Bella, explotada con diez años y esclava del servicio doméstico

Bella, víctima de la explotación en Togo
PLAN INTERNATIONAL
Publicado 30/07/2016 8:46:48CET

MADRID, 30 Jul. (Por Plan International) -

Bella, de 16 años, viajó a Lomé, la capital de Togo, con su hermana mayor, ilusionada con la promesa de ir allí al colegio. Cuando llegó, fue obligada a trabajar en el servicio doméstico para un señor y después para otro. Consiguió escapar y volver a su pueblo al norte de Togo, donde está formándose para ser peluquera y montar su negocio.

"Cuando estaba aquí, en mi pueblo, mi hermana me preguntó si quería ir con ella a Lomé. Una vez allí, empecé a ir al colegio. Poco después, mi hermana vino a pedirme que fuera a vivir con ella y el padre de su hermana mayor, donde se me prohibió seguir yendo al colegio. Pregunté por qué no podía ir a clase y me dijo que era muy mayor y que debía aprender a trabajar. Le insistí en que quería seguir yendo al colegio, pero discutimos y ella decidió por mí.

Mi hermana solía venir a verme. Siempre me decía que estaba buscando dinero y que cuando tuviera, me llevaría de vuelta a casa. Un día vino a decirme que tendría que trabajar como sirvienta en una casa, para que yo ahorrara el dinero para volver al pueblo.

Le dije que era muy joven para ese trabajo pero insistió en que tenía que aceptarlo. Tenía 11 años entonces.

INSULTOS Y VEJACIONES

Mi jefe era un comerciante que vendía arroz, jabones y detergentes. Acabábamos de trabajar a las 9 o las 10 de la noche, a veces tenía que cocinar a medianoche cuando él llegaba a casa. Me levantaba a las 5 de la mañana, a veces a las 4.

Me insultaba la mayor parte del tiempo y yo me quedaba callada. Me pegaba cuando no me daba tiempo a cuidar a los niños, me hacía arrodillarme y me azotaba fuerte. Yo aguantaba y me aferraba a la promesa de mi hermana de que volvería y regresaríamos a casa.

Lavaba los platos, fregaba los suelos, cuidaba a los niños, lavaba la ropa y cocinaba. Me encargaba de toda la casa. Me pegaba cuando no podía con todo y me castigaba matándome de hambre. No me dejaba volver a casa.

Cuando conseguí volver al pueblo cuatro años después de esa vida horrible, con la ayuda de un amigo que me ayudó a escapar, me juré que nunca volvería a Lomé, que me quedaría aquí, aprendería un oficio y me ganaría la vida dignamente. Cuando recuerdo aquellos días me pongo muy triste.

Mi madre se puso contenta de verme viva y sana, pese a todo. Le hace feliz que esté aprendiendo un oficio y yo me siento mejor. Me gusta la peluquería.

Me gustaría ir al colegio, aprender francés, pero creo que con un oficio podré labrarme un futuro. Me digo que cuando acabe la formación abriré una tienda o una peluquería, ganaré dinero y por fin cuidaré de mi misma".