Publicado 22/03/2020 13:23CET

Alimentos a domicilio en el rural, el flotador de los mayores: "No voy a trabajar por dinero, hago falta"

Iván, el frutero de decenas de poblaciones en varios ayuntamientos de la provincia de Pontevedra
Iván, el frutero de decenas de poblaciones en varios ayuntamientos de la provincia de Pontevedra - EUROPA PRESS-CEDIDA

   "No podemos dejarlos tirados ahora. Tenemos una responsabilidad", asegura un pescadero pontevedrés

   SANTIAGO DE COMPOSTELA, 22 Mar. (EUROPA PRESS) -

   Puso un cordón de seguridad, pero Iván, frutero a domicilio en decenas de parroquias gallegas de la provincia de Pontevedra, es ahora el flotador al que se amarran muchos mayores en un momento en el que tienen "miedo" a salir de sus casas por la crisis sanitaria derivada del covid-19. En el rural de Galicia, los alimentos de primera necesidad llegan en muchos casos en pequeñas furgonetas de reparto, un servicio que ahora se hace más necesario.

   En el camión de Iván hay fruta, carnes saladas, bacalao, galletas, y hasta el tan demandado papel higiénico. "Soy su supermercado", ha manifestado en declaraciones a Europa Press este pequeño empresario que recorre aldeas y pueblos de ayuntamientos como Cerdedo-Cotobade, rural de Pontevedra y Redondela.

   A lo largo del día está con muchas personas que viven "con miedo". Él, asegura, se ha vuelto "maniático" y cada vez que llega a casa "limpia el furgón con desinfectante". Ha puesto un cordón de seguridad para que la gente no pueda acercarse a los productos y en muchos pueblos ha pasado de tener una decena de clientes "al doble".

   Esta semana, ante el incremento de demanda que ha tenido, tuvo que acudir dos veces al almacén de fruta. "La gente tiene miedo 'a bajar' a Pontevedra, tienen leche y el congelador lleno, pero la fruta es de lo que más se necesita, porque se estropea", ha explicado.

   También surte papel higiénico y de cocina, pero solo vende "uno" a cada cliente para que todos puedan tener estos productos cada semana. Hay quien, ha dicho, le quiso comprar todo el género en una sola vez.

   Iván entiende "al cien por cien" que su función ahora, si cabe, es más "fundamental" para un rural que apenas cuenta con taxis y que no tiene en muchos casos un servicio regular de autobuses.

   Pero aunque día a día recibe el "aplauso" de su mujer cuando sale de casa, ha reconocido que pensó en dejar de trabajar ante la propagación del virus. "Me podría quedar en casa, pero me daría mucha lástima por la gente mayor", ha afirmado. Cuando regresa, tras "una hora limpiando" el furgón, ducha y desinfección personal, le da un "abrazo" a su mujer e hijos.

   "Yo me quedaría en casa, hasta tengo momentos de llorera, es muy duro. No estoy yendo a trabajar por dinero. Voy porque sé que a esa gente le hace falta este servicio, personas de 80 o incluso 92 años no pueden coger un taxi e ir al supermercado", ha relatado Iván, quien asegura que él intenta "dejarlos servidos" e, incluso si necesitan algún producto de limpieza, lo pone "en el asiento de copiloto para no mezclarlo con la comida y se lo lleva".

"NO PODEMOS DEJARLOS TIRADOS"

   "No podemos dejarlos tirados ahora. Podríamos darnos de baja y pasar de todo y estar en casa, pero no; porque tenemos una responsabilidad, vivimos de la gente todo el año, no cuando nos favorece. No podemos dejarlos en la estacada, hay que redimirse y aguantar". Así de claro lo deja André, un pequeño empresario que junto a su mujer y una empleada reparten pescado por las aldeas y a restaurantes, ahora cerrados.

   Aunque han perdido la clientela de los establecimientos de restauración, sí que perciben que en las aldeas parecen los meses de verano, "mucha gente se fue a sus casas" del pueblo, ha afirmado en declaraciones a Europa Press.

   André confirma que ahora "todo el mundo se acuerda del rural", incluso quien lo "desprecia", pero ha advertido de que hace falta acordarse todo el año de las zonas alejadas de las ciudades para darles los servicios que se necesitan.

   Este pescadero reconoce su papel "fundamental" porque, además de distribuir el pescado, también le dan "conversación" a muchas personas que viven solas, aunque sea "desde la ventana". "Hablas cinco o diez minutos con ellas y ya le alegras. Todo lo que vienen son agradecimientos", ha asegurado André, que ha tomado medidas como guantes, lavar mucho las manos, mantener espacios de separación con los clientes y otras actuaciones de precaución.

   Pero en la Galicia de la despoblación, y de una brecha tecnológica que el Colegio Oficial de Telecomunicaciones ya ha denunciado y que solo pasará, afirma el alcalde de San Xoán de Río (Ourense) y vocal del colegio, Xosé M. Blécua, con una legislación que obligue a dotar de este servicio, también hay poblaciones que ni siquiera tienen servicio a domicilio.

   Es el caso de Moncelos, una aldea de Abadín (Lugo). Pepe Rodríguez, que tiene la dificultad añadida de que depende de su silla de ruedas, acude al supermercado en su vehículo para llevar a casa lo necesario. De momento, asegura que la vida "prácticamente sigue normal", pero observa la evolución de lo que puede pasar "con algo de preocupación".

   Antes había servicio de venta ambulante de pescado, pero la persona que se encargaba está de baja y ya no va por el pueblo, mientras que en otros lugares como en Boborás (Ourense) la persona que lo hacía esta semana ya no hizo reparto.

   Pepe Rodríguez reclama "más servicios" para el rural, del que ahora "todos se acuerdan". "No se dan cuenta hasta que esto ocurre, porque muchos vecinos están incomunicados (no tienen vehículos) y hay gente que no tiene medios", ha advertido.

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