Publicado 02/04/2024 08:00

Fernando Jáuregui.- Sánchez niega la guerra, pero va a la guerra

MADRID, 2 Abr. (OTR/PRESS) -

Lejos de mi ánimo el criticar los viajes oficiales al extranjero del presidente de mi Gobierno. Pero el desplazamiento iniciado este lunes a Jordania, Arabia Saudí y Qatar tiene, me parece, escasa justificación en estos momentos, más allá del deseo del jefe del Gobierno de España de convertirse en algo semejante a aquel Clinton que abrazaba, en foto memorable, la firma de la paz de los acuerdos de Oslo entre Arafat y Rabin. Pero, claro, ni Sánchez es el presidente de los Estados Unidos, ni Arafat está ya entre nosotros, ni el actual Netanyahu es precisamente aquel buen primer ministro israelí Isaac Rabin. Ni la situación es la misma que en 1993. Ni, ya que estamos, el Parlamento español ha albergado debate de política internacional alguno, con la que está cayendo.

Sánchez, que quiso vetar el uso de la palabra 'guerra' en una 'cumbre' de la Unión Europea -lo contó Donald Tusk, el mandatario polaco, en una reciente entrevista para El País- se erige en una especie de mediador en el conflicto de Gaza, labor que nadie le ha pedido ni posiblemente le corresponde. Veremos qué resultados da su gira, que se produce en un momento al menos complicado para la política nacional. Sospecho que volverá lleno de buenas palabras y poca sustancia y se encontrará con el mar embravecido en casa: con las comisiones de investigación en las Cámaras Alta y Baja por los 'casos mascarillas', con el oleaje de la polémica de la amnistía, con el inicio de la campaña electoral vasca, con la eterna angustia de qué pasará en Cataluña, con los jueces cabreados... Y con un país que, es cierto, está absorto en el ombliguismo de las irregularidades políticas e institucionales que se producen a escala interna y muy poco preocupado, en cambio, con lo que ocurre más allá de nuestras fronteras.

La indiferencia que provocan los últimos desplazamientos de Sánchez a Latinoamérica, a las 'cumbres' europeas o, ahora, a Oriente Medio, es una buena muestra de esa despreocupación, de alguna manera denunciada por Margarita Robles, cuando, como Tusk, como von der Leyen, como el propio papa Francisco, habló, en una entrevista para La Vanguardia, de que es "total y absoluta" la amenaza de que la guerra en Ucrania se extienda a toda Europa. Y, de alguna manera, la ministra española de Defensa aludía a esa indiferencia de la ciudadanía ante un riesgo que Putin eleva incluso hasta la escala nuclear. Bien, pues uno de los que más despreocupación parece sentir es Pedro Sánchez, el jefe de Robles, que critica en las 'cumbres' europeas el alarmismo de algunos de sus colegas europeos y hasta que se atrevan a utilizar la palabra 'guerra'.

Claro, otra muestra del desinterés, real o aparente, que existe en España por la situación internacional, sea en el Este de Europa, en Oriente Medio o en no pocos inestables Estados africanos, es el hecho de que en nuestro Parlamento apenas se habla del mundo mundial, empeñados como estamos todos en tirarnos los trastos domésticos a la cabeza -y razón y razones no faltan, desde luego--. Y, así, el Sahara, la bronca que nos van a echar en la próxima 'cumbre' de la OTAN por nuestra escasa contribución a armar a Ucrania, el mero hecho de que Marruecos esté empeñado en unas maniobras militares en aguas demasiado cercanas a Canarias, o lo que está haciendo el venezolano Maduro (sea lo que sea), son cuestiones que están olvidadas o que pasan desapercibidas para Sus Señorías los diputados y los senadores españoles.

Y allá va Sánchez, el único mandatario europeo que sigue defendiendo -y me parece plausible, conste_la creación de un Estado palestino, a hablar con sus interlocutores en Jordania, en Arabia o en Qatar de un tema que irrita no poco a Israel, bastante distanciado con el Gobierno socialista español, aunque formalmente no haya ruptura. Ya digo: yo no criticaré que el Gobierno de mi país trate de extender su influencia en el mundo, claro. Lo criticable me parece practicar maniobras de ilusionismo para tratar de convencer a una ciudadanía escéptica de que nuestros mandatarios pesan en el concierto internacional mucho más de lo que en realidad pesan. Hay quizá que repetir aquello que decía Gorbachov, que confesaba que le encantaba viajar al extranjero, donde le aplaudían, antes que permanecer en casa, donde le odiaban. Que no digo yo que la situación sea la misma, claro, pero...

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