Actualizado 05/04/2017 11:27 CET

Una lesión cerebral traumática cada 23 segundos

Por Fernando Sanjuán Martín, neurocavis, MADRID, 4 Oct. (OTR/PRESS) -

BrainScope, una compañía norteamericana de tecnología médica, lleva trabajando en los últimos tiempos en el desarrollo de un dispositivo "no invasivo" que permite evaluar la gravedad de un Traumatismo Cráneo Encefálico (TCE) y otras formas más leves como la conmoción cerebral.
Una de las limitaciones metodológicas, inalterada durante los últimos 20-30 años, de muchos estudios epidemiológicos, ha sido la clasificación de los TCEs y los criterios de inclusión inconsistentes o subóptimos. Conviene señalar las diferencias que existen entre el cráneo y su contenido, el cerebro.

De forma sistemática se ha incluido a personas con daños en la cabeza o en el cuero cabelludo, sin alteraciones de la función cerebral o deterioros fisiológicos en el cerebro.

El simple dolor local en el lugar del impacto, un breve período de aturdimiento, las ganas de vomitar y/o mareos, o una herida/"chichón" en el cuero cabelludo, puede ser el resultado de un golpe en la cabeza al entrar en el coche, pasar bajo una puerta, o recibir el impacto de una olla desprendida desde un armario de la cocina. Se estima que entre el 75-80% de todas las lesiones en la cabeza entran en esta categoría.

Por otra parte, es de uso y costumbre en las Urgencias médicas de nuestro país y en tantos otros, diagnosticar como TCE, además de lo señalado, la "fractura de cráneo", la "lesión intracraneal de naturaleza no especificada", y la "lesión en la cabeza" de distinto índole.

A pesar de que muchos accidentados con estos diagnósticos cumplen criterios de TCE, hay otros que en absoluto sufren una lesión cerebral traumática, o tal vez hayan padecido otra lesión más grave que el traumatismo craneal. Estos impactos craneales "sin importancia", no tienen refrendo en ninguna de las clasificaciones que manejamos.
Los datos epidemiológicos (cantidad de personas consideradas víctimas de una enfermedad en un espacio y tiempo) de los que nos abastecemos, se basan en los registros hospitalarios, en los informes de alta de las urgencias médicas, y en los certificados de defunción, creando sesgos en la selección.

De forma habitual, se utilizan indicadores clínicos relacionados con las características de las lesiones agudas para indicar su intensidad, tales como grave, severa o moderara. Por otra parte, los indicadores más utilizados son los trastornos de la consciencia (despierto, confuso, desorientado, inconsciente), y la duración de la amnesia postraumática tras la lesión (pérdida o debilidad de la memoria y de la capacidad para recordar.

La Escala del Coma de Glasgow, es la herramienta clínica más utilizada para evaluar la conciencia después de la lesión, así como la morbilidad y la mortalidad, aunque ha resultado menos eficaz para determinar el pronóstico.

Por otra parte, no todos los estudios epidemiológicos, han empleado un sistema de clasificación común, lo que complica la interpretación de los datos epidemiológicos y las comparaciones entre los estudios.
Los artículos de revisión que investigan el TCE, llegan comúnmente a la conclusión de que la literatura sobre los procedimientos para el diagnóstico de Lesión Cerebral Traumática Leve, es inconsistente y una más objetiva se requiere para su tipificación.

Tampoco existe un sistema único en España, ni en la mayoría de los países que yo conozca, que rastree la aparición de lesiones en la cabeza en grandes poblaciones. Como resultado, una verdadera apreciación de incidencia nacional o mundial de TCEs es insuficiente.
Debe quedar claramente establecido en el análisis que estamos practicando que, en ningún caso debe existir repercusión clínica entre la inmediatez del impacto y en el transcurso del primer mes. Ha de darse, además, la integridad absoluta de la consciencia en todo momento, y de la exploración o exploraciones neurológicas.

Sobre estas bases, una vez confinados los síntomas, su extensión y sus consecuencias, se hace imperativa una clasificación que contemple ésta nueva entidad a la que podríamos reconocer y denominar como "Impacto Craneal Leve" (ILC).

Se encontraría en un escalafón inferior al de la "conmoción cerebral", y aunque de parecidas características de muy distintas consecuencias, especialmente al tratarse de lesiones recurrentes como las producidas en los deportes de contacto, boxeo, rugbi, futbol, baloncesto*En la conmoción cerebral, a diferencia del Impacto Craneal Leve, las alteraciones en estos deportistas requieren la comprensión de los mecanismos neuronales implicados durante el tiempo de recuperación tras el impacto. La decisión de retorno al juego es una de las responsabilidades más difíciles a las que se enfrenta el médico y que, hasta la fecha, se ha basado, principalmente, en el examen neurológico y las pruebas neuropsicológicas.

Las imágenes de Resonancia Magnética (RM) y RM funcional, pueden ser una prueba adicional más objetiva para evaluar la gravedad y la recuperación de la función tras la conmoción, más teniendo en cuenta la mayor precisión de los equipos de nueva generación.
En estos deportistas, hay estudios que demuestran la hiperactivación de ciertas regiones cerebrales dos meses después del impacto, aunque su rendimiento intelectual fuera rigurosamente normal.

Por último, fundadas esperanzas nos orientan a la utilización de los Biomarcadores para el diagnóstico de la conmoción cerebral. Los marcadores biológicos o biomarcadores, son sustancias que indican un estado biológico, normal o anormal. Pueden ser detectados en la saliva, sangre, orina o líquido cerebral. Entre los de mayor especificidad y sensibilidad para la detección de las lesiones cerebrales leves se encuentran el S 100B y la proteína T-Tau.

Incluir en la clasificación general de los TCEs al Impacto Craneal Leve y delimitar sus consecuencias, tiene implicaciones médico-legales, judiciales, periciales y, especialmente económicas, por las numerosas ocasiones en las que aparece en accidentes de tráfico y laborales.