Camino del sabañón.

Actualizado 04/03/2011 13:00:36 CET

MADRID, 4 Mar. (OTR/PRESS) -

Si ya hay casi dos generaciones que, o era unos niños o no habían nacido durante la Transición, de la que se ha enamorado súbitamente nuestro Presidente en tierras de Túnez, deben ser ya al menos tres generaciones las que no han oído hablar en su vida del sabañón.

El sabañón es una inflamación bajo la piel, acompañada de prurito, fruto de la exposición al frío y la humedad. Se suele localizar en pies y manos, pero también en las orejas y en la nariz. Cuando se localiza en la nariz resulta especialmente dolorosa la situación en caso de abundante mucosidad, porque cada vez que te llevas el pañuelo a las aletas para limpiarte, estás a punto del alarido.

El sabañón floreció largos años en una España donde no existía la calefacción, y el brasero, bajo la mesa camilla, era el único lugar medianamente apacible, una especie de oasis en unas casas gélidas e inhóspitas, donde el frío llegaba hasta el interior de las camas, en las que al introducirse se producía la desagradable impresión de que las sábanas estaban mojadas.

Tras la velocidad, las bombillas y los neumáticos, temo profundamente que el Gobierno descubra que uno de los procedimientos de ahorro más eficaz y cuantificable sea suprimir el encendido de las calderas de la calefacción. Ya sé que a este gobierno no se le pueden dar ideas, y menos los viernes, que hay consejo de ministros, pero es que no solamente se ahorraría una pastizara superior a la del monto de la congelación de las pensiones, sino que se podría atraer el voto ecologista, puesto que uno de los elementos más contaminantes son las calderas de calefacción. Pasaríamos frío, es verdad, pero el frío obliga a irse enseguida a la cama -más ahorro energético- y volverían de manera inevitable los sabañones. Estamos en camino.

 

OTR Press

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