Publicado 25/05/2024 08:00

Fernando Jáuregui.- Por qué Europa se puede ir al carajo, como suena

MADRID, 25 May. (OTR/PRESS) -

Escribo desde Viena, donde he tenido la oportunidad de reunirme con algunos colegas de varios países para hablar sobre Europa ante las elecciones de dentro de dos semanas. Todos coinciden en subrayar el desinterés que estas elecciones suscitan en sus respectivas naciones, pero alguno -un portugués y un italiano, además de yo mismo y supongo que algún colega francés y nórdico- destaca una cierta preocupación ante el avance de las formaciones llamadas populistas, es decir, conectadas con postulados de extrema derecha, que, en el caso italiano y hasta en el galo, pueden ser incluso las más votadas.

¿Lleva esto a la destrucción de la vieja y buena idea de Europa, tal y como la concibieron los padres fundadores allá por los primeros años cincuenta? Seguramente no, pero podría ser que sí, si todo empeora, por ejemplo, en la guerra de Ucrania. Y nada indica que mejore.

Imposible desligar estas elecciones europeas, en las que los ciudadanos no se sientan ante el televisor para ver los debates electorales -ni en España ni en ninguna parte--, de lo que vaya a ocurrir en los Estados Unidos dentro de menos de seis meses. Europa, insisten algunos colegas, debe reforzarse ante una posible, incluso probable, victoria de Trump, aunque tampoco nos haya ido tan bien bajo la égida, débil y algo zigzagueante, de Biden. Y el Viejo Continente, con doña Úrsula von der Leyen al frente, tampoco ha sabido imponerse a un Putin belicoso, que no ha perdido un ápice de su fuerza en el interior de Rusia ni en sus alianzas exteriores con los países 'enemigos' -vamos a llamarlo así- de Occidente.

Nada que hacer, así pues, en el plano del reforzamiento de la vieja, buena, benéfica, democrática -no siempre del todo- Europa del estado de bienestar. Así que, constato, la mayor parte de los países que están en los primeros vagones e incluso en la locomotora parecen más interesados en sus propias pugnas políticas internas, quién va a ser más o menos votado en sus respectivos planos nacionales, que en contribuir a que el tren en su conjunto vaya a la velocidad adecuada: no hay, en general, acuerdos transversales, sino más bien confrontación. Y compruebo que España no es el único país dividido profundamente en lo que podríamos llamar una sensibilidad de la derecha frente a la izquierda: la pelea es individual y, a la vez, universal. Priman los juegos de trono nacionales, aunque en ningún caso he podido constatar una tal animadversión personal entre los líderes como la que sacude la superficie política española. Claro que ningún país europeo comparte, para su suerte, los problemas territoriales que tanto contribuyen a enconar el debate en España.

La conclusión es que la falta de entusiasmo ante la construcción de la futura Europa, que está más en manos de los 'cabezas de huevo' de la eurocracia en Bruselas que en los parlamentos nacionales, puede hacer que de estas elecciones de comienzos de junio salga... nada. Más de lo mismo, incluso en los principales rostros. Eso, sin duda, va a gustar en Moscú, que, a su modo hacker, seguro que intervendrá en las votaciones, encantado el Kremlin con la apatía previsible de los votantes y con cualquier cosa que signifique un debilitamiento de la propia idea quwe impulsó a la UE.

Los periodistas del cónclave vienés concluimos en que algo habría que hacer para animar las votaciones de junio, los debates previos -ya quedan pocos--. Sí, pero ¿qué, más allá de artículos como este, comentarios en las radios y televisiones donde nos dejen, cuando lo que en realidad 'vende' es la pelea interna entre rojos, azules y verdes domésticos? Mal asunto; temo que, si los padres fundadores saliesen de sus tumbas y viesen el átono panorama, concluirían que sí, que es incluso posible que la vieja Europa en la que tantos años hemos vivido tras la Segunda Guerra Mundial se nos puede ir al carajo, y entonces qué.

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