Publicado 06/06/2024 08:00

Fernando Jáuregui.- Elogio, por una vez, a un dirigente de Vox

MADRID, 6 Jun. (EUROPA PRESS) -

Me ha gustado, lo confieso, la primera pregunta que mi compañero Miguel González, de El País, ha dirigido al candidato de Vox, Jorge Buxadé, en estas elecciones: “¿por qué nos ha dado esta entrevista?”, pregunta el gran periodista González, que ha debido ser el primero en extrañarse cuando alguien como Buxadé, perteneciente a un partido poco amigo de facilitar la vida a informadores que no le gustan –que son la mayoría--, accedió al encuentro. También me gustó, lo confieso, la respuesta del político: “porque los lectores de El País tienen el derecho a escucharme y yo el deber de explicar a todos los españoles lo que es Europa”. Ojalá cundiese el ejemplo. Pero no.

En primer lugar, los medios tienen perfecto derecho(y quizá el deber) de posicionarse editorialmente a favor o en contra de determinadas acciones y actitudes del Gobierno y de las restantes formaciones: una cosa son las opiniones, libres, y otra los hechos, sagrados, aunque admitamos que a veces se vulneran estas reglas. Y los políticos tienen el derecho (y el deber) de atender a los medios, independientemente de cuál sea el sesgo de los mismos. La situación en la que el mundo de la comunicación se halla ante la recta finalísima de estas elecciones del domingo es muy otra. Y se la resumo:

Por ejemplo, cuando dices que Feijoo se equivoca en su estrategia de montar manifestaciones así como así, o de querer llevar a Pedro Sánchez a los tribunales para combatir las indudables iniquidades del presidente del Gobierno, o que titubea demasiado antes cuestiones cruciales, como presentar o no una moción de censura contra el Ejecutivo, las brigadas ‘trollistas’ te asaltan en las redes acusándote de estar al servicio de La Moncloa. Cuando denuncias los errores –quiero ahora llamarlo así, por minimizar- de Sánchez en el manejo del escándalo que se ha montado a cuenta de los (presuntos) trapicheos de su mujer, Begoña Gómez, los comandos monclovitas te meten invariablemente en el fango ese que, según denuncian el presidente y su coro de ministros más cercanos, inunda juzgados, medios de comunicación, tertulias, patronales, cenáculos y mentideros. Y sigo:

Si muestras dudas sobre los tiempos de la instrucción del juez Peinado contra la señora Gómez, porque no es normal anunciar una tal imputación cuatro días antes de unas elecciones, te cae encima la mundial, como si estuvieses haciendo el caldo gordo a las tesis, tan falsas por lo demás, de la portavoz Alegría o del estridente ministro Puente. O a la increíble carta que el presidente ha dirigido a los ciudadanos, digo, a los electores. En el otro extremo, si dices que la conducta de la mujer del presidente parece, quizá si no ilegal, que veremos, sí poco ética y desde luego nada estética, entras automáticamente en la lista de la fachosfera, que crece y crece según las cuentas de La Moncloa.

Mal negocio, especialmente en estos días de caos precampaña, y perdón por la auto cita, ser un periodista ‘freelance’, autónomo, humilde, escéptico porque ha visto ya demasiado, y voluntariamente al margen de trincheras. Muy mal negocio. Por eso voy a decir mi verdad.

Mi verdad es que un periodista que sigue a pie de calle como yo tiene muy difícil conseguir información, especialmente del área gubernamental, y no digamos ya de la formación situada a la izquierda del PSOE gobernante, una formación y su ‘lideresa’ por las que, por cierto, siempre he mostrado tanto aprecio como disgusto me provocan sus constantes desplantes informativos: ni siquiera quien ha sido nombrado portavoz de esta formación, y me refiero al ministro Urtasun, es fácilmente accesible a esos grupos de informadores que se quieren proclamar plurales y que se reúnen en busca de información ‘off the record’. ¿Puede un portavoz, pagado con los hoy por otra parte inexistentes presupuestos del Estado, rechazar sistemáticamente –siempre con amables pretextos, eso sí--, encuentros con profesionales que solo buscan cumplir con su deber de informar a la sociedad, cada cual según entienda cómo llevar a cabo esta información?

De lo del Gobierno y su partido ya ni hablo. Se practica una política que va de lo despectivo a lo sectario, y que ahora desemboca en la ‘guerra del fango’. De aquellos polvos, en los que los periodistas consentíamos ruedas de prensa sin preguntas y tragábamos con casi todo con sonrisitas cómplices y almibaradas, vienen estos fangos. Estos muros. Esta injusticia de impedir que el (antes) llamado cuarto poder pueda ejercer su función.

Sé que las protestas contra quienes dificultan la libertad de expresión y practican la opacidad y la mentira siempre han existido, aquí y en todo el mundo: pero hay que reconocer que, desde los tiempos de Trump, tiempos que lamentablemente ahora vuelven, no habíamos visto una tal hostilidad contra los medios –excluyendo algunos determinados, claro—, tal nivel de insultos, como ahora. Y conste, he de repetir, que para nada quiero comparar a Sánchez y su entorno con Trump y el suyo. Lo del impresentable candidato a (volver a ser) el hombre más poderoso del mundo no tiene parangón, ni Sánchez, por mucho que nos disgusten su actitud y comportamiento, merece que algunos quieran equipararle al furibundo delincuente Trump.

He de decir que el PP y otros partidos también son a su manera cómplices, pero en mucho menor grado, del maltrato a la información, del lanzamiento de ciertos bulos, de alentar covachas de insultadores en las redes. Por eso quiero hoy elogiar al representante de un partido, Vox, que ha mantenido tradicionalmente, y cuántas veces lo hemos denunciado, una conducta inaceptable con los medios discrepantes, que sí, son muchos, y por alguna razón lo serán. La receta es someterse a todas las preguntas de todos, por más que, reconozcámoslo, algunos interrogadores sean, más que profesionales, provocadores al servicio de quién sabe qué. Y luego, dar respuestas veraces, coherentes, respetuosas con el que pregunta. Estamos aún muy lejos de esta ¿utopía? Y por eso, hoy, sin que sirva de precedente, mi aplauso a Buxadé. Ya digo: que cunda la excepción y que la regla deje de serlo.