Publicado 18/06/2024 08:01

Fernando Jáuregui.- Pedro Sánchez tiene muchos rostros

MADRID, 18 Jun. (OTR/PRESS) -

Hay voces que, festivamente, dicen que Pedro Sánchez parece estar clonado: lo mismo aparece, en un espacio de pocas horas, en una cumbre en Suiza sobre Ucrania que en una cena en Bruselas sobre la renovación de la UE y, mientras, atiende asuntos domésticos y apariciones convenientes a su imagen. Quienes dicen conocerle bien –no es mi caso--, aseveran que tiene un rostro para cada ocasión, en función de su estado anímico: Sánchez, un maestro de las ‘versiones contradictaorias’, vamos a llamarlo así, carece, no obstante, del don de poner cara de póker ante las adversidades o las alegrías. Quienes han aprendido a escrutarle adivinan su pensamiento y sus sentimientos, por mucho que él trate de evitarlo. Y ahora…

Ahora que se le vienen encima tantas cosas que pueden poner en riesgo hasta su permanencia en La Moncloa, los viajeros al palacio presidencial se atreven a afirmar que a Sánchez se le ha endurecido ese rictus poco amable, propio de quien se siente ocasionalmente defraudado porque, esta vez, la diosa Fortuna no está del todo a su lado y trata de culpar a los demás de sus desgracias. O porque los acontecimientos, acaso crea él, empiezan a superarle.

Lo digo sin la menor reticencia: admiro el carácter resiliente del presidente del Gobierno, capaz de intentar no mover un múscujlo cuando los fiscales se alinean, a cuenta de la amnistía, frente a Alvaro García Ortiz, que a saber si acabará o no dimitiendo incluso mañana mismo -los suyos, y él, aseguran que será que no- de la Fiscalía general del Estado, de la que, en mi opinión, tendría que haber salido ya hace semanas para evitar más sufrimientos inútiles; porque, al final, tendrá que irse.

También me parece encomiable el rostro pétreo –insisto: ni el menor sarcasmo en el adjetivo—con el que el presidente, en su entrevista dominical en La Vanguardia, elogia sin tasa ni medida a Esquerra Republicana de Catalunya, de la que espera recibir el favor de la continuidad en el cargo e incluso el de la investidura de Salvador Illa. A cambio, claro, de una financiación inédita, como la vasca, para la Hacienda catalana. Pero eso, por lo visto, hoy no toca. Y si Sánchez es maestro en algo es en anunciar sin enunciar.

Y más: Sánchez puede aparecer con el gesto estudiadamente compungido ante los ataques a su mujer y a su hermano, aunque sabe bien que en ninguno de los dos casos hay causa penal que lleve el asunto más allá del dejarse unas plumas de desprestigio moral, lo cual es, me parece que piensa él, fácilmente restañable: el escalón de la actualidad de mañana hará que se olvide el de hoy. Espectacular me resulta ver cómo de esa compunción puede pasar a la altanería desafiante contra jueces díscolos o periodistas que se pasan de la raya. A mí, si le digo la verdad, hay un punto en algunas miradas del personaje Pedro Sánchez que me producen una desazón limítrofe, qué quiere que le diga, con la aprensión ante alguna catástrofe inminente, y eso que no formo parte de ‘tabloide ultra’ alguno.

Sánchez tiene, como creo que le ocurría a Gorbachov, un talante (o muchos) para casa y otros para fuera: le molestan las pejigueras domésticas y, en cambio, disfruta, cómo no, compartiendo mesas y micros con los ‘grandes’ de este mundo, con los que se siente, dicen los expertos en lenguaje corporal, como pez en el agua. Lo que no le ocurre, desde luego, y eso sí lo he visto de cerca, con los periodistas, ni con los empresarios, ni con los que llevan togas.

Habrá quien, de esto que escribo, interprete que el presidente del Gobierno español está en situación inestable, agobiada, que es capaz, como falsamente sugirió cuando se retiró a meditar en el desierto aquellas cinco jornadas, de tirar la toalla el día menos pensado, porque no le merece la pena tanto sufrir.

Quien ha escrito, aunque sea por persona interpuesta, un ‘manual de resistencia’ que es un compendio de eso que se llama ‘sindrome de Hubris’, o de quien ostenta mucho poder, difícilmente se retirará, casi nunca dará una batalla por perdida, ni siquiera cuando, como ahora, tantos astros se le alinean en contra. Si pierde elecciones, dice que las gana; si relega al olvido pasajes de la Constitución, ataca a los de enfrente llamándolos inconstitucionalistas; si se siente criticado, incluye a quienes lo hacen en su lista particular de la ‘fachosfera’. Y para cada una de estas ocasiones tiene un rostro. Mucho rostro, dicho sea apenas con ánimo descriptivo y sin asomo crítico alguno, repito. Lo cual, para un político a la vieja usanza, para un actor o para un trilero, puede que no sea tan malo, al fin y a la postre.

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