Cartagena, se rinde a Carmen Conde

 

Cartagena, se rinde a Carmen Conde

Actualizado 20/04/2007 2:00:50 CET

MADRID, 20 Abr. (OTR/PRESS) -

Conocí a Carmen Conde y Antonio Oliver, su marido, en 1955. Yo tenía 9 años cuando se presentaron en Navalsauz, un pueblo de la sierra de Gredos (Avila) donde vivía con mis padres y mi abuela Francisca Sánchez, viuda y musa del gran poeta nicaragüense Rubén Darío. Pese a los años transcurridos es una imagen que tengo grabada a fuego en mi memoria, ya que aquella visita con fines absolutamente literarios, cambiaria nuestra vida para siempre. Fue un encuentro tan inesperado, tan cálido, que inmediatamente se produjo una corriente de simpatía entre mi abuela y el matrimonio de poetas, lo que propició que Francisca les mostrase con la generosidad que le caracterizaba cientos, miles de documentos que habían pertenecido a Darío y que ella guardaba celosamente en grandes baúles.

Ante aquella actitud tan generosa por parte de la heredera universal de Darío, Carmen y Antonio removieron Roma con Santiago, hasta conseguir que mi abuela los donase al Gobierno Español, de forma totalmente desinteresada. Miento, lo único que pidió a los funcionarios del Ministerio de Educación que fueron a hacerse cargo de tan preciado tesoro, fue una beca para mí. Algo que sorprendió a todos pues de sobra sabían que lo que les estaba entregando era un tesoro de valor incalculable. Finalmente decidieron que mis padres, mi abuela y yo nos trasladásemos a vivir Madrid. Fueron tiempos difíciles para mi familia, que coincidieron con la llegada de mi única hermana, pero no muy diferentes a los de cualquier otra que abandona el pueblo para irse a la gran ciudad. La diferencia es que nuestra casa se convirtió pronto en una especie de santuario dariano al que acudían estudiantes, poetas, escritores, de medio mundo que querían conocer de primera mano y por boca de mi abuela cómo era, cómo pensaba, el precursor del Modernismo.

Cuando mi abuela murió nuevamente le pidió a Carmen que cuidara de mí, que me guiara por la vida. Y tengo que decir que tanto ella como su marido fueron unos segundos padres para mí. Con Antonio trabajé en el Archivo Rubén Darío, del que era director, hasta su muerte. Él me enseñó a amar la poesía, la literatura, a conocer gentes muy diferentes. Carmen me dijo que siendo mujer lo tendría mucho más difícil que si hubiera sido hombre. Y que para alcanzar la meta, cualquier meta, había que trabajar duro.

Poca gente sabe que fue una de las mejores poetisas de su época. Una mujer a quién la Guerra Civil rompió su vida en mil pedazos. Perseguida y condenada por el bando franquista nunca quiso abandonar España, aunque de haberlo hecho, su vida y la de su marido hubiera sido muy diferente a como fue.

Recuerdo el día que le nombraron Académica de la Lengua -la primera mujer que llegaba a ocupar tan alta distinción-, su llanto silencioso cuando le dieron la noticia, su rabia ante las injusticias de que fue objeto, su reconocimiento a quienes le ayudaron, su fidelidad a la memoria del único hombre al que amó, y del que siempre hablaba con admiración, con la misma admiración que lo hacía de Gabriela Mistral, de Miguel Hernández, de Manuel Altolaguirre, de Alexandre, de Amanda, de Eulalia, sus dos grandes amigas, y de todas aquellas personas a las que quiso y que como ella tuvieron que pagar un alto precio por conseguir la libertad y la igualdad que hoy disfrutamos en nuestro país.

Antes de morir, Carmen Conde donó a Cartagena, la ciudad que le vio nacer, toda su obra y la de su marido, de manera que es ahí, en esa fuente y en ese lugar donde tendrán que beber todos aquellos que quieran saber de su vida y de su obra, ahora que se cumple el Centenario de su nacimiento.

Rosa Villacastín.

OTR Press

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