Archivo - (Foto de ARCHIVO) Una familia en un parque - JESÚS HELLÍN / EUROPA PRESS - Archivo
SEVILLA 22 Oct. (EUROPA PRESS) -
La Agencia Estatal de Investigación (AEI) ha financiado un proyecto liderado por la Universidad de Sevilla para estudiar durante más de una década cómo la familia, el empleo, o la salud mental influyen en la transición a la vida adulta y con el que ha evidenciado que este proceso se ha retrasado por las condiciones de emancipación.
Según ha detallado el centro universitario en una nota de prensa, independizarse, incorporarse al mercado laboral, formar una pareja o tener descendencia ya no siguen un calendario tan predecible como el de generaciones anteriores, por lo que la transición a la vida adulta se ha retrasado y se ha vuelto más diversa, especialmente en países como España, donde la emancipación residencial se produce de media en torno a los 30 años.
Para comprender esta transformación, el proyecto 'Avanzando en el conocimiento de la juventud española desde 2015 a través de un estudio secuencial longitudinal mixto (Cytaes)' financiado por la Agencia Estatal de Investigación (AEI) como parte de la Convocatoria 2024 de Proyectos de I+D+i y cofinanciado por la Unión Europea a través del Fondo Europeo de Desarrollo Regional (Feder) ha analizado durante más de una década cómo evolucionan las personas jóvenes durante esta etapa.
En este contexto, la iniciativa está liderada por las profesoras Inmaculada Sánchez Queija y Águeda Parra Jiménez, investigadoras de la Universidad de Sevilla especializadas en el estudio de la adultez emergente.
De esta manera, los resultados han confirmado que los jóvenes en España experimentan las cinco características que definen la llamada adultez emergente, una etapa situada aproximadamente entre los 18 y los 29 años: exploración de la identidad, inestabilidad, mayor foco en uno mismo, sensación de estar "entre" la adolescencia y la adultez y percepción de disponer de múltiples posibilidades de futuro.
Asimismo, el estudio ha mostrado que la construcción de la identidad está condicionada por el contexto. Los diferentes grupos estudiados antes y durante la pandemia presentan trayectorias diferentes, de modo que quienes fueron evaluados durante y después de la COVID-19 mostraron una mayor exploración y reflexión sobre su identidad.
En todos los casos, la exploración rumiativa --dar vueltas de forma persistente a las propias decisiones-- se ha relacionado con menores niveles de bienestar, salud mental y apoyo social, mientras que el compromiso con la propia identidad se asoció a mejores resultados.
LA FAMILIA Y EL ENTORNO SOCIAL, CLAVES PARA EL BIENESTAR
La investigación ha identificado las relaciones familiares como uno de los principales factores asociados al bienestar durante esta etapa, ya que las relaciones positivas con madres y padres, basadas en el afecto, la implicación y el apoyo a la autonomía, se relacionan con un mejor ajuste psicológico, mientras que el control psicológico (una forma de chantaje emocional) aparece como el predictor familiar más consistente de depresión, ansiedad y estrés.
Además, los resultados han mostrado diferencias de género, de manera que las mujeres han presentado mayores niveles de bienestar en algunas medidas, pero también mayores niveles de depresión, ansiedad y estrés, así como una mayor exploración de la identidad. Estas diferencias han puesto de relieve la importancia de incorporar la perspectiva de género en las intervenciones dirigidas a la juventud.
Por su parte, la percepción de las oportunidades laborales ha variado según la trayectoria formativa y las experiencias profesionales en el sentido de que quienes estudian Formación Profesional perciben mayor empleabilidad que quienes estudian en la universidad, mientras que entre estos últimos las mujeres muestran niveles inferiores a los hombres.
Igualmente, la experiencia laboral previa mejora la percepción de empleabilidad interna y el apoyo familiar vuelve a aparecer como un factor relevante.
Frente a ello, uno de los resultados más destacados ha sido que la empleabilidad interna, entendida como la percepción de disponer de recursos y capacidades para desenvolverse profesionalmente, contribuye al bienestar y al flourishing a lo largo del tiempo, con lo que el estudio ha mostrado así que el empleo no debe analizarse únicamente como una condición económica, sino también como parte de los recursos personales vinculados al bienestar.
UNA EVIDENCIA ÚTIL PARA LAS POLÍTICAS DE JUVENTUD
En conjunto, los resultados han mostrado que la transición a la vida adulta es un proceso condicionado por la interacción entre identidad, relaciones familiares y sociales, empleo y salud mental, y que estas variables evolucionan en función del momento vital y del contexto histórico.
Así, la investigación ha aportado evidencia para orientar políticas relacionadas con la educación, el empleo, la salud mental y el bienestar juvenil, teniendo en cuenta además las diferencias de género y las distintas trayectorias juveniles.
Como conclusión, comprender cómo se producirá esta transición permite "superar una visión basada únicamente en cuándo los y las jóvenes se emancipan o acceden al empleo y prestar atención a cómo construyen su identidad, desarrollan autonomía y afrontan las condiciones sociales en las que construyen su proyecto de vida".