La palabra de Goirigolzarri.

Actualizado 03/07/2012 14:00:38 CET

MADRID, 3 Jul. (OTR/PRESS) -

Al señor Goirigolzarri se le nota mucho que está a las órdenes del Gobierno: desprecia tanto a sus clientes como éste parece despreciar a los ciudadanos. Bankia, la entidad que dirige, es hoy el paradigma de la ruptura de la seguridad jurídica y de todas las reglas, incluso las del capitalismo a las que debería alguna sumisión: los millares de ahorradores a los que se estafó (en buen castellano "estafar" es dar gato por liebre y quedarse, encima, con el gato) induciéndoles con malas artes a comprar productos tóxicos de inversión, y que a día de hoy sufren espantosamente las consecuencias de ello, no son especuladores ni bolsistas, sino que representan a toda la ciudadanía española que padece, por la vía de otros despojos (pensionistas, mineros, parados, funcionarios...) esa falta monumental de respeto a sus personas, a sus derechos y a sus bienes.

Todo el mundo, desde Rajoy hasta los Defensores del Pueblo, pasando por el ministro de Economía, la CNMV, todos los partidos políticos representados en el Congreso, el mundo del Derecho y los especialistas financieros, han reconocido que la colocación a particulares de esas cadenas perpetuas que atienden al nombre de Participaciones Preferentes fue un "engaño", o, según los más timoratos, "un error". El señor Goirigolzarri mismo, al desembarcar en Bankia, pareció considerarlo así y se comprometió a su canje por productos de ahorro normales, que no por acciones que no van valiendo nada de ese banco, el suyo, que él y el Gobierno parecen decididos a terminar de hundir, como si haciéndolo se laminara la memoria y la responsabilidad penal de quienes se lo cargaron. Pero la intervención marciana del señor Goirigolzarri en la Junta General de Accionistas del pasado viernes, su impertubabilidad ante los dramas personales de los engañados "accionistas", su absoluta falta de empatía, su no decir nada salvo para aprobar porque sí lo que tantos desaprueban, deja poco margen a la esperanza de que sepa, y quiera, enderezar la situación, que pasa ineludiblemente por la devolución de lo que a Bankia no le pertenece.

¿Será necesario que algún desesperado se queme a la bonzo ante las torres torcidas del torcido imperio? ¿Que mueran del disgusto los ancianos estafados que cifraban en sus ahorros una vejez digna? ¿Que se colapsen los juzgados de toda España por las demandas que, en puridad, ganarían las víctimas, pues los inversores no engañados se abstendrían, como es lógico, de demandar?

Piense, señor Goirigolzarri. Haga el esfuerzo.

 

OTR Press

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