Carmen Alborch, una mujer feliz y llena de vitalidad a sus sesenta años

Carmen Alborch.
Carmen Alborch. - EP

"MI OBJETIVO MÁS CERCANO ES CONSEGUIR LA ALCALDÍA DE VALENCIA, NO CREO QUE HAYA NADA MÁS BONITO QUE SER ALCALDESA DE TU CIUDAD"

Su amor por la cultura le llevó a ser Directora General de Cultura de la Generalitat Valenciana; y gracias a esa pasión, y a su constante trabajo y empeño, se convirtió en 1993 en la máxima representante de la cultura en este país. Felipe González, Presidente del Gobierno durante aquella época, le dio el mayor regalo para esta valenciana: ser Ministra de Cultura.

Han sido muchos los logros que Carmen Alborch ha conseguido, tanto para la cultura de España como para las mujeres, una de sus mayores preocupaciones. Hoy, casi quince años después de darse a conocer como la Ministra del pelo rojo, Carmen lucha por otros objetivos, el principal la alcaldía de su ciudad, Valencia.

Anécdotas, recuerdos y deseos que nos cuenta la ex ministra de cultura más recordada. Con gran vitalidad y entusiasmo, a sus sesenta años recién cumplidos, Carmen echa la vista atrás y hace un repaso por aquella época que le dio tantas satisfacciones.

- Hace muchos años de su paso por el Ministerio de Cultura pero, ¿qué recuerdo tiene de aquel momento?

- La verdad es que tengo un recuerdo muy bueno. Fueron épocas complicadas, de mucha crispación. Un tiempo duro, pero un recuerdo muy bueno. Me siento una persona muy afortunada por haber estado en primera línea en el diseño de la política cultural de mi país.

- ¿Sigue teniendo amigos de aquel paso por el Ministerio?

- Sí. Me sigo encontrando con mucha gente, tanto en premios, como los Goya, como en estrenos y presentaciones. Hay muy buen recuerdo de todo aquello. Fue una experiencia muy positiva para mi vida.

- Usted ha aportado mucho a la cultura de este país. En aquella época no había tantas mujeres en política como ahora. ¿Se siente un poco responsable?

- (Ríe) Todavía no tenemos la igualdad que nos merecemos. En aquel momento se discutía mucho de si las mujeres teníamos la misma preparación que los hombre, pero ahora se ha demostrado, con creces, que estamos al mismo nivel, como mínimo. Eso lo hemos conseguido entre muchas mujeres, y entre ellas sí me incluyo.

- ¿Por el hecho de ser mujer se le exigió más como ministra?

- No en el Consejo de Ministros, que el trato era igual para todos, pero sí en la sociedad. Ahora se va suavizando el tema. Cuantas más mujeres haya, más normal se irá viendo. Pero sí había que demostrar tus capacidades, incluso sacar a colación tu curriculum.

- ¿Por qué en la mayoría de los casos el Ministerio de Cultura ha sido representado por una mujer?

- No es así, lo que pasa es que no nos acordamos. Si hacemos cuenta ha habido más hombres que mujeres en este Ministerio, pero no sé por qué la gente se ha quedado más con las mujeres que hemos pasado por allí.

- La gente se fija mucho en las ministras, cómo van vestidas, cómo se comportan...

- Sí, porque la relación mujer-poder todavía no está tan clara. Se esconde el trabajo de las mujeres en su aspecto, en si van bien vestidas a una gala,... Los centímetros de nuestra falda no tienen nada que ver con nuestra capacidad de trabajo.

- Siempre ha sido muy poco convencional a lo que se esperaba de una mujer que se dedicaba a la política, siempre con su propio estilo...

- Yo iba con mi pelo rojo y llamaba la atención, ahora eso ya no es raro (ríe). Eso es una muestra de lo que hemos conseguido en estos años, es algo estupendo. Ahora hay diversidad, no tenemos que uniformarnos.

- Carmen, ¿es usted una mujer coqueta?

- No dedico mucho tiempo a mi físico. Soy muy rápida en arreglarme, y hago bastantes cosas al mismo tiempo (ríe). Eso no quiere decir que eso sea el modelo a seguir, hay veces que tengo que priorizar. Cuando sé que hay que cuidarse, y no sólo el aspecto físico, sí lo hago. Pero, por ejemplo, sí me gusta alimentarme bien.

- ¿Que le gusta hacer en sus momentos libres?

- Me gusta dormir (risas). No soy dormilona pero a veces duermo muy poco. Pero además me encanta caminar. Ha habido épocas en las que he hecho Pilates, Taichi,... Pero al final lo fijo es pasear. Me relaja muchísimo pasear por las playas de Valencia, caminar plácidamente, tanto sola como acompañada. Eso es lo que más me gusta.

- ¿Le gusta la soledad?

- Hay momentos en los que es bueno estar en silencio, ir a la playa con tu periódico y sentarte sola a leer. Sí me gusta la soledad a veces, creo que no es malo aunque haya a gente que le asuste. Pero también me gusta rodearme de buenos amigos, y además tengo una familia maravillosa que me apoya mucho. La buena compañía es fundamental para tu propio equilibrio.

- ¿Es tan dura la vida del político que es necesario anteponer cosas, como la familia?

- Más dura es la mina (ríe). Al final somos servidores públicos, tienes que estar al servicio de la ciudadanía, tener disponibilidad, pero no creo que sea para tanto. Hay que organizarse. He tenido amigas ministras que además de ser magníficas ministras tenían dos y tres hijos, en edades complicadas, y lo han llevado muy bien. Digo el caso de las mujeres porque es más llamativo, pero no creo que haya que dejar de ser madre para ser ministra. Este tema es algo que debe cambiar, hay que animar a las mujeres a que entren en política y después a organizarse, porque todo se puede hacer.

- Lleva tiempo luchando con Rita Barberá por la alcaldía de Valencia. ¿Qué tiene ella para que no pueda arrebatare ese puesto?

- Es una cuestión de tiempo y de esfuerzo. El Partido Popular está muy arraigado en esta Comunidad y se tiene una percepción, que creo que no responde a la realidad, de que ellos son los que mejor defienden los intereses de los valencianos. Creo que es cuestión de seguir trabajando.

- ¿Cree que también puede ser por miedo al cambio?

- Puede ser. A la gente les proporciona una cierta inseguridad cambiar, pero lo que tienen que entender es que es cambiar para mejorar.

- ¿Ese es su objetivo más cercano, obtener esa alcaldía?

- Sí, convencidamente sí (ríe).

- ¿Y si lo consiguiera...?

- No creo que haya algo más bonito que eso, ser alcaldesa de tu ciudad. Hay que trabajar para conseguirlo.

- ¿Cómo es realmente Carmen Alborch?

- Es difícil definirse pero soy una persona amante de la libertad y la igualdad. Tengo gran pasión por la cultura. Sobre todo me gustaría que la gente me definiese como una buena amiga y una trabajadora. Tengo un carácter fuerte, con mis prontos, pero siempre me arrepiento y tardo poco en pedir perdón.

- ¿Cómo era de niña?

- Una defensora de los débiles (ríe), así me definían. Nos poníamos nombres de obras de teatro, y a mi me llamaron A buen juez, mejor testigo . También era una niña con mucha curiosidad, preguntando el por qué de las cosas. Y bastante rebelde.

- Ya de pequeña apuntaba maneras hacia la política...

- Sí, pero de aquella manera... (ríe), porque de pequeñas todas queríamos ser misioneras. Así como era rebelde también era una niña que no aceptaba algo que me pareciese que era una injusticia, y eso podía afectarme a mi o a otra niña de la clase. Las monjas decían que tenía muy buen corazón, pero que me hacía falta mucha disciplina (ríe).

- La política impide, en la mayoría de los casos, perder la compostura. ¿Qué es lo que le hace perder a usted los nervios?

- Me pone muy nerviosa la manipulación. No es que pierdas la compostura, pero me pongo al borde la protesta.

- ¿Qué ha significado para Carmen Alborch Felipe González?

- Mucho. Ha sido un presidente que ha contribuido a la modernización de este país de una forma impresionante, en todos los sentidos. A Felipe le tengo un gran respeto, mucho afecto y una enorme admiración.