Actualizado 16/01/2007 01:00 CET

Especial Viajes: Rabat, el encanto y la calma de la capital de Marruecos

Lugar amistoso, pausado y con mucho encanto. Denominada la Ciudad de los Jardines, constitutuye, junto a Casablanca, el corazón del país desde que el gobierno francés estableciese dos capitales: una política en Rabat y otra económica en Casablanca.

La ciudad de Rabat, capital del reino de Marruecos desde 1912, fue fundada por el sultán almohade Abd al-Moumen bajo el nombre de Ribat, que significa monasterio fortificado. Abierta al Océano Atlántico, esta ciudad de ensueño cuenta con un precioso puerto que en sus comienzos fue fenicio, más tarde cartaginés y finalmente romano. A menos de una hora de Casablanca, la elegante Rabat promete una gran oferta turística, desde la ansiada propuesta de sol y playa hasta la cultura, gastronomía y belleza de un país ansioso por ser descubierto.

LA MEZQUITA DESTRUIDA

La muralla fortificada, que da nombre a la ciudad, se denomina Ribat al-Fath o Campamento de la Victoria y fue construido en 1150 por el sultán almohade Abd-Mumi, como escenario de incursiones almohades en la Penímsula Ibérica. Casi cincuenta años después, su nieto, Yaqub al-Mansuri trazó una gran ciudad sobre más de cuatrocientas hectáreas y comenzó la construcción de la que en un principio iba a ser la mezquita más grande de todo el Magreb: la de Hassan. Sin embargo, la muerte del tercer sultán significó el final de las obras y lo que en su origen iba a ser el templo más magestuoso, se quedó en una suposición. Tan siquiera la parte construída tuvo suerte ya que quedó en ruinas tras el terremoto que azotó a la ciudad en 1755. De ese proyecto de conserva la también inacabada Torre de Hassan de cincuenta metros de alto, se levantó junto a la mezquita entre 1195 y 1999, año en el que se detuvo la costrucción.

Esta edificación inacabada se diseñó con el propósito de conmemorar la batalla de Alarcos, en la que los almohades vencieron a los reyes españoles. Cada una de las fachadas de esta fortificación muestran una diferente decoración a base de Paños de Sebqa, una representación artística consistente en una retícula de rombos.

Hoy la mezquita más grandiosa del Islam es la de Hassam II, en Casablanca, levantada en 1993 con motivo del sesenta aniversario del monarca.

UNA INFINIDAD DE TESOROS

La ciudad de Rabat está repleta de puntos turísticos de gran interés: iglesias barrocas, las catacumbas de San Pablo, una villa romana, el mausoleo de Mohammed V, la Medina (construida por los moriscos en el siglo XVII), la Muralla de los Andaluces, la Kasbah des Oudaias (de la época almohade) o el magestuoso Palacio Real (de construcción moderna, alberga una mezquita y varios edificios gubernamentales).

Además son interesantes las colecciones expuestas en el Museo Arqueológico, con piezas que abarcan desde la prehistoria hasta la época moderna; y en el Museo de las Artes Marroquíes de Rabat, que alberga preciosas alfombras, bordados, cerámicas y trajes propios del país. Sin embargo, lo más atractivo es pasear por sus jardines - el más simbólico es el de Buknadel, a poco más de diez kilómetros a la afueras de la ciudad y con más de mil quinientas plantas exóticas - y por sus playas, las más bellas son la de las Naciones, perfecta para practicar surf; la de Temara, donde se puede contemplar una antigua kasbah; o la de Sables dOr, que significa arenas doradas. A tan sólo tres kilómetros, se encuentra Sale, una ciudad que compitió durante muchos años con Rabat y que hoy se ha convertido en un barrio de esta. Debido a sus orígenes independientes, este distrito conserva su propia medina y la Gran Mezquita.

DE COMPRAS POR RABAT

La capital marroquí, al igual que otras ciudades del país, ofrece una amplia variedad de objetos artesanales de gran calidad. Aún no se sabe dónde tienen su origen las apreciadísimas alfombras de Rabat pero lo que sí es cierto es que datan del siglo XVIII y son los únicos tapices marroquíes diferentes a las beréberes, mucho más antiguos, y con inspiración oriental. Diseñadas y bordadas por las mujeres marroquíes, estas alfombras se caracterízan por ser de pura lana virgen; largas y estrechas, debido a la forma de las "jaimas"; de dibujos geométricos y tintes naturales. Viajar a Marruecos es también una buena oportunidad para comprar joyería. Los artesanos bereberes trabajan los metales preciosos de forma excepcional en pulseras, cinturones, sotijas, pendientes, etc.

Otro de los artes más característicos del país, y especialmente de la ciudad de Rabat, entre otras, es la obra de la bordadura, que ofrece un toque diferenciador a pantalones, caftanes, cojines y manteles. Similar es la marroquinería, una destreza típica de Marruecos y adquirida desde tiempos ancestrales, que se impregna en carteras, babuchas, pantalones, chaquetas, cazadoras... Un arte que se ha exportado a todos los puntos del planeta. Para acceder a estos artículos artesanales basta con buscar un zoco y disponer de unos cuantos dirhames, la moneda oficial del país. Los mercadillos más típicos son: el de Souk el Sebat, donde encontrar joyas y tejidos; el de Souk Tehti, lugar de venta de las valiosísimas alfombras rabatíes: o la Rue des Consuls, la zona más comercial de la medina.

MANJARES DE LA TIERRA

Marruecos propone una cocina con más de dos mil años de historia y un sin fin de deliciosos platos que conservan sus sabores originales gracias a una preparación artesanal en barro cocido, sobre fuego o carbón de leña. Guisos que entran no sólo por la boca sino que llegan a casi todos los sentidos: el gusto, la vista, el olfato... y el tacto, pues en este país lo más común es comer con las manos, concretamente con los tres primeros dedos, por eso, es muy importante el pan, que ayuda a empujar los alimentos y constituye un elemento sagrado. En Marruecos el almuerzo es la comida más importante del día y se compone generalmente de una ensalada y de alguno de los platos más típicos de la tierra, como por ejemplo un exquisito cuscús (a base de sémola, verduras y carne) con pollo o cordero, normalmente cocinado con limón.

También son característicos los "tajines", unos guisos estofados de cordero y verdura cocinados a base de especias, miel o melocotón. Y de postre nada mejor que unos exquisitos dátiles de la región o unos dulces tradicional como la "bstila", a base de leche de almendras y hojaldre, o los "beghrir", crepes con miel y mantequilla. Sin embargo, el banquete no finaliza aquí, deberá acompañar a los ciudadanos de Rabat en su tradicional té de menta que facilita la digestión.