MADRID 22 Jun. (EUROPA PRESS) -
"Sé que los veranos no son los mismo sin mi posado, pero sinceramente, no me ha dado la gana hacerlo hasta ahora". Así de contundente se mostraba Ana Obregón en las playas de Ibiza cuando, después de seis años sin ponerse en biquini delante de las cámaras, volvía a hacerlo, previo pago, anunciando unas cápsulas para broncearse.
El porqué y el dónde era lo de menos (antes posaba siempre en la isla de Mallorca y en esta ocasión se ha trasladado a la isla pitiusa). Lo importante es que Anita volvía a mostrarse tal y como es: una mujer divertida, graciosa, dicharachera, fantasiosa... y por supuesto, "sin abuela".
"Mirad, mirad, lo bien que estoy. Me atrevo con todo, porque hasta una jovencita puede tener celulitis, pero lo importante no son los años de la vida, sino la vida de los años", filosofaba la bióloga más cachonda de nuestro país. Y no se cortaba un pelo enfundada en su triquini blanco (para más INRI, blanco, supongo que para resaltar lo del moreno). Pero como de tonta no tiene ni un pelo y sabe que los cincuenta y tantos no son los treinta y tantos, se afanó en ponerse encima del bañador una chilaba transparente que recordaba a la moda 'ad lib' ibicenca.
Pero en lo esencial, la Obregón sigue siendo la misma. Sólo ella es capaz de lucir un triquini de pedrería, a juego con unas zapatillas de esparto con taconazo y un bolso blanco. Sólo ella es capaz de vestir con minifaldas debajo del culo, botas de caña alta y blusa despechugada pasados los cincuenta y con toda naturalidad.
Sólo ella es capaz de defender en público una cosa y la contraria. O de defender al hombre que le estaba poniendo los cuernos abiertamente, sólo porque es el padre de su hijo. Sólo ella es capaz de apostar al cien por cien por amores que, vistos desde fuera, se sabía que acabarían mal... o de renunciar a uno de los pocos hombres que le han querido de verdad porque sentía que su sitio estaba en Madrid, donde está su hijo.
Ana Obregón es así y su forma de ser destila humanidad y se le quiere tal y como es. Aseguran que miente más que habla... o más bien que se inventa su propia realidad. Pero creo que Ana reúne a varias personas en una sola. La práctica, mujer trabajadora, emprendedora, que saca solita adelante, económicamente hablando, a su hijo. La Ana fantasiosa, que se cree a pies juntillas todos y cada uno de los proyectos cinematográficos que dice que le han propuesto.
La Ana enamoradiza, que aspiraba a convertirse en noble, pero bien casada y que, en el fondo, hubiese pagado por formar una familia como dios manda... y en cambio, ha tenido que mantener, en varias ocasiones, a los hombres por los que ha perdido 'el sentío'. La Ana investigadora, curiosa, que igual escribe un guión aislado que una serie para televisión. Esa Ana hormiguita, currante, buena compañera, que no se desespera a la hora de volver a repetir una secuencia.
La Obregón es una mezcla de personaje público, al que no le importante exhibirse en biquini, en triquini o en pelota picada si hace falta... es más, necesita esa exposición casi como el comer, pero que la vida le ha llevado a tener que mostrar también esas cosas íntimas, del corazón, que ella hubiese preferido reservar para sus adentros.
Y por encima de todo, a Ana siempre la recordaremos como la chica de la Costa de los Pinos, en Mallorca, con un ajustadísimo biquini azul plateado a juego con una cinta que le sujeta el cabello, o con un escasísimo dos piezas de color coral con abalorios y gafas psicodélicas a juego, y sus collares y sus pulseras y sus pendientes... pero siempre sonriendo, provocando, diciendo un 'aquí estoy yo' con soltura y un puntito de ingenuidad. Entonces se inauguraba oficialmente el verano.
Ana es la mayor amiga y la peor enemiga de la prensa. Durante años ha necesitado verse en los papeles, pero no calibraba que la fama es un arma de doble filo, a veces terriblemente incómoda. Y como una loba se tiraba a degüello contra los paparazzis que querían fotografiar a su cachorro, aunque ella misma le había puesto en el disparadero. Y abrió varios frentes en el juzgado demandando a diestro y siniestro. Y al final, la demandada por hablar demasiado fue ella. Recordemos que tuvo que pedir perdón públicamente a Cayetano Martínez de Irujo, el hijo menor de la duquesa de Alba.
Luego, con los años, se ha tranquilizado, pasa de jugar al ratón y al gato en amoríos y ha desaparecido prácticamente de la escena mediática. Los estudios de su hijo la reclamaban. Ahora que Alejandro está a punto de cumplir 18 años, Ana se permite el juego de volver a salir a escena y hablar abiertamente de sus no operaciones estéticas: "Aparte del pecho, yo de cirugía, cero patatero porque me da pánico". Y es que, a pesar de sus tan criticadas piernas de grulla, la Obregón sigue estupenda.
Su truco, como ella misma dice: Ser positiva. "Así ni envejeces ni engordas". Y el sentido del humor, añadiría yo.