Hablar con ella es aprender de la vida, de la felicidad, del amor. Es sumergirse en un mundo lleno de experiencias de la mano de su observadora protagonista, que relata de forma extraordinaria cada pequeño detalle de su existencia. Su voz enfatiza esos momentos que merecen una especial atención, y como si estuviera sobre las tablas, engancha a su interlocutor absorviendo sus cinco sentidos de forma apabullante.
Así es Nuria Espert, la gran dama del teatro español que sacó fuera de nuestras fronteras y por primera vez, el saber hacer nacional en lo referente a la interpretación.
Comenzó su brillante carrera con tan sólo catorce años con la inestimable ayuda de su madre. Una madre que confió en su hija tanto como lo hizo su marido, el poeta, guionista y productor Armando Moreno, de su mujer. Con él, con Armando, compartió más de treinta intensos años de vida en común, entre los que no sólo hubo amor, sino también comprensión, admiración, trabajo... Tanto es así, que tras el fallecimiento de su marido, Nuria Espert se sumió en la más honda depresión. En la actualidad, la prestigiosa actriz se muestra como una persona feliz, como una luchadora que ha sabido superar ese bache tan considerable de su vida y que ha resurgido de lo más hondo con la mayor de las fuerzas que existen: la obstinación.
Ahora podemos verla en el Teatro Abadía de Madrid con la obra de August Strindberg reescrita por Friedrich Dürrenmatt, Play Strindberg .
¿De qué habla su nueva obra de teatro, Play Strindberg ?
Esta obra extraordinaria es una reescritura del grandísimo autor Friedrich Dürrenmatt, de la obra Danza macabra de Strindberg. Tal es el respeto que no le ha puesto ningún título. Podría haberlo llamado de cualquier otra manera, pero lo llamó Play Strindberg para que nadie piense, siendo él -Dürrenmatt- tan famoso, que no es una obra original. Él vio -según cuenta- Danza macabra y le gustó extraordinariamente, pero pensó que había envejecido el texto. Se quedó impresionado por la tragedia de ese matrimonio terrible, que son como dos monstruos, pero le pareció que se podía mirar de otro modo. En vez de ser un drama tremendo, podría ser una comedia sobre el drama de ese matrimonio horripilante. Cogió la esencia de la maldad, la violencia, la ferocidad, y todo eso lo deja sin las convenciones burguesas que hay en la obra de Strindberg, como en un melocotón quitar la piel, después la pulpa, y dejar el hueso, pero un hueso durísimo y divertidísimo. Es una realidad distorsionada que se convierte en una caricatura grotesca.
¿Qué es lo que más le atrae de su personaje?
Me gusta muchísimo, porque yo he hecho unas malas que no son malas, o que no las encuentro malas. Di vida a Medea, que asesina a sus hijos y lo que pienso de ella es qué persona tan desesperada como para llegar a ese punto. Yo he hecho a todas las mujeres más tremebundas, y ésta es la más tremenda de todas, es abiertamente una mala que intriga, trepa, miente... Pero lo que me la hace muy simpática es que su marido es aún peor que ella, así que hay momento en los que se piensa: esta pobre mujer con este tipejo , y otros momentos que es: este pobre hombre con esta bruja .
¿Que siente una gran dama del teatro como usted sobre las tablas?
Un gran placer. Yo tuve una vocación tardía, es decir, yo ya estaba trabajando desde niña como actriz, pero comencé a tener vocación cuando llevaba cuatro o cinco años en el teatro. No sé si es eso, los genes, o algo que me he tomado sin darme cuenta, pero la cosa es que sigo con la misma pasión y la misma excitación que me produce mi trabajo. El trabajo me hace feliz, unas veces más que otras, en esta ocasión muchísimo. Yo en realidad no he hecho muchas cosas que considere sencillas, no he ido a buscar papeles que no tuvieran riesgo alguno, no ha sido lo que me ha guiado en mi carrera. Ha sido más bien: Voy a hacer esto, porque todavía no lo he hecho o Voy a probar de nuevo .
Empezó muy joven en esta profesión, sin embargo dice que hasta pasados unos años no sintió verdadera vocación...
Empecé en una compañía infantil del teatro catalán en Barcelona. Hacía papeles pequeños, pero mis padres estaban como locos de alegría de que me dedicara al teatro y yo era muy obediente. Además, estaba en la edad en la que en mi barrio se empezaba a trabajar, con lo cual era mejor ese trabajo que el de mis amigas.
¿Qué fue aquello que le hizo ver que el teatro era lo suyo?
No fue de un día para otro. Al cabo de dos o tres años me recuerdo diciendo: Yo quiero ser una buena actriz . Me veía como una ignorante, tenía que saber más, quería pulirme. Eso iba acompañado de que la gente con la que trabajaba empezaba a confiar en mí, y mi propia madre que veía mi evolución y que era una mujer muy inteligente, pensó que podía ser una actriz. Me animó, me acompañó y sufrió todo lo que se sufre cuando una niña de trece años empieza en una profesión de adultos, que hay que cuidarla, que hay que acompañarla, que hay que acostarse con ella a las dos de la mañana, y después mi madre seguía con su trabajo. Pasé de no tener ningún interés y querer ser bailarina e ir a trabajar para cobrar el pequeño sueldo, hay un vacío y ya me recuerdo de pie entre bastidores sabiéndome toda la obra, mi papel y el de los demás, y diciéndo: Este actor me gusta más o Este no se lo toma en serio o Yo quiero ser como esa señora ... Y lo de bailar iba quedando en segundo término, a parte que mis horarios ya no me permitían la misma pasión, así que fui dejando las clases de baile sin lágrimas, ya volcada en la otra cosa.
¿Qué es lo más bonito que ha aprendido en todos estos años de profesión?
¡Tanto! Por mi propio esfuerzo y por la suerte de la vida, que la he tenido. Con treinta años mi compañía y yo empezamos a salir por el extranjero e íbamos a todos los festivales del mundo. Así que de no ver nada, más que España, me encontré de pronto compartiendo cartel en festivales con las más grandes compañías del mundo. Eso dio un gran salto a mi vida profesional, me convirtió en una actriz internacional, pero sobre todo me ayudó como persona. Yo no había viajado nada. Había ido a París cuatro veces con Armando (Moreno, su marido) a ver cine o a comprar libros, y de pronto me vi en Belgrado con Bob Wilson, Peter Brook... todo eso eran vivencias nuevas y unas ganas de que me pasaran cosas y de participar de ese teatro grande de aquel momento. Y participé, porque por suerte Víctor García, un grandísimo director argentino que ya falleció, montó para nuestra compañía tres espectáculos que fueron tres bellezas con las que recorrimos el mundo. Fue gracias a él que me pasaron todas esas cosas tan buenas.
¿Qué siente una chica tan joven cuando goza de tanto éxito no sólo en su país, sino fuera de sus fronteras?
Cuando lo vives te va pareciendo cada día más natural. Es ahora cuando me parece extraordinario que de la España de Franco pudieramos ser contratados y leer en todos los carteles: La primera compañía española que participa en este festival , eso en Londres, en Viena, en Berlín, en la U.R.S.S., en Belgrado... En lugares bien difíciles. Lo vivía a tope y estaba contentísima, pero llegué a encontrarlo natural, como gustábamos mucho, sólo miraba las fechas, cuánto pagaban, etcétera. Ahora me parece que, verdaderamente, dimos un salto extraordinario y que lo aprovechamos muy bien.
¿Cree que existe alguna diferencia entre los jóvenes actores de ahora y los de sus inicios?
No lo sé, el mundo ha cambiado tanto que seguro que también han cambiado las aspiraciones. En aquel momento, cuando yo empezaba, pensar en el dinero que iba a ganar era algo importantísimo para mí, y en mi familia también, pero no se me pasaba por la cabeza que yo viviría bien del teatro. Era simplemente un lugar donde podría ganar lo que ganaban mis padres trabajando en sus cosas. Ahora la gente que empieza, inmediatamente le hacen una audición para trabajar en una serie y si tiene un poco de preparación y enganche con la cámara, esa persona se compra un piso en un año, y yo tardé treinta años en comprarme una casa de ochenta metros cuadrados.
Antes me decía que su madre la apoyaba en todo. ¿Qué es lo que recuerda con más cariño de ella?
Me estás tocando la fibra sensible... (se le humedecen los ojos) Yo he tenido en mi vida dos pilares extraordinarios que han sido mi madre y mi marido. Mi madre más, porque empezamos junstas de la nada, de que yo decía unos versos en el barrio y de pronto ella me acompañó en toda la travesía del desierto, digamos, hasta la primera Medea que fue un éxito cuando tenía diecinueve años. Con veinte conocí a Armando, me casé, y mi marido que era escritor, poeta y actor cinematográfico, quería dirigir, dirigió una película... lo dejó todo y se convirtió en hombre de teatro para potenciar mi talento, que él creía que era más grande que el suyo o que se iba a desarrollar mejor que el suyo, porque dirigir una película era y es sumamente difícil. Él se dio cuenta de que sus aspiraciones iban a ser más difíciles de cumplir que las mías. Tenía una confianza en mí que le duró hasta el último minuto de su vida y una fe en que yo podía comerme el mundo. Eso me empujó enormemente, y lo que yo hubiera tardado veinte años en conseguir, lo logré en seis meses, cuando él creó nuestra compañía. Así continuamos veintiséis años con nuestra compañía.
Su marido, Armando, no se equivocó al ver en usted cualidades especiales...
No, no se equivocó. Había una parte de su cerebro que razonaba y la otra era todo corazón y amor, pero le salió bien. Él fue muy feliz. Era un hombre tan hombre, tan sólido, que jamás sintió el que su mujer fuera la famosa y la conocida, al contrario, era él quien detestaba el foco y quien me empujaba a mí a la luz.
En esta profesión, no sé si me equivoco, parece que es difícil que los matrimonios tengan tanta solidez como lo tuvo el suyo...
Sí, es muy complicado, porque viajamos muchísimo y nos creamos mundos cerrados en los que nos comunicamos muchísimo con los compañeros, lo cual favorece que nazcan otras relaciones. Yo creo que si Armando hubiera sido médico o notario no hubiéramos podido funcionar, hubiéramos vivido mejor, pero no habríamos sido lo que hemos sido. En un momento de la obra Play Strindberg se dice: También un matrimonio feliz es una catástrofe , pero no lo creo, ese es Dürrenmatt que quiere decir una cosa tremenda.
¿Qué es, para usted, un matrimonio feliz?
Un matrimonio feliz, sin que eso signifique hacer manitas o besitos, es un matrimonio que se apoya, que se necesita, que se ayuda, que se quiere. Mi marido y yo lo hemos podido serlo porque hemos trabajado siempre juntos. Hasta que Armando tuvo el segundo infarto y yo empecé a dirigir, a viajar sola a Bruselas. Entonces dejé de ser feliz. Pero no porque no lo tuviera a mano, él quería que yo hiciera esa carrera de dirección y yo estaba muy influida por él, así que como las cosas me iban muy bien pues tenía un sentido, pero empecé a ser muy desgraciada, porque no tenía hijas, no tenía mi casa, soy muy casera y muy de mi barrio, de mi bar y de mi restaurante, y de mis poquísimos amigos...
¿Qué supuso ese viaje a Bruselas en su vida?
Estarme dos meses sola en Bruselas fue una catástrofe para mí, tanto que unos años después me llevó a una depresión brutal, y frené en seco como cuando te vas a dar con el coche contra un muro. Fue un toque de alarma que yo ya le había dado a Armando. Le decía: Armando, a mí esta vida ya no me gusta . Pero también me dejaba llevar del éxito, como si fuera muy jovencita, y no lo era, porque tenía más de cincuenta años. Me dejaba arrastrar por el éxito. Me aparecían contratos que yo creía que no tenía derecho a rechazar y me iba poniendo cada vez más triste. Soy mucho más feliz ahora, a pesar de que no tengo a Armando, pero soy más feliz con mi teatro, con mis hijas, con mi nieta, con mi casa. Ahora domino más mi carrera.
Quizá el secreto de que ahora sea una persona feliz es que elige lo que quiere en la vida...
Sí, y que digo No o Ya veremos a las direcciones. O les digo que esperen tres o cuatro años, con lo cual, si miran el contrato y mi fecha de nacimiento se deben de poner muy nerviosos (ríe).
¿Cómo es Nuria Espert cuando no está sobre un escenario?
Muy calmada, muy tranquila. Adoro mi casa, mis libros. Me gusta hacer petit point, me gusta ver películas, vídeos. La lectura es mi pasión más conocida y más evidente. Nunca me aburro. La soledad me gusta cuando estoy en mi mundo, me horroriza la soledad del hotel y de la dirección.
¿Qué otros proyectos tiene entre manos?
Muchas direcciones de ópera esperando el sí. Un gran proyecto de teatro que está tiendo dificultades. Y esa preciosa gira que tenemos con Play Strindberg cuando acabemos en Madrid, que me hace una ilusión extraordinaria, y que nos lleva por media España hasta el último día de marzo.