La tromba

Actualizado 22/05/2007 2:00:54 CET

MADRID, 22 May. (OTR/PRESS) -

Endeudarse por obras hasta el año 2040 daría derecho, cuando menos, a que no se le inundara a uno la ciudad cuando caen cuatro gotas, ni aunque esas cuatro gotas caigan juntas, en tromba, todas a la vez. Los madrileños, sin embargo, asisten tan estupefactos como calados hasta los huesos al insólito hecho de que la fortuna empleada en las obras de la M-30, eje, suma y cifra del sistema circulatorio de la ciudad, no haya mejorado un ápice, sino antes al contrario, el tradicional sistema de inundaciones en los aledaños del Manzanares y, desde luego, en el aledaño más aledaño de todos, la M-30 precisamente. Ayer y anteayer de nuevo, en efecto, Madrid fue un caos a causa de las previsibilísimas tormentas de Mayo, pero fue un caos sin un duro en el bolsillo y con la salud quebrantada por la aspiración del polvo de las obras durante años y por el desquiciamiento provocado por ellas.

Ya el mismo día de la inauguración del primer tramo, un túnel, cuatro gotas, las cuatro de siempre, anegaron por la tarde lo que Gallardón había inaugurado con gran pompa y boato por la mañana, pero muchos no se imaginaban aún que en sucesivas cuatro gotas el inicial desastre, un aviso en realidad, se multiplicaría a resultas del conocido efecto dominó. No ha sido la M-30 estos días, en consecuencia, el corazón y el emblema del nuevo Madrid soñado por Gallardón a expensas de la salud y del bolsillo de los ciudadanos, sino corazón y emblema del Madrid viejo, decrépito, inundado a la mínima, diseñado con los pies por los que creen poder construir y destruir la realidad a su antojo. Madrid se ha gastado todo lo que tenía y lo que no tenía en un carísimo disparate de ingeniería recreativa, pero se le siguen inundando los túneles, los garajes, las entradas de urgencia de los hospitales y las nuevas avenidas pésimamente peraltadas. Sin embargo, las encuestas dan ganador el domingo al principal responsable de ello.

Rafael Torres.

OTR Press

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