El jamón

Actualizado 16/12/2006 1:00:49 CET

MADRID, 16 Dic. (OTR/PRESS) -

A la gente le ha dado por regalar gilipolleces. Se ponen originales y te acaban mandando por Navidad unos artilugios que no sabes si son un obsequio o un insulto. Nos hemos vuelto, con tanto diseño y tanta leche, unos capullos. Nos ponemos tan modernos que acabamos haciendo el cursi por no querer parecerlo hasta con las luces de Navidad. La manía por dar la nota acabó haciendo salir el peor "gallo". Así que déjense de tonterías que en ocasiones nada mejor que ser un clásico. Olvídense de pijotadas y vuelvan al jamón. Al vino y al jamón, como toda la vida.

Porque los habrá más caros, más elegantes, más modernos, más sofisticados o más bellos; los habrá incluso pecadores, que traspasen hasta la línea del cohecho, los desfiladeros de la tentación y los arroyuelos de la honradez. De todos ellos, de toda condición, gobierno y pelaje, los habrá, pero como él, hasta hoy y por los siglos hispánicos, el jamón es el jamón. Ése es el obsequio con mayúsculas. Certero, definitivo, contundente; un clásico en verdad y en la mejor acepción de la palabra, un estilo que no pasa; un exacto nombre, redondo, rotundo, un aroma, un sabor, un poderío, un todo inmarchitable.

Es el símbolo imperecedero de nuestra manera de pagar lo que no tiene ni por lo que se ha cobrado precio. Es, nadie lo dude, en la raza y en la lengua EL REGALO. Porque te pueden regalar de todo, cualquier cosa, de cualquier precio, condición, gusto o disgusto, de diseño o en botella. Te pueden mandar hasta la luna y la Biblia en verso -los de marketing mandan cosas aún más raras- pero si en Navidades a uno no le mandan un jamón, es que no es nadie.

Antonio Pérez Henares.

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