Bollos

 

Bollos

Actualizado 17/07/2010 14:00:51 CET

MADRID, 17 Jul. (OTR/PRESS) -

Se supone que al colegio se va a aprender cosas, entre ellas, cómo no, buenos hábitos de comportamiento, organización personal, urbanidad e higiene, pero eso a cierta derecha montaraz le parece una añagaza marxista, típica de un gobierno judeo-masónico que nos quiere reglamentar la vida hasta extremos inconcebibles. E inconcebible, sin ir más lejos, le parece a la caverna que a los niños se les vaya a prohibir comer bollos mefíticos, industriales, grasientos, en el colegio.

Hay territorios o autonomías en España donde la educación que se expende en sus aulas es tan ínfima y deplorable, que los párvulos salen de ellas, un día sí y otro también, con sacos atiborrados de esos venenos para el organismo infantil llamados "chucherías" ("los chuches", según Rajoy), adquiridos a granel por los padres so capa de que su vástago celebre con los compañeros su cumpleaños. Con tanto niño, no es raro que casi todos los días sea el aniversario de alguno, pero esos plásticos hiperazucarados y remotamente comestibles no constituyen, de ordinario, la única ingesta chunga de las criaturas: se zamparon dos bollos de poliespán a media mañana, y llenarán la andorga, en el almuerzo, con una pizza congelada o con un sanjacobo de perborato. Todo ello bien regado, desde luego, con refrescos de burbujas que, sin el azúcar, sabrían a pie dormido. En esos territorios, donde las autoridades educativas compiten en estulticia y dejación con las familias, se dan, no se descubre nada nuevo señalándolo, las más altas tasas, superiores a las norteamericanas incluso, de obesidad infantil.

Siempre es triste que haya que prohibir algo que les gusta a los niños, pero ésto de prohibir los bollos artificiales y los jarabes químicos en los colegios a quien de verdad encocora es a ciertos padres, muchísimos lamentablemente, cuya amor por su descendencia no alcanza, al parecer, para prepararles un bocadillo o meterles un par de piezas de fruta en la mochila. Siempre es triste prohibir, pero más triste es que el sentido común, aplicado a la salud de los niños, no nazca espontáneo, instintivo, entre el padrerío.

OTR Press

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