerdo: "porque algún día, muy pronto, espero que el PSOE gobierne y cuando eso suceda te garantizo que ninguna mujer entrará en la cárcel por abortar, pero éste es un asunto que divide a la sociedad, que toca sentimientos muy profundos en las personas y hay que abordarlo de otra manera.

Entiendo que hayáis puesto en marcha un manifiesto de solidaridad y me alegro de que lo este firmando tanta gente pero yo no lo puedo firmar porque si un día soy presidente lo tendré que ser también de quienes no firman este manifiesto y lo que deberé de hacer es buscar consenso para abordar éste asunto. Eso sí, te reitero que cuando nosotros gobernemos ninguna mujer entrara en la cárcel por abortar, que eso dejara de ser delito".

Veintitantos años después confieso que aquel día me decepcionó profundamente el entonces líder de la oposición. No comprendí su actitud entonces pero si la comprendo ahora, supongo que es lo que media entre tener veintipocos años y haber cumplido los cincuenta. Felipe González tenía claro que si él gobernaba ninguna mujer sería condenada por abortar, pero también tenía claro que tenía que legislar escuchando y teniendo en cuenta la sensibilidad de otra parte numerosa de la sociedad, esa parte que no le había votado pero para la que también gobernaba.

A mí me asustan los gobernantes fundamentalistas, los que tienen las cosas tan claras que no dudan, los que imponen sus ideas y jamás escuchan a los demás. Y creo que eso es lo que está haciendo el presidente respecto a su proyectada nueva legislación sobre el aborto, en la que sin duda hay aspectos positivos pero otros que no lo son y la prueba es que es un proyecto que chirría. Escuchar a los demás e incluso cambiar de opinión o matizar al menos las opiniones propias no es signo de debilidad sino de fortaleza y creo que el presidente debería de iniciar una etapa de negociación con todas las fuerzas políticas hasta consensuar un texto asumible para todos, porque éste asunto afecta a las conciencias. ¿Será capaz?

OTR Press

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