Publicado 22/10/2026 08:01

Rafael Torres.- Violencia y policía

MADRID 22 Oct. (OTR/PRESS) -

La contemplación de cualquier clase de violencia pone mal cuerpo, pero la contemplación de la que eventualmente ejercen sin motivo o sin mesura aquellos a los que la sociedad ha comisionado para combatir la violencia, precisamente, lo enferma. La brutalidad policial, corriente en las dictaduras y en los regímenes que llevan camino de serlo, no solo es inaceptable, lógicamente, por el mal cuerpo que deja a quien la contempla -y no digamos al que la recibe-, sino porque contribuye más de lo que parecería al colapso de uno de los pilares de la democracia: el del exquisito respeto del Estado al individuo, a su integridad y a sus derechos.

En los últimos días, manifestantes madrileños han sufrido la violencia de unas fuerzas policiales fuera de control, y la circunstancia de que esos manifestantes eran estudiantes y profesores reclamando pacíficamente la preservación y mejora del mayor bien social, la educación pública, otorga a esos sucesos un terrible carácter simbólico: la fuerza bruta ensañándose con la civilidad, el furor contra la inteligencia. Las imágenes de policías pertrechados con toda clase de elementos defensivos y ofensivos apaleando enloquecidamente, en el interior de la Universidad Complutense, a los chicos y chicas que se manifestaban sin más arma ni protección que la pancarta que blandían, repugnan, como también las agresiones sin venir a cuento a los profesores que pretendían expresar a Ayuso el malestar académico por su nefasta política educativa.

¿Alguien ordenó a esos agentes producirse de esa manera vil y desatentada? ¿Se pusieron a pegar así, salvajemente, por su cuenta? Se supone que esos uniformados tienen unos jefes, y, sobre ellos, un delegado del Gobierno y un ministro del Interior, y que actúan según las órdenes que en cascada jerárquica reciben de ellos. De los jefes policiales responsables de esos dispositivos nada se sabe; del delegado del Gobierno, el anuncio de apertura de una investigación sobre los hechos de la que tampoco se sabe nada, y el ministro Marlaska, como siempre, mutis. Así, el mal cuerpo empeora y la democracia también, mucho.

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