Apoteosis de la mediocridad

Publicado 02/12/2016 16:55:15CET

Por José Manuel Gómez Gutiérrez, MADRID, 2 Dic. (ORT/PRESS) -

Quizá sea necesario "cambiar todo para que todo siga como está" (Príncipe de Salina en El Gatopardo, de T. Di Lampedusa).

No hay nada más osado que la ignorancia.

En esta sociedad actual me siento como un invitado, como un espectador al que no le seduce el giro de los acontecimientos: arrolladora degradación cultural generalizada; robo institucionalizado; presunto libre comercio, falsa ley de la oferta y la demanda que se manipula y no se respeta; asombroso mutismo y consiguiente inhibición de los intelectuales influyentes; muchos de ellos han optado por camuflarse y reaparecer cual gatopardos. Esto, quizá ha facilitado cierto cambio, pero también ha propiciado la degradación.

Vivo con la sensación de estar inmerso en un mar de mediocridad. Con el advenimiento de esta "seudodemocracia" ha aflorado una suerte de apoteosis de la mediocridad.

La mediocridad suele permanecer agazapada, oculta, acumulando rencor, planificando desquites, conspirando contra el progreso, cultivando ramplonería, esperando su oportunidad; pero en los tiempos que vivimos aflora por doquier. Es un alarde, una evidencia no disimulada.

La mediocridad genera solidaridad entre mediocres y facilita la prosperidad de todo lo vulgar de arrivistas y advenedizos. El arrivismo de los mediocres ya no permanece oculto o solapado; pero sigue siendo osado y cobarde, agresivo y desconsiderado.

Cuando los mediocres consiguen el poder, más allá de su nivel de incompetencia (Principio de Peter), cual ha sido el caso en los últimos tiempos, corrompen la Democracia y la convierten en totalitarismo o fascismo aviesamente adornado de progresismo. La mediocridad no suele ser patrimonio de la izquierda política, también pulula por el lado derecho. No es una casualidad, pero sí una ventura que entre los centristas auténticos y equilibrados escaseen los mediocres que, por supuesto, si mediocres, solo son centristas de pacotilla y no tardan en delatarse.

Cuando la mediocridad consigue el poder -por inhibición de los inteligentes que, al sentirse impotentes contra el clamor popular, se enquistan, se encierran en su concha y esperan los deseados tiempos mejores- digo que cuando consiguen el poder provocan indefectiblemente el desastre. Suele ocurrir que la inteligencia, la creatividad y la cultura se retrotraigan ante la avalancha imparable del arrivismo, de lo miserable, lo inculto, lo mediocre en suma. Pero jamás reconocen sus errores; morirán creyendo que han convencido a los demás de que el desastre es responsabilidad de los otros (Maquiavelo, Kant).

Son tiempos en los que la mediocridad y la ignorancia (tanto monta) afloran con tal intensidad que lo invaden todo; es como una fuerza de la naturaleza en primaveras húmedas y cálidas; es como una pandemia. Políticos incapaces crecen y crecen, y surgen por todas partes mermando y degradando la cultura, el arte, el trabajo. A la ciencia, patrimonio de los excelsos, no llegan; faltaría más, pero sí a los centros de enseñanza, que inmediatamente acusan la situación con un descenso evidente de la calidad y un progreso rápido de lo burdo y desaliñado. Marginan cualquier síntoma de solidaridad que no sea la propia; consiguen puestos de responsabilidad aún siendo incapaces reconocidos. A los buenos se les ignora, son marginados, se les enmudece.

Todo se supera con el tiempo, pero será necesario tomar conciencia de la situación y hacer un esfuerzo notable para barrer tanto despojo acumulado, para desmantelar una estructura minuciosamente entramada. Cualquier argumento que se aduzca contra tanto despropósito, por muy sólido que sea, será ridiculizado o ignorado -en el mejor de los casos, porque lo más frecuente es que sea anulado- tenazmente descalificado, y sus promotores despiadadamente marginados. No son infrecuentes los que, traicionando a la inteligencia, venden sus talentos al poder establecido, envileciendo con descaro al intelecto, la lógica, la lealtad y la decencia. Puede constatarse en muchos debates de TV. Nietzsche los calificaría como chandala.

En consecuencia, admiro a los periodistas y comentaristas honrados, que muchos hay, capaces de plantar cara al control establecido y de denunciar con osadía y educación todo despropósito.

La mediocridad cuenta con un subterfugio inestimable: la descalificación del rival; "descalifica que algo queda" sería una sentencia acertada. La descalificación pública y directa es ya algo cotidiano, habitual, como lo es el insulto y el desprecio. Hoy día descalifican hasta a la madre que les parió, y no en sentido figurado, por ejemplo presumiendo de su analfabetismo, cual fue el caso de un político madrileño. La descalificación más eficaz es la que espera hasta el momento final del debate, cuando el contrario ya no tiene opción a la réplica. Lo que ya ha perdido actualidad y no se practica es la réplica fina y sutil, propia de oradores de reconocida solvencia y modales refinados. Ahora no es infrecuente la descalificación, el insulto y la mentira brutales y públicas, que pueden llegar a desatar hasta el llanto del interlocutor.

Es inquietante pensar y concluir que siempre fue así, y que así seguirá siendo.

Lo afirmado está inspirado, tomado y deducido de hechos reales, mayormente difundidos por TV y la prensa presuntamente cualificada. De este modo, es tan conocido y tal la evidencia de lo comentado que posiblemente esto no pase de ser otra vulgar mediocridad.

José Manuel Gómez Gutiérrez es Doctor en ciencias Químicas, Premio Nacional de Doctorado. Ayudante, Colaborador e Investigador Científico del C.S.I.C. Primer Catedrático de Ecología de la Universidad de Salamanca.

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