En las nubes

A la novena va la vencida

MADRID 4 Ago. (EUROPA PRESS) -

Los amigos de Elizabeth Taylor aseguran que la actriz vuelve a casarse con 78 años y por novena vez. Ella quería mantenerlo en secreto y, de hecho ya ha hecho una sobria lista de bodas de tan solo 200 invitados, que serán convocados a finales de año mediante una llamada de teléfono, para indicarles dónde se celebrará la ceremonia e instándoles a que guarden silencio.

Lo de menos es el novio. Se llama Jason Winters, es negro, tiene 49 años, o sea, 29 menos que Liz y era el mánager de Janet Jackson cuando el rey del pop se lo presentó a su querida amiga dos años antes de fallecer. Lo importante de este enlace -y es por lo que se ha sabido que la actriz repetirá, aunque ella lo había desmentido- es que la Taylor ha encargado una corona valorada en más de tres millones de euros para lucirla en su próxima boda.

Se trata de una pieza adornada por una piedra de 30 quilates en el centro y dos enormes diamantes de otros 40 y un turbante diseñado por Keith Colman, quien también se encargaría del vestido de novia para esta novena ocasión. Y claro, su afición a las joyas colocarian a Liz Taylor, una vez más, en el ranking de las bodas más caras de la historia.

¿Por qué la protagonista de 'Cleopatra' necesita figurar permanentemente en esa lista? ¿Acaso no es suficiente tener en su haber ocho bodas, de momento? Y con hombres tan dispares como Conrad Hilton junior (hijo del fundador de la popular cadena hotelera y pariente de la loca Paris Hilton, que revolucionó Saint Tropez hace unos días con sus juergas y ahora disfruta de los placeres de la isla pitiusa) o el guapísimo actor Richard Burton (con el que se casó dos veces y, aunque tuvieron una relación tortuosa, fue con el que más tiempo duró: diez años en total).

Parece que no, ya que la actriz de 'La gata sobre el tejado de zinc', todavía tendría que meterse en política al casarse por séptima vez, con el senador John Warner. Y de la política al sindicalismo, al contraer matrimonio en 1991 con un obrero de la construcción, Larry Fortensky, con el que se gastó alrededor de un millón y medio de euros para sellar una relación que duró cinco años.

¿Por qué gente de Hollywood como Liza Minelli es capaz de gastarse dos millones y medio de euros (según una lista de la revista 'Forbes') para casarse con David Gest (los padrinos, curiosamente, fueron Liz Taylor y Michael Jackson) y la boda tan sólo duró un año?

¿Por qué un músico tan famoso como el británico Paul McCartney paga más de dos millones de euros por casarse con Heather Mills para luego tener que gastarse otra fortuna en divorciarse de ella? Máxime cuando había tenido antes una relación estupenda, muy larga y con descendencia con su primera esposa, que falleció prematuramente de una dolorosa enfermedad.

¿Qué mueve a un cienciólogo como Tom Cruise a alquilar un castillo italiano para casarse con Katie Holmes y gastarse un millón y medio de euros en una ceremonia de cuento, con su hijita Suri como testigo más importante (además de Jennifer Lopez, Will Smith, los Beckham...)?

Todos ellos parecen cortados por el mismo patrón: son ricos y les gusta demostrar que lo son. Ponen como excusa el amor, pero tiran la casa por la ventana y se gastan el dinero en joyas, posesiones, vestidos de firma, fuegos artificiales, 'delicatessen' y exclusividad. Se mueven en un círculo de amigos que piensan como ellos y llevan el mismo tren de vida. Y les gusta figurar en esas listas que les considera los más ricos del planeta.

Se casan y se descasan con más facilidad y rapidez que el común de los mortales (lógico, ya que la crisis no les afecta), pero todos nos preguntamos si en verdad logran ser más felices que un ciudadano medio. Ellos ni siquiera se lo plantean, pero desde luego lo ansían una y otra vez.

Ojalá la actriz de los ojos violetas, a la que tanto admiro desde que era chiquitina, consiga estabilizar su vida afectiva, a la novena vez, con un amor de película en la vida real. Desde luego, se ha pasado la vida intentándolo y eso tiene su mérito.