París ya no es París

Publicado 28/02/2017 8:00:27CET

MADRID, 28 Feb. (OTR/PRESS) -

Un error lo tiene lo cualquiera, pero un acierto no está al alcance de todo el mundo. De Donald Trump, no, desde luego. Sin embargo, y contra todo pronóstico, el orate que rige el destino de los Estados Unidos procurando fastidiar todo lo posible el de sus habitantes, ha acertado. "París ya no es París", ha dicho. Conviene retener esa aseveración, esa frase, porque seguramente será la única puesta en razón que brote jamás de sus labios.

En efecto, París ya no es París, del mismo modo que Madrid ya no es Madrid, ni Barcelona ya no es Barcelona, ni Peñaranda de Bracamonte, ni Villarrubia de los Ojos, ni Sanlúcar de Barrameda, ni ninguno de nosotros somos ya lo que fuimos. Parece una obviedad, y lo es, pero una obviedad para Trump es mucho. Ni París a las cinco de la mañana es la que tan sabiamente nos describió Jacques Dutronc, ni el cielo de Madrid, que era el bello mar que el poblachón manchego tenía, es ya azul, ni Barcelona el trasunto de París, ni cada uno de nosotros las jóvenes criaturas a las que no les dolía nada. Trump ha sido capaz de ver eso y de nombrarlo, pero que nadie se haga ilusiones, pues no se volverá a dar en él, nunca, un alarde parecido de lucidez.

Ahora bien; hablamos de Trump. Que es tanto como decir que hasta cuando acierta, se equivoca. Su "París ya no es París" no se lo ha inspirado el hecho de que los gendarmes ya no lleven aquella capa corta, ni el de que las taquilleras del metro, abrigadas con toquillas, ya no hagan punto mientras trabajan, pues no quedan ni taquilleras, ni toquillas, ni taquillas, ni tampoco el hecho de que hasta en el peor cafetín ya no den de mañana el mejor croissant del mundo, sino el de que ya no pueden ir los turistas a causa del terrorismo, o más exactamente, siguiendo no sin un gran esfuerzo su discurso, de la cantidad de musulmanes, de inmigrantes, que hay.

El presidente Hollande y la alcaldesa de la ciudad, nuestra Anne Hidalgo, se han mosqueado con Trump. Con razón. Sin embargo, la circunstancia de que a ese tipo tan pueril, tan malo y tan desagradable no le guste ya París, obra un momentáneo milagro: que París vuelva a ser París.

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