Luto y dolor en el corazón de la Princesa de Asturias

Actualizado 09/02/2007 1:00:21 CET

MADRID, 9 Feb. (OTR/PRESS) -

La muerte de una persona joven casi siempre sorprende por inesperada, la de Erika Ortiz Rocasolano, la hermana menor de la Princesa de Asturias, me ha llenado de estupor, como supongo que le habrá pasado a su familia, compañeros y amigos. Quién iba a suponer un desenlace tan trágico, de alguien que se encontraba en plena juventud, con una hija de seis años a la que adoraba. Sabía, eso sí, que había estado de baja laboral por depresión. Una enfermedad a la que se llega por muy diversos caminos, y que padece una cuarta parte de la población, según los últimos estudios realizados en este sentido.

Conocí personalmente a Erika en la presentación de la revista de Arte 'E.M.E.', me pareció muy frágil, algo tímida, pero muy natural. Me agradeció el tratamiento que daba a su hermana Letizia, y a su familia. Fue una conversación corta, ya que la mayoría de los invitados al acto querían saludarla, pero estuvimos el tiempo suficiente para reafirmarme algo que intuía: se sentía agobiada por el peso que para la familia Ortiz-Rocasolano, suponía el matrimonio de su hermana mayor con el Príncipe Felipe. Al contrario de lo que muchos pudieran pensar, esta familia ha tenido que atravesar un camino lleno de espinas, no sólo por la persecución de los medios -que también- sino por las criticas que en el caso de Erika le llovieron casi desde el momento mismo en que su hermana dio el 'Sí' al heredero de la corona española.

No habían terminado de saborear el pastel de bodas cuando ya se alzaron las primeras voces tachando a Erika de 'hermanísima', de aprovechada, por haber aceptado un trabajo que, según decían no le correspondía, como si ser directora de comunicación de una revista en la que llevaba tiempo trabajando, fuera la panacea a todos sus males. También se ha criticado a su abuelo por ser taxista, por vestir así o asá.

Han sido golpes duros, pero, sobre todo, golpes bajos, porque si algo han demostrado todos ellos en este tiempo, es que tienen más dignidad que muchos de los que les juzgan tan despiadadamente. Que yo sepa la vida de los Ortiz-Rocasolano, no ha cambiado, siguen viviendo en el mismo barrio donde vivían, tanto Telma como sus padres siguen trabajando donde trabajaban. Quizá vistan un poco mejor, pero eso es de obligado cumplimiento teniendo en cuenta que cada vez que salen a la calle tienen una cámara esperando que cometan un desliz para poder criticarles.

Lo dicen los sociólogos: los más críticos y despiadados son aquellos que pertenecen a tu misma clase social, aquellos que no pueden perdonar que alguien de su mismo círculo, incluso de su misma escalera, llegue donde ellos no llegarán jamás. O aquellos otros que por estar un escalón más alto, llegan a creerse de una casta aparte.

De todos los miembros de esa familia, Erika era la que peor llevaba que la observasen, que la persiguieran, que la ruptura de su relación con Antonio Vigo, el padre de su hija, fuera portada en las revistas, que un paseo con su novio actual, se convirtiera en noticia, pero sobre todo, lo que no podía soportar -y que fue minando su autoestima- es que se cuestionara su trabajo. Su capacidad para desempeñar una labor para la que se había preparado concienzudamente desde pequeña. Porque sus padres, aunque no eran capitanes generales, ni diplomáticos, ni aristócratas, sí se habían preocupado de darles a Letizia, Telma y Erika, el mejor regalo que un padre puede dar a sus hijas: formación, las tres han pasado por la Universidad, han estudiado las carreras para las que creían estar más capacitadas. Pero ningún catedrático les enseñó la asignatura más difícil, que el que resiste, gana.

Erika ha muerto, y con ella se va la alegría de sus padres, de sus hermanas, de sus abuelas, de su hija. Me dicen que están destrozados, sorprendidos, incapaces de comprender lo que ha pasado, pero la que más su hermana Letizia, por su avanzado estado de gestación y porque cuando sus padres se separaron la Princesa adoptó el rol de hermana protectora, sobre todo con Erika, que era la más frágil.

Han pedido respeto, y yo desde estas páginas se lo quiero hacer llegar, aunque me temo que no podrán evitar que la muerte de Erika traspase el umbral de su intimidad, ya lo hemos traspasado. Lo que hay que pedir ahora es que el duelo no se convierta en un circo mediático, porque no era personaje público. Para los periodistas esta debería ser la prueba del algodón, la prueba de que no todo vale. Y tú Erika, descansa en paz.

Rosa Villacastín

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