El niño al que la guerra siria dejó sin habla

Niño sirio refugiado en Líbano
Foto: ROCÍO MARTÍNEZ POSADA/EUROPA PRESS
    
Actualizado: viernes, 3 abril 2015 10:18

DALHAMIEH (LÍBANO), 3 Abr. (De la enviada especial de Europa Press, Rocío Martínez Posada) -

   El horror de la guerra no desaparece al cruzar la frontera. La mayoría de los 1,2 millones de sirios que han huido de una lucha fraticida para refugiarse en el vecino Líbano han traído consigo sus miedos y preocupaciones, que hacen más difícil si cabe rehacer una vida desde el subsuelo.

   Jaled tiene cuatro años y juega junto a su madre y las mujeres con las que charla. Él no puede hablar. No es capaz de pronunciar una sola palabra por culpa del trauma que le ha causado la guerra que ha vivido a su corta edad al otro lado de las montañas que custodian el valle de la Bekaa, en Líbano.

   Marwa Jawha, psicóloga de Acción contra el Hambre (ACH), intenta desde el campo de refugiados de Dalhamieh que Jaled repita algunos sonidos mientras revolotea en brazos de su madre. "No tiene ningún problema físico, nada que limite su capacidad para hablar, porque puede oírme y entenderme, reacciona a todo lo que le digo", explica.

MADRE Y REFUGIADA

   La psicóloga intenta sin mucho éxito que el pequeño imite sus gestos y sonidos, pero él la mira como si de un juego se tratara. "Tiene que hacer ejercicios con sus labios y con su lengua porque los músculos tienen que acostumbrarse a pronunciar. Hay que enseñarle a usarlos para que pueda articular sílabas y palabras", señala.

   El caso de Jaled no es único. "Hay muchos niños que están haciendo regresiones, especialmente en su capacidad oral. Aunque deberían hablar bien, les cuesta mucho después de llegar a Líbano procedentes de la guerra en Siria", cuenta Elsa Maalouf, otra cooperante de ACH.

   Elsa asegura que en estos años de trabajo en los campos de refugiados de la Bekaa ha visto cómo el miedo es capaz de paralizar a los niños en muchos sentidos. "Conocí a una niña que tenía tres años y estaba realmente aterrorizada. Cuando veía policías u oía el ruido de un avión se hacía pis", recuerda.

   Para otros la guerra va más allá de una pesadilla y es una realidad con la que lidian día a día. Marwa trae a su memoria a un niño de ocho años que presenció una brutal paliza a su padre mientras seguían en Siria. El hombre murió en el hospital y la familia decidió huir a Líbano, pero como su hijo no lo vio aún cree que volverá a por ellos. "Me gustaría decirle que le quiero y que le he echado de menos", dice.

NIÑA SIRIA REFUGIADA EN LÍBANO

MADRE Y REFUGIADA

   Las madres son una pieza clave para ayudar a sus hijos a superar la experiencia de la guerra, pero ellas arrastran también sus propios traumas, que son más difíciles de abordar en el contexto de una cultura en la que las mujeres y sus problemas quedan siempre en segundo plano.

   La llegada a Líbano ha propiciado un cambio radical de los roles tradicionales. En Siria, los hombres se encargaban de garantizar el sustento de los suyos, pero las enormes barreras para conseguir trabajo como refugiados han trasladado a las mujeres la carga de sacar adelante la familia.

   "Los hombres no se adaptan fácilmente a la nueva situación. Están muy nerviosos", señala Marwa, explicando que la ansiedad que les genera sentirse inútiles les lleva a descargar la tensión sobre su familia. "Suelen pegar a sus mujeres e hijos. Algunos violan a sus propias esposas", denuncia.

   Las mujeres parecen ser más fuertes. "Asumen que sus maridos no pueden seguir sosteniendo la familia y que ahora les toca a ellas", aunque sea en un sentido más emocional que económico. Pero esa fortaleza es superficial, porque también encuentran a alguien con quien descargar la frustración: sus hijos.

   "Cualquier problema con sus maridos lo pagan con los niños y los niños, a su vez, se vuelven más y más agresivos", lo que se está convirtiendo en un problema de convivencia a futuro en los campos de refugiados, donde seguirán a largo plazo, a juzgar por la escalada de la guerra civil en Siria.

BABY TENDS

   Por ello, las ONG que trabajan sobre el terreno, tradicionalmente enfocadas a socorrer las necesidades humanitarias básicas, han apostado por enfrentar también este tipo de problemas. ACH, en colaboración con Naciones Unidas, ha ideado las Baby Tends, tiendas de campaña acondicionadas para las mujeres y sus hijos en las que dan apoyo psicosocial.

BABY TENDS

   "El apoyo psicosocial es muy importante para los refugiados porque sienten que, por primera vez desde que salieron de su país, pueden hablar libremente de sus miedos y preocupaciones. Sienten que alguien cuida de ellos", destaca Marwa.

   Las mujeres acuden a las sesiones acompañadas de otras mujeres en su misma situación para hablar sin tapujos de la dura experiencia que les ha tocado vivir. Durante esta hora pueden centrarse en ellas, porque las cooperantes de ACH atienden a los niños mientras las madres hablan con las psicólogas.

   "Tengo varias sesiones con cada grupo de mujeres. A la primera vienen muy tensas, pero poco a poco se van relajando y en las siguientes sesiones ya no solo sienten que quieren hablar, sino que creen que deben hablar. Al final se sienten muy cómodas", asegura Marwa.

   La psicóloga las escucha y les da consejos sobre cómo gestionar la tensión acumulada. Interrogada sobre el éxito de sus sesiones, no tiene dudas: "Ellas siguen mis consejos". "Algunas me han contado que cuando han estado a punto de pegar a sus hijos, no lo han hecho porque piensan en lo que digo. Eso me llena de satisfacción", confiesa.

APRENDIENDO A AMAMANTAR

   El apoyo que estas mujeres reciben en las Baby Tends puede llegar a ser una cuestión de supervivencia para los pequeños. "Muchas mujeres han estado tan expuestas a la guerra que cuando llegan a Líbano el 'shock' les impide generar leche para amamantar a sus hijos, lo que puede dar lugar a un problema de nutrición", alerta Elsa.

   En otros casos, el origen del problema es cultural. Al dar a luz se segrega la primera leche materna, el calostro, una especie de requesón que precede al flujo normal. "Cuando ven el calostro creen que su leche es mala porque están tristes, que es una especie de veneno para los niños, y deciden no dársela", cuenta la cooperante de ACH.

APRENDIENDO A AMAMANTAR

   Las madres prefieren remplazar su leche por la que venden en las farmacias de la zona. "Pero es muy cara para ellas, unos 10 dólares, por lo que la mayoría de las veces les dan a los niños agua con azúcar que, obviamente, no sustituye los nutrientes de la leche materna", lamenta Elsa.

   Para ACH es vital que las madres generen leche y amamanten a los bebés, porque de esta forma garantizan una nutrición adecuada desde la cuna, reduciendo así las posibilidades de que el niño caiga en problemas de malnutrición e incluso desnutrición en el futuro, algo frecuente entre menores de cinco años y que puede llegar a ser mortal.

   Aquí el trabajo de las psicólogas es crucial. "Les explico que la calidad de su leche no tiene nada que ver con sus sentimientos. Les explico cuál es la mejor forma de amamantar. Y al final cambian de mentalidad y me preguntan cómo pueden ayudar a sus hijos, porque su única preocupación es el futuro de esos niños", cuenta Marwa.

   La experiencia de estos niños y mujeres prueba que la guerra deja heridas más profundas que las hechas con un arma, que las heridas del alma son más difíciles de curar que las de la piel, y que para muchas familias de refugiados el sufrimiento solo acabará con el fin de un conflicto que, sin embargo, se encamina ya hacia su quinto año.

Leer más acerca de: