La difícil vuelta casa para un antiguo niño soldado en RDC

Niños soldados desmovilizados suben a un avión de CICR en RDC
ICRC/ FREDERIC LETELLIER 
Actualizado 01/04/2018 8:39:09 CET

A Ushindi le reclutó su padre para combatir y ahora intenta por segunda vez volver a una vida normal

KINSHASA, 1 Abr. (Por el Comité Internacional de la Cruz Roja, CICR) -

La existencia de niños asociados con grupos armados sigue siendo una realidad que rompe el corazón mientras los conflictos armados no terminan nunca en República Democrática del Congo (RDC). Según UNICEF, todavía hay más de 3.000 niños asociados con grupos armados en el país, principalmente en las regiones del este y el centro. Algunos son enviados a combatir, otros son usados como cocineros, porteadores y esclavos sexuales.

Reinsertarlos en la comunidad y devolverles a la vida normal puede ser difícil una vez que han sido desmovilizados. A menudo, quedan traumatizados por sus experiencias.

El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) está trabajando en cooperación con organizaciones congoleñas para ayudar a los niños a encontrar a sus familias y reconstruir sus vidas. Pero el proceso es complejo --a menudo dura años-- y nada puede borrar los recuerdos del sufrimiento que han vivido y que han infligido a otros.

RECLUTADO POR SU PROPIO PADRE

En junio de 2016, la vida de Ushindi cambió para siempre. El conflicto que arrasa el este y el centro del país había llegado a su localidad. Algunos residentes resultaron heridos; otros, incluida su madre, fueron asesinados.

"Acababa de cumplir 13 años", cuenta Ushindi. "Mi padre era un miembro importante de uno de los grupos y me pidió que me uniera a su convoy. Si me hubiera negado, habría tenido que encontrar la manera de sobrevivir por mi cuenta. No tenía otra elección que obedecerle", explica.

Al lado de su padre, Ushindi luchó batalla tras batalla contra otros grupos armados y a veces contra las fuerzas gubernamentales. "Realicé todo tipo de violencia (...) No te lo puedes ni imaginar. Disparé a personas sin pensarlo dos veces", afirma. Los días y las semanas pasaron. Ushindi sobrevivió a los enfrentamientos e incluso le llegó a gustar su nueva vida. Pero perdió su infancia e inocencia en el proceso. "No nos pagaban así que teníamos que saquear y robar para sobrevivir", señala.

HUYE O MUERE EN UN AGUJERO

Un año después, su padre murió en un ataque. Ushindi se trasladó a otras zonas de combate y vio a muchos otros compañeros morir. "Un día, estábamos enfrentándonos con otro grupo armado en un barranco. Uno de mis amigos fue abatido. Ahí fue cuando decidí abandonarlo todo y escapar. Pero los demás me amenazaron con matarme si me iba", recuerda.

Sin su padre para protegerle, Ushindi no tenía amigos ni ningún sitio al que ir. Estaba aterrorizado ante la posibilidad de morir, pero esta vez, estaba decidido a abandonar el grupo. "Toda mi familia había sido asesinada. El día que vi a mi padre caer, me di cuenta de que era el único miembro superviviente de mi familia", destaca.

Una noche, consiguió escabullirse de donde estaban sus compañeros y huir. Aunque agarrotado por el miedo, caminó durante kilómetros a través del bosque. "Los sonidos de disparos habían alejado a todos los pájaros y animales", recuerda.

Tras caminar durante horas, llegó a una localidad. Una organización encargada de la protección de menores le encontró allí y tomó medidas para acabar con su desarraigo y ayudarle a regresar a casa. El proceso de desmovilización había comenzado.

VIDA NORMAL POR UN TIEMPO

Ushindi fue trasladado primero a un centro de tránsito y orientación en Goma, en el este del país. El equipo allí le ayudó a preparar el regreso a su comunidad y a protegerse de volver a ser enrolado. "Es un paso muy importante en el proceso de reinserción social", explica Stéphane, miembro de la gerencia del centro.

Durante los tres meses que pasó en el centro, Ushindi se sintió como en casa. Tenía dos comidas al día, ropa limpia, instalaciones para lavarse y acceso a atención sanitaria. También recibió apoyo psicosocial para ayudarle a mitigar los efectos de sus años de combate. El trabajo manual, los deportes y los juegos fueron un cambio bienvenido frente a portar armas.

Una vez concluido el periodo de rehabilitación, Ushidi fue entregado a su familia extendida en su localidad, donde comenzó a trabajar con sus primos. "Comenzamos a cultivar mandioca. Podía comer y vivir con normalidad sin robar", señala. Palabras como "ataque" y "saqueo" perdieron su significado, pertenecían al pasado.

EL PRECIO DE LA LIBERTAD

Pero las noticias corren rápido en una localidad pequeña. Miembros del grupo armado de Ushindi supieron que había vuelto a casa y llegaron buscándole. "Les dije que no quería luchar más. Estaban furiosos. Me obligaron a irme con ellos y me encerraron", afirma. Todavía tiene cicatrices de los malos tratos que sufrió en sus manos. "Temía que me mataran", asegura.

Una noche, mientras sus captores estaban distraídos, Ushindi se escapó. Pero esta vez no estaba solo: varios prisioneros más y combatientes también huyeron. "Todos eran adultos", explica. "Yo tenía miedo, así que me fui por mi cuenta. Caminé durante toda la noche y al día siguiente. Quería llegar al centro de tránsito y orientación más próximos. Una vez allí, sabía que estaría a salvo". Ushindi tiene ahora 15 años.

REINSERCIÓN, UN NUEVO RETO

Volver a la vida civil es una dura experiencia para la mayoría de los niños que han estado sumidos en la guerra en contra de su voluntad. Los niños antiguamente asociados con grupos armados como Ushindi tienen que afrontar cicatrices psicosociales que llevan tiempo. "Muchos niños que nos llegan están heridos y traumatizados", cuenta Stéphane. "Además, tienen dificultades a la hora de reconstruir los lazos con sus familias y comunidades", añade.

"A veces las familias rechazan aceptar a los niños que vuelven por el daño que han causado, hostilidad en la comunidad, o simplemente porque son demasiado pobres", subraya Chahrazed Anane, jefe del programa para Restaurar Vínculos Familiares del CICR en el país.

"El CICR actúa como mediador con los líderes comunitarios para que, mediante el diálogo, podamos ayudar a desarrollar una capacidad local para proteger a los niños y reducir su riesgo de ser reclutados por grupos armados", añade.

En 2017, el equipo de Chahrazed Anane registró a 176 niños anteriormente asociados con grupos armados en el este y el centro de RDC con la esperanza de devolverles a sus familias. Hasta ahora 90 han vuelto a casa.

El CICR también organiza talleres locales para aumentar la concienciación entre los líderes comunitarios de los retos a los que se enfrentan estos niños cuando regresan.

DIÁLOGO CON GRUPOS ARMADOS

"En República Democrática del Congo, estamos en diálogo con un número de grupos armados sobre el reclutamiento de niños. Les recordamos sus obligaciones en virtud del Derecho Internacional y les informamos sobre las consecuencias para los niños", afirma Katherine Weir, responsable local del programa de protección civil del CICR.

Ushindi todavía no vive con su familia porque su localidad sigue estando ocupada por el grupo armado que le reclutó. Temeroso de verse obligado a combatir de nuevo, ha permanecido en el centro de tránsito, esperando a que vuelva la paz.

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