Análisis de Yakuza Zero: Una inmersión en el Japón más violento de los 80

 

Análisis de Yakuza Zero: Una inmersión en el Japón más violento de los 80

Actualizado 01/02/2017 15:43:18 CET

   MADRID, 1 Feb. (EDIZIONES/Portaltic) -

   Yakuza, la serie que lleva una década exprimiendo el lado más salvaje del Japón urbano, vuelve a sumergirse en el submundo de la violencia con su nueva versión para PS4, Yakuza Zero, un título que retrotrae a la saga a sus inicios.

   El título desarrollado por Sega aborda los orígenes de Kazuma Kiryu, más conocido como el Dragón y al que veremos cuando apenas tenía 20 años. Pero no se queda ahí y podremos llegar controlar a un total de cuatro personajes, entre ellos --por primera vez en la saga-- a uno de los personajes más excéntricos, Goro Majima, otro de los protagonistas de una trama oscura que nunca pierde interés.

   La acción se desarrolla en los barrios más violentos de las ciudades de Kamurocho --inspirada en Tokio-- y Sotenbori --inspirada en Osaka-- en plena década de los ochenta, como bien queda claro en la estética de los personajes o en el 'busca' que usa Kiryu para comunicarse, elevado a categoría de reliquia en la actual época de los 'smartphones'.

   Más que de una época aún cercana en el tiempo, lo verdaderamente notablemente de la ambientación es la recreación de Japón. El jugador se sumerge en ese submundo de neones agresivos, callejuelas estrechas, karaokes, antros y, en general, personajes de dudosa legalidad que no dejan de provocar continuas peleas.

   Sin ninguna duda, el mayor lastre para lograr esa inmersión completa es el idioma. Se mantiene la voz japonesa, algo que aporta autenticidad, pero los subtítulos solo están disponibles en inglés y la jerga del hampa tampoco ayuda. Salpicados de escenas de vídeo donde se revelan cosas importantes, el usuario se perderá detalles salvo que domine perfectamente el idioma de Shakespeare.

   

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LA VIOLENCIA, EL AUTÉNTICO EJE DEL JUEGO

   Sin embargo, poco importa el idioma cuando empieza lo importante: la violencia, auténtico eje del juego. Los constantes combates recuperan lo mejor de las antiguas máquinas arcade de las salas de recreativos y permiten una amplia gama de golpes a cada cual más sangriento. Cualquier parte del decorado, léase una bicicleta o un sillón orejero, también sirven para masacrar cráneos ajenos sin piedad.

   En pleno combate, el usuario puede cambiar de estilo de lucha con un simple toque de cruceta: desde tener la potencia de tanque, pero también su escasa agilidad, a convertirse en un felino capaz de danzar en medio de la pelea, muy útil cuando se enfrenta a una veintena de adversarios al mismo tiempo.

   Todas estas peleas de bandas, imprescindibles para ascender en el estatus criminal, se alternan con una gran variedad de minijuegos como pesca, dardos y billar, mahjong, circuito de póquer e incluso karaoke, una inmersión en toda regla en las costumbres del país nipón que no oculta el principal objetivo del juego: eliminar al resto de criminales y acaparar todas sus riquezas.

   En el apartado gráfico, la saga no logra exprimir toda la capacidad actual generación de consolas y se queda algo escaso en plena acción, aunque sí gana más detalle en las importantes secuencias de vídeo. La estupenda recreación de Japón, y también el destacado apartado sonoro, logran paliar en parte esta carencia, así como la ocasional sensación de 'mundo cerrado' y juego demasiado dirigido de algunos de los episodios.

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