MADRID 21 Sep. (EUROPA PRESS) -
'Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga Libertad'. Libertad con mayúsculas es lo que proclamaba José Antonio Labordeta como buen poeta que no ceja en su empeño de buscar lo imposible. Ahora, una vez fallecido, más de 50.000 maños le han despedido coreando está canción emblemática del cantautor y reivindicando que se convierta en el himno de Aragón.
Y a mí se me sigue poniendo la piel de gallina al escucharla y recordar al querido profesor con toda su fuerza, su humanidad y su socarronería. Porque, para los aragoneses (y yo soy de Huesca), Labordeta ha sido el fundador de toda la 'movida'. Lo recuerdo perfectamente como profesor del instituto Pignatelli, lanzándose al ruedo de la canción protesta en los últimos años de la dictadura franquista.
Yo era muy jovencita y empezaba mis estudios de Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona. Eran años de ilusión y fe democrática y de manifestaciones y maravillosos conciertos en los que íbamos ganando poco a poco esa parcela de libertad. Recuerdo sentirme más aragonesa que nunca con su canción 'Aragón', llena de quejidos de un pueblo austero, pero al que se instaba a dejar de callar de una vez.
Y recuerdo dar brincos de alegría en Barcelona, escuchándole, junto a otros aragoneses como 'La Bullonera' y Joaquín Carbonell, que compartían escenario con Marina Rosell y Víctor Manuel. Y todos a una encendíamos nuestros mecheros y coreábamos sus canciones con la fuerza que da la juventud, empeñados en cambiar el mundo mediante la lírica. Y aplaudíamos frenéticamente, cuando se acababan los himnos, para seguir con un: ¡Viva Aragón, Visca Catalunya!
La voz de Labordeta era bronca pero tierna, con fuerza pero escéptica. Porque, tal y como descubrí posteriormente al leer varios de sus libros de poemas, él era así. Cantaba para expulsar sus propios demonios, que le inducían a la soledad. Cantaba y con sus poesías convertidas en canciones conectaba con los estudiantes inquietos y con el pueblo llano que se reconocía en sus letras.
Le llamábamos 'el abuelo' de una forma tierna porque le recuerdo ya calvo, con un poblado bigote, vestido con camisa de cuadros y la guitarra en la mano. Para mí, José Antonio Labordeta siempre ha sido viejo; un viejo entrañable, con su acento cada vez más maño, su ironía fina cuando hablaba del 'que por fin se ha ido' y su emoción cuando interpretaba 'Cantes de la tierra adentro' o 'Que no amanece por nada'.
Y lo recuerdo hiperactivo, porque él seguía dando sus clases en el instituto, no cesaba de hacer giras por toda España, creó la revista cultural 'Andalán', un referente de y para los aragoneses en la época de la transición y que tuvo muchos problemas con la censura antes de nacer. Unos años después, un amigo de Tamarite de Litera, un pequeño pueblo oscense, me regaló uno de los libros de poemas escritos por él, 'Jardín de la memoria' y ahí descubrí otro Labordeta, más introvertido, más profundo, menos dicharachero y bastante más pesimista.
Pero fue 'Diario de un náufrago' el que me mostró un hombre existencial, más melancólico, que buscaba incesantemente en su interior sin encontrar nada que llenase su profundo vacío, su soledad. Y me sorprendió que ese hombre tan campechano al que yo escuchaba cantar con ardor guerrero, se tornase una persona taciturna en sus monólogos.
Pero creo que Labordeta era una cosa y la contraria y mucho más. Porque su afán de conocimiento no tenía límites. Igual escribía artículos en importantes diarios de ámbito nacional como publicaba cuentos, hacía libros de memorias, críticas literarias o ensayos.
Las pocas veces que hablé con él, porque al reconocerle me acerqué como aragonesa y ferviente admiradora (curiosamente, acabamos siendo vecinos en el barrio madrileño de Chamartín cuando él era diputado de la Chunta Aragonesista), me contó cómo había influido su padre y, sobre todo, su hermano Miguel (yo también tengo un hermano que se llama Miguel) en su poesía.
De hecho escribió varios libros de filología en los que investigaba y daba a conocer la obra de su hermano, al que admiraba profundamente.
Y hablamos del trasvase del Ebro, del que él era totalmente contrario y yo le comentaba mis dudas sobre la socialización del agua...
Y, desde luego, le seguí por pueblos, valle y montañas en televisión con su serie 'Un país en la mochila'. Respetaba a la gente sencilla y sus costumbres y ellos le respetaban a él. Se notaba que le trataban como de la familia. Seguramente porque un intelectual de su talla entendió que lo simple, lo cotidiano, es lo auténtico. Como auténtico y sin ataduras es su canto a la Libertad (con mayúscula) que 'fatos, cheposos y turolenses'
reivindicamos como nuestro himno.
Eres como ese viejo árbol batido por el viento que azota desde el mar... ¡Descansa en paz Labordeta!