LONDRES, (Reuters/EP)
Diez años después de su muerte, y con unos 20 millones de dólares (un 12 millones de euros) gastados en intentar averiguar cuál fue la causa del fallecimiento, hay quienes siempre creerán lo que quieran creer sobre la princesa Diana.
"Alguien estuvo detrás, te lo aseguro", murmura Abas Ali, un iraquí que lleva 30 años viviendo en Londres, mirando fijamente a su interlocutor mientras da un sorbo a su café en el Café Diana, un templo de la hostelería dedicado a la difunta princesa. "Hay poderes que hacen este tipo de cosas. La mataron, te lo digo. Espera otros 20 años y quizás sepamos la verdad. Alguien estuvo detrás", añade.
Su amigo inclina la cabeza e interrumpe una conversación telefónica para lanzar su opinión. "Es como la guerra de Irak", dice, encogiendo los hombros, como si la conexión fuera obvia. "Te dicen que hay armas de destrucción masiva y luego no hay. Lo mismo con Diana".
El juez Scott Baker, que ha dirigido durante seis meses la investigación sobre la muerte de Diana de Gales en 1997 en un accidente de coche en París, pareció seguro de una cosa el lunes.
Tras escuchar a más de 250 testigos, descartó que el marido de la reina de Inglaterra, Felipe de Edimburgo, estuviera detrás de la muerte de Diana, algo que había defendido Mohamed al Fayed, padre de Dodi, el novio de la princesa, también fallecido en aquel accidente.
ROMERÍA TURÍSTICA
Y parece que las conspiraciones no desaparecerán de momento. "Por supuesto que alguien la mató", dice Dalilur Choudhury, camarero en el restaurante Mahal Indian, que da puerta con puerta con el Café Diana frente a Kensington Palace, la antigua residencia de Diana. "Estaban celosos porque tenía un amante así que la mataron, todo el mundo lo sabe", añadió.
En los años transcurridos desde su muerte, el Café Diana - con las paredes forradas de fotografías de la princesa y cartas de ella al orgulloso propietario del establecimiento - se ha convertido en un lugar de peregrinaje para los turistas.
El camarero Fuad Fatah los ha visto ir y venir desde hace más de una década, escuchando con hastío todas sus teorías. "Llegan franceses, británicos, americanos, alemanes, todos vienen y dan su opinión", dice. "La mayoría creen en las conspiraciones", añadió.
Abdul Basit, el propietario iraquí que abrió el café en 1989 y decidió llamarlo Diana tras verla cruzar la calle, se hizo luego amigo de la princesa y mostró su gran pesar por su muerte. Pero en lo que respecta a indagar en cómo murió y si hubo algo raro tras su muerte, es tajante: "Fue un accidente".