Roberto Suárez, presidente de la CNSE - CNSE
Hay patrimonios que pueden protegerse restaurando un edificio, conservando una obra o catalogando una pieza.
La cultura sorda no funciona así. Está hecha de memoria colectiva, de formas de relacionarse y de comprender el mundo, de relatos compartidos, de humor, de encuentros, de creación artística. Está en las narraciones signadas, en la poesía, en el teatro, en los juegos visuales, en el Visual Vernacular, y en tantas expresiones que han pasado de generación en generación dentro de la comunidad sorda.
No puede, por tanto, guardarse en una vitrina. Ni sobrevivir únicamente porque una norma la reconozca. Vive mientras se transmite, se comparte, se recrea. Y eso obliga a cambiar la mirada.
Durante demasiado tiempo, la relación entre las personas sordas y la cultura se ha planteado casi exclusivamente desde la accesibilidad: cómo hacer que una obra, un museo, una película o un espectáculo puedan ser disfrutados también por personas sordas.
Ese objetivo sigue siendo imprescindible. Pero no es suficiente. Porque las personas sordas no son solo público de la cultura. También son quienes la crean.
Por eso fue tan importante que en 2024 las expresiones vinculadas a la cultura sorda y a la lengua de signos fueran declaradas Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de nuestro país.
Y si todo reconocimiento plantea una responsabilidad, ¿qué significa entonces proteger un patrimonio como este? Significa apoyar la creación cultural de las personas sordas. Abrir espacios a nuevos artistas. Favorecer la investigación y la documentación. Incorporar la cultura sorda de forma estable -que no ocasional- a las políticas culturales y educativas. Y, por encima de todo, garantizar su transmisión. Porque una cultura puede estar reconocida y, sin embargo, debilitarse si las nuevas generaciones dejan de encontrar espacios donde conocerla, compartirla y hacerla suya.
Durante décadas, las asociaciones de personas sordas han cumplido precisamente esa función. Han sido lugares de aprendizaje, de socialización, de creación y de memoria. Lugares donde una comunidad podía reconocerse en otras personas y descubrir una historia común. No es un papel secundario. Es una función de salvaguarda cultural.
Por eso, si queremos proteger de verdad el patrimonio cultural sordo, debemos contar con el movimiento asociativo y con la propia comunidad sorda en las decisiones sobre su conservación, promoción y futuro.
La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad reconoce expresamente el derecho de las personas sordas al reconocimiento y apoyo de su identidad cultural y lingüística, incluidas las lenguas de signos y la cultura sorda. Y ese derecho no se garantiza solo reconociendo lo que existe. Se garantiza haciendo posible lo que vendrá.
En este Día Internacional del Patrimonio Cultural Inmaterial, esa debería ser nuestra verdadera ambición: garantizar que la cultura sorda siga fortaleciéndose. Porque el reto no es que dentro de unas décadas podamos explicar cómo era la cultura sorda a comienzos del siglo XXI. El reto es que dentro de unas décadas siga habiendo nuevas historias que contar. Nuevas creaciones. Nuevos espacios de encuentro.
Por Roberto Suárez, presidente de la CNSE.