El vigor de Iggy Pop y los himnos de Noel Gallagher se hacen con el Mad Cool

Actualizado 12/07/2019 14:00:40 CET
Iggy Pop
ALMASY

   MADRID, 12 Jul. (EUROPA PRESS - David Gallardo) -

   Pasan unos minutos de las nueve y media del jueves y ahí está sobre el escenario Iggy Pop como una aparición mariana. Sin camiseta mostrando todos los pliegues de su piel de 72 años, con su resplandeciente melenita rubia, con su sempiterna cojera, gritando al cielo madrileño 'I wanna be your dog!' Y en ese momento cambia el signo del Mad Cool 2019, que ya tiene uno de sus conciertos estelares.

   El viejo e infinito rockero, incomprensiblemente relegado al tercer escenario, se corona así como uno de los indispensables de esta cuarta edición del festival madrileño que, tras la fiesta de bienvenida del miércoles, arrancaba oficialmente el jueves con la asistencia de 47.500 personas. Una cifra lejana a las 80.000 por día del pasado año y una buena noticia para los asistentes, que pueden moverse por el recinto con facilidad y sin grandes colas para prácticamente nada.

   Pero lo dicho, que ahí sigue Iggy Pop encadenando 'The passenger', 'Lust for life' o 'Repo man', bajándose del escenario para dejarse tocar por el gentío de las primeras filas. Incluso hay quien literalmente le acaricia la cabeza. Derrochando fuerza y descaro, respaldado por una banda precisa y sin estridencias, lanza pedradas sonoras de sus viejos Stooges del calibre de Search and Destroy o TV Eye, y se acuerda de su viejo amigo David Bowie con The Jean Genie.

   Remata la faena en una hora Iggy Pop con No Fun y Sixteen y el gentío se dispersa rejuvenecido después de haber comprobado con sus propios ojos que siendo un septuagenario todavía se puede rockear bien duro con pose, con carisma y con energia.

   Todo lo contrario que Bon Iver, banda principal del día según la jerarquía del cartel al ocupar el primer escenario a las diez de la noche. Pero no es ese su lugar. No porque no lo merezcan, no porque no tengan calidad, sino porque en hora punta en un festival la gente está para otras cosas. Eso provoca que haya diáspora para cenar y que, más allá de los más acérrimos del grupo estadounidense, buena parte del público opte por sentarse y tumbarse a lo largo y ancho de todo el recinto.

   Las delicadas composiciones del grupo comandado por Justin Vernon son para otro tipo de escenarios y recintos, pero aún así hay momentos en los que la parroquia se viene arriba, como con 'Skinny Love' o 'Hey, ma'. Se queda un poco corto para este momento de la jornada el folk predominantemente acústico de Bon Iver, que seguro han convencido a muchos para volver a verse en una futura ocasión más propicia.

   Sin solución de continuidad la masa se mueve al segundo escenario para recibir a Noel Gallagher y sus High Flying Birds, que empiezan cogiendo velocidad presentando varios cortes de su tercer álbum, Who Built the Moon? (2017). Con el británico pasa algo que seguro le molesta un poquito, por muy consciente que sea: En sus conciertos está siempre en 'runrun' de que la siguiente va a ser de Oasis.

   Se va generando así cieta impaciencia mientras suenan temas recientes como 'Holy mountain', 'It's a beautiful world' o 'Black star dancing'. Pero tras la espera, la gente recibe lo que esperaba con himnos de Oasis como 'Little by little', la coreadísima 'Wonderwall' o la grandilocuente 'Stop crying your heart out'. Suena 'AKA... What a life' del cancionero solista de Noel y luego ya desparrame de karaoke colectivo con 'Don't look back in anger'.

   Entre el público hay mucho forastero, aparentemente mucho británico, de manera que el recital de Noel -con una bandera de su adorado Manchester City sobre uno de los amplificadores del escenario- tiene para muchos ese punto especial de reencuentro con el ídolo lejos de casa. El desenlace con la versión del 'All you need is love' de los Beatles crea un ambiente de camaradería colectiva que no es demasiado habitual en Mad Cool por tener el festival uno de los públicos más heterogéneos que se recuerdan en la ciudad. Pero Noel y los Beatles consiguen que al final después de todo no seamos tan distintos.

   Con el festival ya partido en dos y bien entrada la madrugada, el público se divide entre Vampire Weekend y The Hives. Los primeros -de Nueva York- congregan a la mayoría en el escenario principal para escuchar las canciones de su reciente cuarto disco, Father of The Bride. Los segundos, -de Suecia- montan su habitual desenfreno guitarrero desde que arrancan con la veloz 'Come on' (mantra que dura menos de un minuto y que provoca una reacción instantánea), con el vocalista Pelle Almqvist divertidísimo como siempre pidiendo aplausos, chapurreando español y gritando consignas como "¡No hay silencio con The Hives, no silencio!". Siempre tan acelerados, se marcaron uno de los conciertos de esta edición en ese tercer escenario donde ocurren tantas buenas cosas.

   Pasadas las 2 de la madrugada el festival es un enorme monstruo con vida propia en el que habitan seres de lo más dispar con necesidades igualmente dispares. Muchos se han ido, otros se siguen yendo -los taxis y los VTC hacen su agosto en julio por la lejanía del lugar, instalado en Valdebebas, entre IFEMA y la T4 de Barajas; los que optan por las lanzaderas a Plaza de Castilla tienen que armarse de paciencia y, el resto, en coche particular- y no pocos se quedan para meterse entre pecho y espalda una ración de baile electrónico con The Chemical Brothers.

   A estas alturas, la originalísima actuación de la heroína autosuficiente de la guitarra Tash Sultana bajo el sol de las siete de la tarde parece ya un recuerdo de una vida pasada. Igual que el extraño paso por el festival de Lauryn Hill, que hizo esperar media hora al público mientras una dj pinchaba música. Ya empezaba a comentarse que no iba a salir pero sí, salió, recordó su celebradísimo disco 'The misseducation of Lauryn Hill' (1998) y se fue dejando un rastro de divismo para el recuerdo, en el que no faltaron quejas a sus técnicos de sonido.

   Variopinta primera jornada oficial del festival, en definitiva, de la que cada cual puede perfectamente sacar unos mejores momentos que difieran totalmente de los de cualquier otro escogido al azar. Esa también es la gracia de los festivales, que no te marquen una agenda clara y que puedas elegir tu propia aventura.

   Sin incidencias reseñables -huelga destacarlo tras lo vivido los tres años anteriores-, Mad Cool carbura ya hacia su ecuador mientras espera para este viernes a The Smashing Pumpkins, The National o los ídolos locales Vetusta Morla. Si es que, en realidad, esto no ha hecho más que empezar.

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