Ficciones mentales vs. realidades naturales. II

 

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Ficciones mentales vs. realidades naturales. II

José Manuel Gómez Gutiérrez
CEDIDA
Publicado 22/11/2016 12:35:09CET

Por José Manuel Gómez Gutiérrez, MADRID, 22 Nov. (OTR/PRESS) -

II.-Secuelas ecológicas.

Esta confrontación no suele ocurrir en el campesino productor, no liberado de los rigores de esa realidad, pero sí en el potentado, intelectual y técnico, apartado de ellos gracias al trabajo de los productores materiales, a los que sometió e incluso esclavizó. La riqueza y el poder crearon el ocio; la mente ociosa comenzó a imaginar, especular, descubrir y fantasear; más tarde la ciencia experimenta, comprueba y corrige o ratifica.

Sabemos mucho de la actividad intelectual de ese estrato social de parásitos y simbiontes "intraespecíficos" -en el sentido más estricto de la palabra, puesto que se alimentan de los productores- de todas las civilizaciones, particularmente de las occidentales, hasta nuestros días. A veces el intelectual también cultivó la tierra, pero le quedó tiempo para pensar en algo más que su supervivencia. Hemos llegado al extremo de que los productores de alimentos, los productores, no los propietarios del terreno ni los intermediarios, los obreros productores, son minoría; una minoría despreciada, explotada, parasitada en suma (Saint-Simón). La esclavitud no es un recuerdo del pasado. La inmensa mayoría de la población -del mundo desarrollado- desconoce como se produce una lechuga, o la leche o la carne; no han visto más pollos que los que hay desplumados en el mercado a en la nevera.

Como contrapartida a la realidad material, la mente humana crea mundos imaginarios -de posibles realidades o de ficciones- impresionantes, capaces de saturar inmensas bibliotecas, pinacotecas, hemerotecas, filmotecas***, en todo el mundo. Por todo ello, no es descabellado diferenciar dos mundos en el actual quehacer cotidiano de la especie Homo: el mundo real material que nos contiene, y el mundo mental - realizable o de ficción- albergado en su cerebro. La conducta humana no se ha cincelado en función del resultado de los debates al respecto, pese a que los panfletos o manifiestos de personajes concretos se consideren responsables de determinados actos o revoluciones históricas, generalmente plagados de errores. Los cambios se han producido por la evolución secuencial de las necesidades (inducidas o reales) de la masa popular, denunciadas, eso sí, por personajes previsores y/u oportunistas, y cubiertas por la tecnología y la ciencia.

El desarrollo de su cerebro dio capacidad a los prehomínidos para recordar, relacionar y prever, también para imaginar, en grado superlativo cuando alcanzaron el nivel de sapiens sapiens. Pero la tozuda realidad siguió su curso en el entorno, y mucho debió de valerle al hombre conocer y respetar esa realidad para sobrevivir y prosperar. No obstante, conviene constatar un hecho relevante: la evolución humana desembocó en la actual especie gracias al dominio de la inteligencia sobre la fuerza.

Actualmente podemos plasmar en imágenes -realidades virtuales- cuanto queramos imaginar. Son pues realidades, tangibles, perceptibles para alguno de nuestros sentidos, la vista y el oído por ejemplo, pero virtuales, imperceptibles para el tacto o el olfato, irreales; solo el soporte es material, y no son nada sin la imaginación humana. Tampoco son perceptibles al tacto, a la vista, el oído o el olfato las cualidades (bondad, maldad, ingenio, et.), pero son realidades. Hay realidades materiales frente a las ficciones mentales que pueden plasmarse en imágenes virtuales reales, pero de contenido ficticio.

En el campo del deterioro de la Biosfera, la cosa no tendría mayor trascendencia si dos estratos sociales, el intelectual y el dominante, se hubieran ocupado seriamente de no perder el contacto con la realidad del mundo material y tangible (con su ecología), hasta el extremo de ignorar su funcionamiento, poniendo en peligro su equilibrio y la supervivencia de la propia especie. (Es una realidad que llega alcanzar tintes dramáticos en la política). La ignorancia genera insensibilidad, llegando a premiar y distinguir por ser respetuosos con el medio ambiental (si se trata del ambiente, que sea entero y no medio) a personas nefastas para el mismo, cual es el caso de cazadores y demás pervertidos, capaces de matar por placer, pero también de dejar en letra impresa espectaculares referencias, maravillosamente expresadas, de sus múltiple atrocidades, delatoras de una notable insensibilidad.

Hemos llegado al extremo de modificar el medio natural a medida de imaginarias necesidades o deseos, a menudo ignorando las leyes inalterables que rigen su mantenimiento y cualidades. Esta actitud puede provocar verdaderas catástrofes generadoras de dolor e infelicidad para multitud de seres humanos: contaminación de la atmósfera, de aguas y suelos, deforestación, incendios forestales que afectan a miles de hectáreas de arbolado esencial para mantener el equilibrio atmosférico y frenar la erosión, destrucción de arrecifes de coral, *.etc. etc.

No es malo desarrollar e incentivar la imaginación y nuestro mundo virtual, lo peligroso es ignorar y olvidarse del mundo material real, de nuestras relaciones ecológicas. El conocimiento de nuestro Medio Natural tendría que ser prioritario, desde que el niño es capaz de memorizar y deducir; antes que credos y fantasías, que les aparten de la realidad.

La ignorancia puede derivar hacia oscilaciones pendulares; disparates ciertamente alucinantes, cual es el caso de sobreponer el valor de otras especies competidoras a los intereses ecológicamente lícitos de la población rural, mayormente si ambos intereses pueden conjugarse armónicamente.

José Manuel Gómez Gutiérrez es Doctor en ciencias Químicas, Premio Nacional de Doctorado. Ayudante, Colaborador e Investigador Científico del C.S.I.C. Primer Catedrático de Ecología de la Universidad de Salamanca.

OTR Press

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