Publicado 25/02/2024 08:00

Fernando Jáuregui.- Oirá usted decir que Sánchez nos lleva a una dictadura...

MADRID, 25 Feb. (OTR/PRESS) -

Decía Talleyrand que "lo excesivo se vuelve irrelevante". Tal vez por eso, porque lo excesivo es utilizado en abundancia por los críticos del presidente del Gobierno, es por lo que Pedro Sánchez se mantiene; con la intención de voto en decadencia, de acuerdo, pero el caso es que se mantiene, ahí está. Esta semana que entra escuchará usted decir que Sánchez nos lleva camino de la dictadura. Es el título y el contenido de un libro escrito por un arúspice de la derecha, por más que tanto el PP como, recientemente, Vox se desmarquen de sus demasías, aunque, claro, se le utilice como ariete contra el Gobierno socialista-yolandista. Como si no hubiese motivos más que sobrados de crítica a este Gobierno como para lanzarse por esos caminos del exceso que denunciaba el gran Talleyrand, cuyo legado siempre hay que tener muy en cuenta.

No, no creo que Sánchez nos lleve a una dictadura, ni que sea, en puridad, un autócrata, como titulaba otro libro una política ex socialista que se pasó a las más furibundas filas del antisanchismo. Y, siendo, como es, odiado por una parte de la población, Sánchez es blanco propicio para los dardos más errados, que es algo que me parece que la mayoría de la ciudadanía percibe muy bien. No, no nos lleva a una dictadura, cosa que sería imposible en una España plenamente integrada en los esquemas occidentales. Ni se propone llevarnos a una República plurinacional, como también asegura el arúspice, entre otras razones porque es, hoy por hoy, uno de los sostenes de la Corona: si de verdad Pedro Sánchez quisiera la caída de Felipe VI, lo tendría fácil con su mayoría republicana en el Parlamento. Pero él es político avezado, tenga más o menos simpatías por la Monarquía, y sabe que tratar de mudar la forma del Estado, o propiciar su quiebra, traería consecuencias tremendas para la nación. Y para él.

Y yo diría que esta sigue siendo la clave en la actuación del actual presidente del Gobierno: que solo le inquieta su propia supervivencia política. Claro que no hay riesgo de dictadura, ni, creo, de tormenta sobre la principal institución del Estado. Lo que sí hay es un debilitamiento de la democracia, causado por ese afán de pervivir aliándose con quienes quieren destruir la nación, saltándose el espíritu y hasta la letra de unas leyes que son insuficientes, ya se está viendo, para defender a ese Estado.

A Sánchez se le puede acusar, y yo lo hago, de okupar las instituciones, de no dar espacio a la oposición, de cruzar todas las líneas rojas con desfachatez, de practicar la inveracidad como método de juego, de hacer lo que asegura que no va a hacer, de debilitar la separación de poderes y la seguridad jurídica. Y, si se quiere, descendiendo al detalle, se le puede acusar hasta de reaccionar tarde y mal ante los 'casos Koldo' que, sin duda, se mantendrán, para pesadilla de los socialistas, en los titulares de esta semana.

Pienso que la crítica a Sánchez no puede descansar en subir a los altares a algún escritor/a furibundo/a que buscan notoriedad a base de tirar la piedra más lejos de la realidad que nadie y aspiran a ser el referente de la derecha, de cualquier derecha. Ni en alguna ocurrencia ocasional que brota en la bancada donde se sientan las oposiciones, que no son una, sino dos.

Las críticas a la actual gobernación del país no pueden consistir en un cruce de descalificaciones en el que los dos políticos más importantes de España se llaman mutuamente 'mentiroso' en sede parlamentaria y se acusan mutuamente de ejercer todas las trampas... y que luego no pase nada. Ni tampoco en alentar la toma de las calles cada domingo. No, no es tampoco la crítica que triunfa en las redes sociales la que hace que un Gobierno se lo piense mejor sobre el daño que haga a la democracia: con ataques tales, Pedro Sánchez puede seguir durmiendo tranquilo en La Moncloa. Porque Sánchez no es un dictador, aunque tampoco sea un demócrata modélico. Pero eso, como se pregunta todas las mañanas un programa radiofónico, ¿a quién le importa? Bueno, a mí sí, al menos.

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