Álvaro Pombo: "El dinero del premio lo usaré para garantizarme una vejez digna"

Álvaro Pombo: "El dinero del premio lo usaré para garantizarme una vejez digna"

EL GANADOR DEL PREMIO "PLANETA 2006" NOS RECIBE EN SU CASA DE MADRID

La luz de un ventanal que comunica con el balcón ilumina suavemente su pequeño salón forrado de estanterías repletas de libros. Al fondo hay una antiquísima caldera que llena de calidez el ambiente; un pequeño eucalipto colocado en una maceta; lámparas de grandes pantallas donde se hacinan recortes de periódicos; una cama; un sofá; una mesa camilla y una butaca son el resto de objetos que se encuentran en el salón del poeta y novelista santanderino Álvaro Pombo, ganador del Premio Planeta 2006. Quizá lo único que desentone con una decoración tan deslumbrante como sencilla sea un descodificador para ver la televisión digital. Y es que el escritor no se ruboriza cuando afirma que la televisión es una de sus grandes pasiones.

Pombo nació Santander en hace sesenta y siete años. Es Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid y Bachelor of Arts en Filosofía por el Birkbeck College de Londres, donde vivió desde 1966 a 1977. Fue allí, en 1973, donde publicó su primer libro de poesía, Protocolos , y sólo cuatro años después ganaba su primer premio, el Bardo, con la obra Variaciones (1977).

Una vez en España, publicó su primera colección Relatos sobre la falta de sustancia , en el que las historias con un abierto carácter homosexual toman forma.

Álvaro Pombo, homosexual declarado, amante de la poesía y de la palabra, es conocido más por sus novelas que por su obra poética. Su estilo, único y original, a pesar de ser clasificado dentro del realismo subjetivo, lo ha situado siempre como una figura crucial en las letras españolas.

El 20 de junio de 2004, Pombo ingresa en la Real Academia Española, propuesta su candidatura por Luis María Ansón, Luis Mateo Díez y Francisco Rico, ocupando el sillón j que dejó vacante Pedro Laín Entralgo.

El 16 de octubre de 2006 se le proclama ganador del premio Planeta, el más popular de cuantos existen de literatura en España, gracias a su novela La fortuna de Matilda Turpin . La obra relata la historia de Matilda Turpin, una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas.

¿Cuánto tardó en escribir La fortuna de Matilda Turpin ?

He tardado poco, unos diez meses. He escrito esta novela con buen ritmo. No creo en la lentitud, sino en la velocidad. Acelerado aire era mi sueño , dijo Alberti. Yo creo más bien en la aceleración que en la lentificación, si es que se pueden oponer. Eso no quiere decir que yo no le haya dedicado la atención necesaria a cada una de las páginas, sino que mi impulso narrativo es más bien ágil. Yo voy cerrando historias. Es como el florecimiento de los alhelíes, repentino e instantáneo.

¿Es de esos escritores que se plantean escribir cada día un párrafo, ni más ni menos?

No, no... Yo no soy nada de ese tipo de escritores. No soy de esos que escriben un punto y le dedican un día. Yo redacto montones de páginas, luego las releo, las reedito. La mía es una narrativa acelerada, mucha parte de lo cual es superfluo, pero eso no importa. No todo lo que escribimos sale de la boca de Dios, yo creo que sale de la boca de la mierda. Decía Eliot que la mayor parte de la actividad narrativa es digestiva, que escribir se parece más hacer la digestión, o incluso a excrementar que a ser inspirado por los ángeles. Yo no soy tan bruto como Eliot, pero ciertamente escribir tiene un componente artesanal fuerte. Es decir, al igual que un fabricante de bolsos o mesas hace todos los días ocho horas de trabajo, así también los escritores, o por lo menos yo.

¿Por qué presentó esta obra al Planeta? ¿Cuándo decidió hacerlo?

Una vez más, no hubo ningún momento, pero no fue repentino, de ninguna manera. No hay nada repentino, o si es repentino es en el sentido de que cuánto me cuestan preparar mis repentizaciones. Yo lo tengo todo preparado, incluida esta entrevista. En el prólogo de La montaña mágica dice Thomas Mann que no hay nada que sea verdaderamente divertido que no haya sido meticulosamente preparado. Yo creo en eso.

¿Qué va a hacer con el dinero del premio?

Tengo sesenta y siete años, así que el dinero del premio lo tengo para garantizarme una vejez digna. Esto lo digo porque le encanta a todo el mundo y no siente envidia al oírlo. Quiero decir que sabiendo que soy un anciano, que estoy con un pie en la sepultura, que me espera una silla de ruedas y el Alzheimer, lo mejor es que la gente piense que es dinero es para poder tener un enfermero que me lleve y me traiga.

¿Cuál es su mejor obra?

La fortuna de Matilde Turpin .

Usted, como casi todos los autores, considera su última obra como la mejor de todas. ¿Cuestión de marketing?

(Risas) ¡No! Lo digo de corazón. Seguro que cualquier persona que esté trabajando tiene la sensación de que lo último que está haciendo es lo mejor. Pongamos que duro diez años más. A los setenta y siete se acabó, punto final. Entonces, dentro de diez años habré escrito mi mejor libro. Yo sí creo que la novela es un género en el que se progresa a medida que se hace. Se parece mucho a la pastelería y a lo que menos se parece es a la inspiración, porque es el desarrollo del despliegue de una ocurrencia, y eso se hace mejor cuanto más veces se ha practicado. En este sentido, recuerdo que en una ocasión, el golfista Severiano Ballesteros, dijo que tenía más suerte cuando mejor entrenado estaba.

EL ACADÉMICO PLANEA PUBLICAR UNA REEDICIÓN DE SU OBRA "VIDA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS", QUE ESTARÁ TERMINADA PARA LA FERIA DEL LIBRO

¿Escribe a mano o con ordenador?

He escrito a máquina mucho. Ahora tomo notas a mano y dicto. Eso es un procedimiento largo, porque supone dictar, oír el dictado y recomponer la página escrita. Es un trabajo muy artesanal, no sale a la primera. Las novelas no surgen de golpe, sino que es un cuento con recuento, pero hay un punto claramente de cuento que sí sale a la primera. Yo soy un contador de cuentos. Cuento historias para conmover, persuadir o atraer al lector, para entretenerle, distraerle... pero no se distingue mucho lo que yo hago ahora de lo que hacía de niño, que contaba cuentos a mis doncellas y a mi cocinera Manuela.

Siendo un niño, ¿contaba cuentos a sus mayores?

¡Por favor! (Sonríe) Yo era un niño muy listo, contaba historias y ellas me las contaban a mí. Los niños pequeños cuentan historias constantemente. Narrar es una estructura de la conciencia humana. Los niños dice: Y ahora, este camión -y ese camión es un tarugo- entra en el garaje -y el garaje es otro tarugo cruzado- . Lo dicen en voz alta. Esa es la esencia de la narración. No hay mucha diferencia entre eso y lo que yo hago.

¿Usted habla igual que escribe?

Sí, yo escribo como hablo. Por eso digo que no hay grandes misterios en esto. Yo narro historias de la misma manera que cuento cosas a las pocas personas que veo.

¿Qué necesita para ponerse a escribir? ¿Tiene alguna manía?

Yo escribo aquí (señala una mesa camilla y una butaca que tiene en su pequeño salón). Escribiría donde pudiera, pero como soy viejo me quedo aquí. Yo soy poco viajero, no soy una persona que lleve su pluma y su lápiz por el mundo. Yo estoy aquí casi siempre.

Cuando trabaja, ¿lo hace sobre una sola obra o puede hacerlo sobre varias a la vez?

Escribo novela por novela. Cuando termino una cosa empiezo otra.

¿Escribe para usted o lo hace pensando en sus lectores?

No es que yo dirija mi voz a los lectores, no estoy dando un sermón, no soy un gurú de ninguna clase. Él lector forma parte de la estructura subjetiva de la conciencia del escritor, pero yo no adoctrino. Afortunadamente no soy ni crítico literario, ni profesor de literatura, ni profesor de filosofía... sólo soy un narrador que cuenta historias. Yo procuro entretener, seducir, hacer llorar, hacer reír, intrigar, engañar, confundir... Son trucos. Son bobadas que cuento (sonríe), yo siempre entretuve muchísimo a las doncellas y a las cocineras de mi casa contándoles cosas.

Usted como lector, ¿qué libros prefiere?

Yo leo más ensayos y poesías que relatos. Ahora con los años voy leyendo más historia, sobre todo del siglo XIX español. Acabo de releer Los Buddenbrook , de Thomas Mann, y llevo un mes hablando de este libro (ríe).

¿Sigue escribiendo poesía?

Sí. No lo he dejado nunca.

¿Por qué hace tanto tiempo que no publica en este género?

Ya publicaré. Ahora voy a hacer una reedición de Vida de San Francisco de Asís , con un prólogo nuevo y largo. La poesía es una concentración de la expresión. Estará terminado para la Feria del Libro, espero.

En sus obras, parece usted preocupado por el tema de la verdad. ¿Qué es la verdad?

La verdad no existe, es una construcción humana. Incluso la verdad definida en el sentido clásico de la palabra, que es Adaequatio rei et intellectus , es decir, adecuación entre el entendimiento y la cosa, presupone el concepto de un entendimiento o una inteligencia ante la cual las cosas se presentan. Si no hubiera una inteligencia no existiría la verdad. Por eso, la verdad es una propiedad del ser que está en relación con un entendimiento que la percibe. Por tanto, no se puede hablar de la verdad absoluta, sino de verdad respecto de una inteligencia. La verdad y el error son conceptos que funcionan juntos. Pero la pregunta de ¿Qué es la verdad? es una pregunta de derechas, en el sentido que la derecha cree que los valores existen, como existen las piedras.

¿Usted no cree en la existencia de los valores?

¡Cómo no! Los valores de la Bolsa existen (ríe). Yo creo que es la inteligencia humana la que constituye los valores. Por ejemplo, el amor maternal no existe en sí misma, existe si hay una madre que ama a sus hijos. Nosotros hacemos que exista el valor. No existe una especie de cielo eterno, no hay eternidad, no hay nada después de nosotros. Nosotros somos el principio y el fin, el alfa y el omega.

¿No cree en la vida después de la muerte?

No. La gente que cree en otra vida se apoya en la fe. Pero yo creo que, una vez que el cerebro se destruye, la persona que había desaparece. Eso que queda es algo absolutamente muerto y vacío. Solo queda en la memoria de otras personas. No hay nadie que crea en el más allá, lo que sí que pueden es esperar que haya una trascendencia, porque nos resulta muy duro pensar que aquellas personas que hemos conocido en carne y hueso terminen del todo. Eso es lo más duro de todo.

UN HOMBRE PREOCUPADO POR LA MUERTE

Para usted, ¿es más dura la muerte de una persona cercana que la de uno mismo?

Sí, porque la muerte individual es que simplemente se acabó. Mi muerte no es un problema individual para mí mismo, pero la de los demás sí lo es. Estamos asistiendo al espectáculo de la muerte constantemente, por ejemplo en Irak. Y quien crea que Cristo resucitó de entre los muertos, no cree ni siquiera en Jesucristo. Quien crea eso es un imbécil, una mala persona, porque creer en eso no conduce a nada, no se apoya en nada.

¿Qué opina de la gente que sí cree en otra vida?

Ese es el tema de este libro: la tragedia. Cuando alguien muere debemos ser piadosos, puesto que no tenemos la seguridad de que no es verdad una cierta clase de permanencia. No podemos probar que no hay nada. No podemos probar ni que Dios existe ni que no existe. No podemos decir nada que trascienda el mundo fenoménico. Por eso, quizá sea más piadoso aceptar que lo que tú crees es tan válido como lo que yo creo, por compasión humana. Si a ti te sirve eso, yo debo aceptar y apoyar tu creencia. Por eso la frase te acompaño en el sentimiento está muy bien, porque yo te acompaño en el sentimiento que tú tengas. Yo no creo que haya nada, pero no importa.

Usted se ha definido muchas veces como una persona cristiana...

Yo soy cristiano, lo que pasa que para mí, ser cristiano no es nada, no es tener seguridad ninguna. Yo me declaro cristiano porque me emociona la figura de Jesús de Nazaret. Para mí el cristianismo es la fe de que hubo una persona privilegiada de la que no sé con certeza que era Dios, pero que pasó por el mundo haciendo todo el bien que podía.

Volviendo a la literatura, ¿qué tres autores actuales merecen ser leídos? Luis Mateo Díez, Javier Marías y Adolfo García Ortega.

¿Ninguna mujer?

Bueno, sí... ¡Qué malas sois! (Ríe). Hombre, yo tengo simpatía porque es muy bruta, muy mala y muy fuerte, a la mujer de Luis García Montero, que es Almudena Grandes; o Alicia Giménez Bartlett. Hay mujeres estupendas. Lo que pasa es que yo creo que las mujeres estáis haciendo quizá mejor otras cosas que la literatura, aunque la literatura también. No estoy muy al día, y no es sólo pereza, es que es complicado estar al día... el asunto es que no soy crítico literario ni un gurú de las letras, casi cualquier persona sabe más que yo de la literatura contemporánea. Pero es muy interesante lo que hacéis las mujeres: os casáis, tenéis hijos, sois profesionales espléndidas, es interesante.

¿Cuál es su aportación a la Real Academia Española?

La aportación que hago yo es pequeña, la aportación mayor la hacen los lingüistas. Yo hago lo que me mandan, lo que puedo. Sí es cierto que yo voy todos los jueves.

¿Cómo observa un escritor y académico de la Lengua el lenguaje de la calle? ¿Qué opina del nuevo lenguaje -sobre todo entre los jóvenes- de los mensajes al móvil? A este paso, de aquí a diez años todos analfabetos, ¿o no?

A mí no me parece que la gente joven sea analfabeta, hay gente muy lista y muy preparada, muy vivos, más que mi generación, que éramos muy pavisosos. Habrá soplagaitas como en todas partes y como en todas las edades. Los nuevos procedimientos, como el del teléfono móvil, permiten un nuevo modo de conectarse que para mí es difícil. Para mí es muy complicado escribir cualquier cosa en el móvil, porque cada número tiene tres letras, y hay que pulsar tres veces para escribir. No estoy acostumbrado a hacer eso (sonríe).