La potencia de los liderazgos es mayor que la de las ideologías que están en extinción. Caso práctico: Trump

 

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La potencia de los liderazgos es mayor que la de las ideologías que están en extinción. Caso práctico: Trump

Antonio Sola-Fundido
CEDIDA
Publicado 23/11/2016 16:39:07CET

Por Antonio Sola, MADRID, 23 Nov. (OTR/PRESS) -

Estos últimos días he participado en la X Cumbre Mundial de Comunicación Política, una cita internacional que he apoyado desde sus primeras ediciones, y que, en esta ocasión, me ha permitido exponer una tendencia que crece sin parar y sin que, en muchas ocasiones, seamos conscientes de su influencia en nuestra vida. Se trata del predominio del liderazgo por encima de las ideologías, esas que fueron el corazón político del siglo XX.

El liderazgo, un fenómeno social y humano cuyo estudio, observación y modulación siempre me ha apasionado, regirá la política por encima de ideologías, partidos e instituciones en este siglo XXI. Por mi experiencia profesional, he compartido y trabajado codo a codo con líderes en distintos países. Gracias a ello, puedo determinar que, efectivamente, el líder no siempre nace, sin embargo, siempre se hace y se curte en la lidia de mil batallas.

Estamos en la era de los liderazgos que se imponen a las ideologías. Éstas, entendidas en su sentido más tradicional como el juego ético de ideales, principios y doctrinas que gobiernan la vida, se encuentran en un periodo de decadencia y, para muestra, el acontecimiento político más comentado en las últimas semanas: las elecciones en Estados Unidos. En ellas, los votantes no eligieron las ideas republicanas, eligieron al líder que abanderaba la defensa de las necesidades más vitales del estadounidense medio.

Donald Trump no ganó por ser ideólogo. Ganó porque supo empatizar con el ciudadano, capitalizó el resentimiento de la América profunda. Éste tiene que ver con el primer metro cuadrado -excelente concepto que tomo prestado de Pablo Knopoff, joven socio de una de las encuestadoras más exitosas hoy en América Latina, Isonomía-, y con el que se refiere al lugar donde se definen los sueños y los votos de los ciudadanos.

Este metro cuadrado supone dar respuesta a las necesidades intocables para cada uno de nosotros, las que nos mueven a hacer cosas para respetar su status quo, las que no queremos ver amenazadas: comida, empleo, educación de los hijos, salud* el día a día.

El estadounidense medio sintió esta amenaza y Trump lo comprendió, mérito reseñable del recién electo Presidente de Estados Unidos. Reparó en algo fundamental: el por qué de la gente, y esto le permitió adherirse votos a su proyecto político. En este sentido, Trump no afrontó la campaña desde la ideología -ni siquiera su partido lo respaldaba-. Atajó esas necesidades básicas y se convirtió en su defensor. Para hacerlo, demostró las cualidades que le convertían en el candidato ideal para proteger a los americanos de esos peligros que les acechaban y no dudó en hacerlo con toda su verborrea, con comentarios punzantes que, si bien escandalizaban a gran parte de la opinión pública confiriéndole graves críticas, le permitieron ganar la elección.

¡Gran contraste! ¡Gran sorpresa! Porque, en el fondo, casi todos los ciudadanos del mundo sentían tan propia esa elección que eligieron su resultado con unos condicionantes muy diferentes a los de los verdaderos electores. Y así estaba servido el drama posterior: caídas de las Bolsas, inquietudes, expectación y primeros movimientos en el tablero.

A pesar de todo esto, no hemos de tener la imagen idílica del líder que convence a sus seguidores: no es elegido por inocular sus opiniones y valores en la sociedad. El líder es seguido porque representa las creencias que ellos mismos -los ciudadanos o los votantes- tienen. Es decir, la gente no sigue al líder por él, lo sigue por ellos mismos. Así sienten esa identificación al buscar el refrendar y respaldar lo que piensan. Esto fue lo que sucedió en Estados Unidos, ni más ni menos.

Trump afronta una nueva etapa en la que no le va a servir lo mismo que decía como candidato. Ya tiene los votos, ahora necesita gobernar para todo la nación y, en cierta medida, mirarse en el espejo de un mundo que le devuelve una imagen de recelo, confusión y miedo.

Todo este proceso es perfecto ejemplo del predominio del liderazgo sobre la ideología. Debemos ser conscientes de la evolución que afrontamos, un fenómeno que va emparejado con la esencia del ser humano y que no es bueno ni malo por sí mismo, sino que es una realidad que debemos gestionar y, ¡por qué no! liderar.

Antonio Sola, estratega político español, especialista en temas latinoamericanos

Twitter: @AntonioSola_

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