Mariano Rajoy: se impone el diálogo

 

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Mariano Rajoy: se impone el diálogo

Publicado 28/10/2016 8:00:24CET

MADRID, 28 Oct. (OTR/PRESS) -

Parece muy lejano pero hace apenas diez meses que Mariano Rajoy perdió la mayoría absoluta. Tres millones y medio de votantes le abandonaron, unos porque ante el aluvión de goteras que asolaba la casa de los populares sintieron la necesidad de salir de la formación de la gaviota, sobre todo por la falta de medidas contra la corrupción que se había instalado vergonzosamente y de forma permanente en Valencia, Madrid, y Galicia. Otros porque la prepotencia y la indiferencia que mostraban sus dirigentes ante los problemas vitales de las familias, optaron por quedarse en su casa el 20D viendo la televisión o jugando con sus hijos y abuelos.

Un fuerte castigo a una forma de gobernar que ya sufrieron cuando Zapatero, un desconocido, les desalojó de La Moncloa e impidió que Rajoy se instalara en el olimpo de la política española. Un castigo que les sorprendió pues no hay votantes más fieles que los del centro derecha, lo que les ha llevado después de unas segundas elecciones a una situación endiablada, por más que su instinto de supervivencia le haya traído diez meses después a aguas más templadas. Gracias, eso sí, a la determinación de algunos dirigentes del PSOE por finiquitar la convocatoria de unas nuevas elecciones. Las terceras en un año. Una situación insólita en nuestro país, debido a la incapacidad de nuestros políticos, de todos, para llegar a acuerdos. Pues si bien es cierto que Pablo Iglesias dio calabazas a Pedro Sánchez también lo es que Albert Rivera no quiso sentarse a la mesa con los de Podemos, por falta de sintonía, o simplemente porque estaba seguro de que sus votantes no se lo perdonarían, viniendo como vienen la mayoría de ellos de las filas del PP.

Así las cosas Rajoy se encuentra en estos momentos en una zona llamémosle más templada, en la que ya no le vale utilizar el Boletín Oficial del Estado a su antojo, para implantar sus políticas sociales, educativas, sanitarias, con las que una parte importante de los ciudadanos no están de acuerdo, y que tan malos resultado han dado, pese al optimismo reinante en algunos círculos cercanos al poder. De ahí el tono conciliador del candidato popular con el que el miércoles empezó el debate de investidura. Un tono que por momentos parecía que iba a saltar por los aires acostumbrado como está a hacer su santa voluntad. Pero no, astuto como es Rajoy sabía que de lo que dijera y cómo lo dijera dependía no solo salir el sábado investido presidente sino poder sacar adelante leyes y medidas que está obligado a aprobar sí o sí, porque es lo que le urge Europa que haga, y con esos ya sabemos que bromas, las justas.

En estas condiciones es justo reconocer que el nuevo Gobierno no lo tendrá fácil, o sí, todo dependerá de su talante, de su disposición para negociar con el resto de los partidos, con todos, sin excepción, incluso con aquellos con los que no tienen ningún tipo de sintonía pero a los que muchos ciudadanos han votado, y a los que hay que respetar porque han sido elegidos democráticamente. Cometería una grave equivocación si como parece cada vez que algo no le sale según lo previsto en su hoja de ruta, amenaza con unas nuevas elecciones. Y se equivocaría porque los ciudadanos están dando muestras de una preocupación por la cosa pública que quizá hace años no tenían. Y esto atañe a todos los líderes políticos: En el Parlamento están para solucionar problemas, no para crearlos.

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