Cataluña: Se acabó la fiesta, empieza la alta política

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Publicado 06/10/2017 8:00:31CET

MADRID, 6 Oct. (OTR/PRESS) -

Viendo el cariz que han tomado los acontecimientos, repetir una y otra vez de quién es la culpa, qué se pudo hacer y no se hizo, no sirve absolutamente de nada, solo es perder el tiempo en florituras, toda vez que el ambiente se ha crispado de tal manera que resulta imposible encontrar en Madrid interlocutores que no se exalten cuando oyen hablar del "caso catalán", o a la inversa, que no tachen de fascista a una mujer como Isabel Coixet, que sobradas muestras ha dado de que unidos conseguimos más que divididos por el odio.

No sé si cuando salga este artículo Puigdemont habrá plegado velas sabiendo que se encuentra en el borde mismo del abismo, y con él todos los que proponen la independencia, o si seguirá adelante con sus planes suicidas. No lo sé.

Tampoco si Mariano Rajoy habrá salido del sopor que le invade, para ponerse a trabajar sobre un programa de mínimos y máximos. Propuestas que deben ser estudiadas y discutidas por una parte y por otra, que deben tener un objetivo común: devolver a las instituciones a la legalidad, y aliviar el sentimiento de frustración, de rabia, de impotencia que estamos viviendo la mayoría de los españoles, también los catalanes, ante la incapacidad de una clase política que se ha demostrado inútil a la hora de buscar soluciones a un problema que viene de lejos, y que es el más grave que tenemos desde que Tejero entró en el Congreso de los Diputados a punta de pistola y secuestró a los representantes del pueblo español.

Diálogo es lo que se está pidiendo desde todas las instituciones: jurídicas, religiosas, sociales, políticas, deportivas, empresariales, sindicales, incluso desde la Eurocámara, sin que el Gobierno de la nación se dé por aludido, y tampoco los partidos del arco parlamentario, con los que algunos no se quieren sentar porque consideran que no tienen el suficiente "pedigree" democrático, o tan democrático como el PP, Ciudadanos y PSOE.

Vergüenza da cómo, ante un problema que se está demostrando muy perjudicial para la economía en su conjunto, para la convivencia de todos y cada uno de nosotros, los líderes solo piensen en cómo van a sacar el mayor rédito político en las próximas elecciones, bien sean autonómicas o generales.

Siento vergüenza también al escuchar a tertulianos prestigiosos insistir una y otra vez en si Gerard Piqué dijo lo suficientemente alto y claro que no es independentista, pese a haberlo repetido al menos en tres ocasiones durante la rueda de prensa del miércoles. Preguntas que no formulan a otros muchos deportistas españoles que están a favor de votar, o que han trasladado sus residencias a países donde pagan menos impuestos.

Hemos entrado en una espiral muy peligrosa en la que me niego a participar ni de palabra ni de obra. Condenar todo lo que huela a Cataluña o a España no demuestra más que el nacionalismo tiene muchos colores, todos incendiarios si alguien no se ocupa de apagarlos.

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