"Smokin" Joe.

Actualizado 09/11/2011 13:00:47 CET

MADRID, 9 Nov. (OTR/PRESS) -

Ahora que un cáncer de hígado acaba de tumbar sobre la lona definitivamente al que fuera gran campeón de los pesos pesados: Joe Frazer, me acuerdo de la frase de Cabrera Infante: "No mata el humo, mata la vida". Del boxeo, y de tipos como Frazer se escribe desde la épica porque se trata de personajes que marcaron la historia en un momento clave. A principios de los setenta, Estados Unidos vivía bajo los efectos de la Guerra del Vietnam (a la que Mohamed Alí se negó a ir) y de repente un tipo bajito para la talla que se usaba en los pesos pesados se plantó en el Madison de Nueva York y de un gancho de izquierda tumbó a la imagen de América en el decimoquinto asalto.

El boxeo es un deporte duro, no cabe ninguna duda, pero lleno de épica y de respeto por el rival. Una cosa es que se busque la eliminación del contrario por la vía rápida y otra muy distinta que no se reconozcan sus méritos o que no se choquen los guantes acabada la pelea en señal de amistad. Alí y "Smokin" Joe firmaron nuevos combates, entre ellos el mítico de Manila que sirvió a Alí para desquitarse del K.O. en Nueva York. Y desde entonces se formó entre ellos una sólida amistad y admiración que solo está a la altura de los campeones, de ahí la épica que rodea al boxeo.

Pero el tiempo pasa y castiga también a quienes tuvieron guantes de hormigón, la pegada cede y el hombre aparece con todas sus goteras, da igual que haya sido campeón del mundo o anónimo espectador de cualquiera de sus veladas.

A "Smokin" Joe le recordaremos por el gancho del Madison, pero sobre todo por haber hablado bien de su gran rival, algo que le honra a la hora de dejar este mundo. Ahora es Alí, aquejado también de otra mala enfermedad, el que se queda huérfano en esta foto sepia que nos sitúa a comienzos de los setenta en la ciudad de Nueva York (un poco antes de que se produjera la primera crisis del petróleo y aún cuando se prolongaban los efectos hippies de la década anterior).

Un cáncer de hígado, invisible pero atroz, ha tumbado por última vez al campeón que no volverá a posar con su sombrero de gánster y los anillos de campeón luciendo con descaro en sus manos negras. Su legado nos llama la atención por lo poco común que resulta encontrar un relato de caballeros en un mundo de bofetadas gratuitas y violencia absurda. Señores, se ha ido un gladiador del siglo XX, tengan la bondad de guardar un momento de silencio tanto por él como por nosotros.

OTR Press

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