Actualizado 02/07/2016 08:50 CET

Una prueba de siete años: la experiencia de un niño de la calle en Burundi

Aimable vivió siete años en las calles de Buyumbura
UNICEF
 

BUYUMBURA, 2 Jul. (Por Nicholas Ledner, UNICEF) -

Aimable estaba durmiendo junto a una carretera una noche. Un coche se detuvo junto a él y el conductor le preguntó por qué estaba allí. Le explicó que no tenía casa y que pasaba el tiempo en esa zona pidiendo dinero. El conductor se fue, pero pocos minutos después volvió con leche y pan. Éste es uno de los recuerdos más felices que Aimable tiene de dormir en la calle durante casi siete años.

Al menos tenía a su hermano menor Timothée con él. Hizo todo lo que pudo para proteger a su hermano, pero no había seguridad para dos niños que vivían en las calles de Buyumbura. Tenían que arreglárselas por sí solos y Aimable se sentía responsable de su hermano pequeño.

"Una vez intenté defender a mi hermano de otro niño de la calle, pero nos dieron una paliza", ha dicho. Otras veces, tenía más suerte, sobornaba a otras personas con 100 francos para que les dejaran solos.

Durante siete años, ha estado codo con codo con su hermano. Dormían en la calle y usaban cajas como colchones. Odiaba esas noches, cuando su hermano deambulaba y Aimable no podía protegerle. Después de todo, Aimable no era sólo el hermano de Thimotée, sino también su guardián.

COSAS QUE UN NIÑO NO DEBERÍA VER

Aimable y su hermano dejaron su casa simplemente porque su padre perdió el trabajo y la familia no tenía dinero para alimentar a sus dos hijos mayores. No parece que culpen a su padre, lo entienden. En la calle, Aimable puede pedir dinero, puede comprar algo para comer para seguir viviendo.

Un día muy bueno, Aimable ganó 10.000 francos mendigando, lo que equivale a unos 5 dólares. Esa cantidad es como si cayese del cielo en Burundi, un país frágil y afectado por la crisis que adolece de una pobreza generalizada.

Se calcula que, en 2009, había 3.250 niños viviendo en las calles de las tres principales ciudades de Burundi, buscando comida y dinero para sobrevivir. La cifra ahora es potencialmente mayor, debido a la crisis sociopolítica que estalló en 2015.

Estos niños no sólo viven separados de sus casas y sus escuelas, también quedan expuestos a la explotación, el abuso, los problemas sanitarios y la malnutrición.

Para contrarrestar todos estos riesgos, Aimable tenía un grupo de amigos de la calle. Compartían todo. Eran como una familia. Si un niño obtenía menos dinero que el resto, distribuían las ganancias de forma equitativa. Ninguno quedaba atrás.

Aimable soñaba con ahorrar lo suficiente para comprarle una casa a su familia; una en la que pudiesen vivir todos juntos. Una vez, soñó que tenía 20.000 francos que devolvía a su madre, a la que le decía que los usara para alimentar al resto de la familia, y entonces de repente volvía a la calle, al sitio donde creía pertenecer.

Aimable vio cosas trágicas mientras vivía en la calle. Hace poco, una mañana se despertó oyendo que había cerca tres cadáveres. Como estaba muy próximo, se acercó, y fue entonces cuando vio a un hombre muerto. Es una imagen que no puede borrar de su mente, pero habla de ello de forma indiferente.

LA ALEGRÍA DE VOLVER

Después de siete años, Aimable y su hermano han vuelto a casa con su familia y, por primera vez, tienen la oportunidad de ir a la escuela. Ha sido posible gracias al Kabondo Football for Hope Centre, gestionado por la ONG Kiriguya y apoyado por UNICEF y que ayuda a niños que viven en las calles de la capital, Buyumbura.

En el centro, los niños pueden ducharse, lavar la ropa y tomar comidas calientes proporcionadas por el Programa Mundial de Alimentos. Para quienes lo necesitan, hay asistencia médica y legal, así como un psicólogo con el que los niños pueden hablar individualmente de lo que sienten y de lo que han pasado.

No obstante, el centro está diseñado para actuar como espacio de transición y la meta final es reunir a los niños con sus familias.

"El cometido de UNICEF es ver que todos los niños crecen en un ambiente familiar", dice Aissa Sow, jefa de protección de la infancia en UNICEF Burundi. "En algunos casos, dependiendo del resultado de las investigaciones, el ambiente se puede ampliar a familiares menos cercanos o a miembros de la comunidad".

SUEÑOS

Aimable es ahora un estudiante de primaria, pero por supuesto tiene un largo camino por delante. Le gustan las matemáticas y dice que le sale de forma natural. Sólo necesitaba una oportunidad para ir a la escuela y demostrar su talento. Su objetivo a largo plazo es obtener un diploma y conseguir dinero para ayudar a otros niños que aún viven en la calle. Quiere ayudarlos a entrar en la escuela y estar con sus familias.

El padre de Aimable está feliz de ver a su hijo de vuelta, en casa y en la escuela, y reflexiona sobre el tiempo en que la familia ha estado separada. "No podía encargarme de mis hijos, no tenía trabajo. Temía por ellos por falta de seguridad", dice. Da las gracias al programa de UNICEF por todo lo que ha hecho para reunir a la familia y ayudar a Aimable y Timothée. Piensa que Aimable puede crecer y asumir mayores responsabilidades y desea que otros niños puedan recibir la misma ayuda que su familia.

¿Cuál es el principal mensaje ahora para otros niños de la calle? "Volved a casa e id a la escuela. Dejan de ir a la calles y pedir dinero a la gente. Vivid con vuestros padres y hermanos y sed una familia. El amor de una familia es lo más especial que hay en la vida".

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