EL AUTOR REPRESENTA EN LA REPOSICIÓN DE "EL CONTRABAJO" LA NATURALEZA DEL SER HUMANO
Rafael Álvarez, conocido sobre todo por su apodo El Brujo afirma que ya todo el mundo sabe de él porque lo deja todo en el escenario. También es reconocida la trayectoria profesional al que ha dedicado gran parte de su vida. El Brujo retoma este 11 de enero y hasta el 11 de febrero, su antigua obra basada en la novela del alemán Patrick Süskind, escritor de éxito gracias a El Perfume . En esta ocasión, Rafael Álvarez representa El Contrabajo , obra con la que pretende dar a su público lo mejor de su arte y su personalidad. El actor, con más de 25 años de experiencia a sus espaldas, deja sobre las tablas la esencia del ser humano y de sí mismo. Con palabras sinceras disecciona el mundo de la interpretación a través de sus propios ojos.
- Estrena de nuevo El Contrabajo en Madrid en cinco únicas semanas. ¿Qué le ha motivado a volver a mostrar la obra de Süskind?
- Primero porque cuando se estrenó estuvo únicamente una semana y tuvo mayor acogida del público de la que esperábamos. Es una deuda con la ciudad de Madrid. Por otro lado, El Contrabajo se trata de una obra maravillosa. La historia se convierte en una metáfora increíble de la tensión que vivimos todos entre una cantidad de cosas que creemos que son principios, valores, moral y el día a día. Es una tensión peligrosa de contrarios, que destroza la vida de la gente. Cuando esa tensión es tan peligrosa se da lo que se está dando en la actualidad: violencia.
- ¿Hay menos de El Brujo en esta obra que en otros monólogos suyos?
- Hay menos porque el texto no es mío, es de Süskind a pesar de estar adaptado. Lo que no puede dejar de haber mío es mi impronta. Además, no puedo entender ese empeño de alguna gente de que deje de ser yo. Lo que pasa es que yo haga lo que haga parece que es mío todo. Eso es una virtud y un defecto.
- ¿Usted lucha contra eso?
- Yo no lucho contra eso. Al principio cuando empecé luchaba contra ello porque era inocente. Los críticos y algunos directores me decían que tenía que dejar de ser yo para ser el personaje y unos comecocos que he visto con el tiempo que no eran necesarios. Yo he visto quedarse en la cuneta a un montón de gente en el teatro que no eran ellos, que eran el personaje y al público no le ha interesado. En cambio yo, que cada vez he sido más yo, he ido teniendo más éxito con el público.
- Los críticos a veces son duros con usted, ¿en qué medida le importa la opinión de estos?
- Al principio te hace una gran ilusión si el crítico te ensalza y te destroza si el crítico te pone mal. Pero cuando ya llevas treinta años y el público viene independientemente del público, no me importa nada en absoluto. Aparte que es muy difícil dejar de ser uno mismo. La crítica cuenta hoy poco en el teatro, el público ya no se deja guiar por la crítica. Hay muy poca gente que va al teatro en función de la crítica. La que yo recibo la hace la gente a través de Internet. A mi me pasan hojas de lo que dice la gente y tengo opiniones para aburrir, me llegan cada día treinta folios de opiniones y esa es una crítica muy importante. Verla para mí es maravilloso porque son críticas muy buenas. Hay mil personas que escriben a otras por Internet para que vayan a ver la obra.
FELIZ ENTRE BAMBALINAS
- Se ha dedicado al cine, al teatro y a la televisión, ¿el cine es lo que más le ha reconfortado?
- Todo el mundo piensa que el cine es Hollywood. Cuando tienes 30 años y quieres ser actor te ves en Hollywood, lo que pasa es que cuando pasa el tiempo le vas quitando importancia a todo esto. Hay gente que nace para el cine y gente que nace para el teatro. Yo he descubierto que estoy donde quería estar y estoy feliz porque he hecho lo que quería hacer. No me encuentro en choque con el teatro. De hecho, tal como se hace el cine en este país yo prefiero hacer teatro. Hay espléndidos directores de cine pero es que esto es cutre: te llaman quince días antes de la película. Excepto en casos importantes y en superproducciones como Alatriste, aquí se trabaja a salto de mata.
- ¿Es Rafael Álvarez como demuestra sobre las tablas?
- Supongo que sí. Aunque no constantemente porque debe ser bastante agotador. Sinceramente no me gusta definirme como persona porque uno a sí mismo no se conoce pero me da la impresión de que soy impulsivo, que soy muy nervioso y que pongo mucha pasión en lo que hago, por supuesto.
- Siempre se ha mostrado sincero en su manera de expresarse, tanto refiriéndose a su profesión como a otros ámbitos de la vida, ¿es eso lo que caracteriza a Rafael Álvarez?
- Yo trato de sentirme bien conmigo mismo y tengo un carácter que me impide sentirme bien conmigo mismo, me hace sentir mucho malestar, si pienso que hay algo que debe de ser dicho con claridad y no lo digo, me lo trago por temor a alguna represalia, por cuidar una imagen de corrección. Soy impulsivo. Tengo eso que a veces es bueno y otras veces crea problemas, pero me hace sentirme bien decir este tipo de cosas con respecto al teatro, la situación del teatro, las políticas culturales, la hipocresía. En ese sentido, en varias ocasiones me he expresado con claridad y luego después no pasa nada. La gente del teatro tenemos miedo, porque es una profesión insegura, inestable y la gente del teatro siempre está pensando si me llamará este director, si quedo bien con el otro, si la prensa no viene. Hay que estar siempre guardando las formas y con una sumisión que a veces es bastante contraria al espíritu del ejercicio que se supone que ha de esperarse de una persona que se dedica a la expresión, que es la libertad de expresión.