Carlos Llamas, cuando un amigo se va

Actualizado 05/10/2007 2:00:31 CET

MADRID, 5 Oct. (OTR/PRESS) -

La noticia de la muerte de Carlos Llamas -como la de tantos otros amigos y compañeros que ya no están-, me cogió en la cama, intentando poner en orden mis ideas después de una noche de insomnio. Tardé unos segundos en reaccionar pero la voz, el tono, el nerviosismo de Carles Francino, pronto me sacaron del letargo en el que estaba sumida para darme de bruces con la realidad.

Desde que supe de su enfermedad mantuve la esperanza de que Carlos iba a superar esta dura prueba, de que iba a sortear un final que seguramente estaba escrito en alguna parte, con reglones torcidos eso sí, pero escrito. Porque a Carlos, como mucha otra gente, la noticia de que padecía cáncer le cogió desprevenido. Pero una vez que se hizo a la idea de que no había vuelta atrás, decidió luchar hasta el final, hasta que no le quedasen fuerzas, como así ha sido. No sé si tuvo dudas, pero si las tuvo nunca las dejó entrever. Su gran sueño era volver a la Ser, a presentar "Hora 25", y casi lo consigue. Fue en esa emisora donde le conocí, dónde tuve la oportunidad de compartir con él muchos momentos duros de la política, pero también otros muy agradables.

No tengo por costumbre escribir sobre aquellas personas a las que quiero porque me da pudor, hoy lo hago porque van a ser muchos los oyentes que sentirán el vacío de su voz, yo también, pues aunque hacía tiempo que no le oía - regresó a las ondas pero tuvo que dejarlo porque la voz no le respondía, esa voz suya tan característica, rota por las medicinas y el tratamiento que seguía-, pero me alegró. Eso me hizo concebir la esperanza de que cualquier noche, al acostarme y poner la radio Carlos estaría ahí de nuevo, con su voz rota, pero ahí. No ha podido ser, y bien que lo siento.

Durante los casi diez años que trabajé en la SER, a la primera persona que iba a preguntarle qué había de nuevo, era a Carlos Llamas. Le recuerdo en un rincón de la redacción de informativos, siempre frente al ordenador. No tenía despacho, supongo que porque prefería respirar el mismo aire que el resto de sus compañeros, ni secretaria, se las arreglaba sólo. A veces, a media tarde, le encontraba en el bar, tomándose un cafetito con Agustín, su amigo y compañero del alma, y entonces comentábamos el programa de la noche anterior, la ironía de Miguel Angel Aguilar, la severidad de Carlos Mendo, la pasión de todos ellos defendiendo sus posturas, y la desesperación de Llamas intentando que el rifirrafe no impidiera a los oyentes escuchar lo que cada uno de ellos quería exponer. Era una lucha inútil porque incluso cuando él hablaba o trataba de repartir juego entre los contertulios, le quitaban la palabra. A veces se enfadaba, otras se lo tomaba a broma porque así era él, apasionado y metódico a la vez.

Carlos es (me cuesta hablar en pasado) una de las personas con las convicciones más firmes que he conocido, tanto a nivel profesional como en los afectos. Nada le hacía perder la cabeza, ni los halagos ni las críticas, ni los amigos ni los enemigos, que claro está los tenía, como todos en esta profesión, que desborda pasión, porque sin esa adrenalina que nos invade no podríamos trabajar. ¿O alguien se imagina a un "cabeza-hielo", indiferente a lo que ocurre en el mundo que le rodea, dirigiendo o presentando un programa de radio o de televisión?. Yo no desde luego.

A Carlos le deseo allí donde esté, que le vaya bonito. Hoy sus hijos, su mujer, su familia, sus amigos, todos los que le conocidos, sus fieles oyentes, estamos tristes por su perdida, pero también alegres porque ha ganado la batalla más difícil, la de los afectos. La otra da igual, al fin y al cabo estamos aquí, de paso.

Rosa Villacastín.

OTR Press

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