Ninguna calle es segura: historias de personas destrozadas por la guerra en Taiz (Yemen)

Bombardeo en Bab al Shab, en Saná, que dejó 17 muertos el 1 de mayo
Foto: AMNISTÍA INTERNACIONAL
    
Actualizado 28/05/2015 9:49:44 CET

MADRID, 28 May. (Por Radhya Almutawakel, activista de Derechos Humanos en Yemen) -

   Tras realizar un peligroso recorrido desde Saná en las últimas semanas, un activista de Derechos Humanos habla con la población civil yemení sobre cómo es la vida cuando la perspectiva de la guerra hace desaparecer cualquier sensación de normalidad. Los habitantes de la zona compartieron desgarradoras historias sobre cómo viven desde que el pasado 26 de marzo comenzara la campaña de bombardeos aéreos dirigida por Arabia Saudí.

   Viajar desde Saná, la capital de Yemen, hasta la ciudad de Taiz, situada en el centro del país, no es fácil ni siquiera cuando las circunstancias son buenas. Intentar hacerlo en medio de la implacable campaña de ataques con misiles y combates internos dirigida por Arabia Saudí hace que sea aún más difícil.

   El autobús tenía dos horas de retraso. Al final, conseguimos un taxi con el combustible justo para llevarnos a Taiz. Cuando llegamos, nos dijeron que el autobús que se suponía que teníamos que tomar había sido atacado por unos hombres armados sin identificar en un control cerca de Taiz. En Yemen, con emboscadas en cada esquina, la suerte juega un papel importante a la hora de evitar el peligro.

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   En Taiz, al igual que en Saná, hay una agobiante falta de combustible, cortes de electricidad y peligro de ataques aéreos de la coalición dirigida por Arabia Saudí. Todo ello con el riesgo añadido del conflicto armado interno que libran las milicias huthis y las fuerzas leales al ex presidente Alí Abdulá Salé por un lado, y la llamada "Resistencia Popular", compuesta por milicias cercanas al partido Al Islah y fuerzas leales al presidente Abdo Rabbu Mansur Hadi, por otro.

   La población de Taiz lucha para hacer frente a la situación mientras todo lo que la rodea está en peligro, desde las pintorescas aldeas en las faldas de las montañas de los alrededores hasta la intrincada red de preciosas callejuelas de la ciudad.

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LAS CALLES SON UN HERVIDERO DE COHETES, PROYECTILES Y BALAS

   Ahora, de las montañas que siempre han abrazado serenamente la ciudad surgen de repente explosiones que recuerdan a la gente que no está tan segura como piensa. Las calles de la ciudad y de los pueblos son un hervidero de cohetes, proyectiles y balas, en lugar de gente.

   Munther, sentado en un barrio de Taiz, la espalda apoyada en la pared, cuenta con voz ahogada cómo dos niños de su familia suyos saltaron en pedazos al ser alcanzados por un proyectil lanzado desde no se sabe dónde mientras jugaban en un callejón cercano el viernes, un día en el que las calles suelen llenarse de niños. Los vecinos decían que en la callejuela no había ningún extremista y por eso Ayham Anees, de 12 años, y Mohamed Mazen, de 7, estaban jugando al aire libre cuando el proyectil impactó.

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   "Yo fui quien les dijo que fueran a jugar precisamente a esa calle, porque era segura", dice Munther, mirando pensativo al suelo.

   La voz de Salah es igualmente triste. Ha estado en el hospital acompañando a su amigo Mohamed al Utaibi, de 25 años, que ha perdido una pierna a consecuencia del proyectil que alcanzó su casa, donde él y su amigo mascaban tranquilamente qat.

   "Insistí en que Mohamed devolviera el autobús que conduce a su dueño y viniera a casa. Quería protegerlo de las bombas, y resulta que una de ellas impactó en mi casa y ahora le han tenido que amputar la pierna", se lamenta Salah.

   Todo lo que le digo a Salah para que no se sienta tan culpable es en vano, su mirada lo dice a las claras. Nos cuenta también que los extremistas de la resistencia popular tenían una base en la primera planta de su edificio. Él, que vive en el tercer piso, les había pedido que se fueran, pero sus ruegos habían chocado con el poder de resistencia de un tanque.

   Por la trayectoria del proyectil, que atravesó tres paredes, Salah deduce que procedía de un tanque huthi situado ante un colegio cercano.

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LA TRANQUILIDAD SE ESFUMÓ RÁPIDAMENTE

   Akamat Alkharabah es un pacífico pueblo situado a una hora de Taiz, una tranquilidad que se esfumó rápidamente cuando un misil saudí impactó en su zona más pobre.

   El misil mató a varios niños, a dos mujeres y a un hombre. Las casas fueron derribadas y abandonadas poco después. Pregunté a los habitantes del pueblo por qué no se habían ido de la zona antes, teniendo en cuenta que había campamentos militares cerca.

   "Creíamos que Asiri (el general de brigada saudí Ahmed Asiri) decía la verdad cuando nos aseguró que los objetivos de la coalición eran muy precisos y que nuestros aviones no mataban civiles", respondió un joven del pueblo con voz aguda aunque débil.

   Wadha, sin embargo, no las tenía todas consigo. Duerme con su capa negra, por si acaso. "Estaba sola en casa cuando oí la explosión y creí que la casa se me caía encima. Cuando todo quedó en silencio, salí y olía a neumático quemado. Me alejé corriendo cuando comenzaron a sacar cadáveres. No podía soportar quedarme allí mirando", relata.

   Wadha dice que muchas personas huyeron de la zona tras el impacto del misil y que enseguida volvieron a sus casas cuando amaneció, pero tienen miedo de pasar la noche dentro.

MUERTES SIN SENTIDO

   La muerte siempre es la misma, sea cual sea la causa.

   La gente de a pie muere aunque no tenga relación ni simpatice con ninguno de los bandos en liza. Se lamentan de la matanza, pero sus lamentos quedan ahogados por la conmoción provocada por las partes en conflicto, que afirman que defienden los intereses de los ciudadanos de a pie.

   Y luego está la carretera que va desde el Monte Sabr de Taiz a Misrakh. Cuesta imaginar otra muerte sin sentido en un lugar tan bello. Vimos un vergel lleno de árboles de mango, mujeres con vestidos de brillantes colores y pulcros sombreros de paja vendiendo sus mercancías en los mercados junto a los hombres. La zona de Sabr es famosa por estas asombrosas escenas.

   Pero incluso allí, las bombas y los cohetes no tuvieron piedad. Lanzados desde la cima del monte Sabr, impactaron contra una tranquila aldea llamada Al Dhahra, situada en su falda.

   No quería ver las secuelas de un baño de sangre tras ser testigo de la belleza de los alrededores.

   El 16 de mayo, tres proyectiles disparados uno tras otro mataron a siete habitantes del pueblo (cuatro mujeres, dos niños y un hombre). El incidente aún estaba fresco en las mentes y los ojos llorosos de sus convecinos, cuyas manos temblaban al recordarlo. A cada palabra se detenían para recuperar el aliento.

   Una mujer del pueblo se me acercó para decirme que me iba a llevar a ver a "Wazeera", testigo de lo ocurrido. Sonreí para mis adentros al oír el nombre (cuyo significado es "ministra").

   Con lágrimas en los ojos, Wazeera me dijo: "Estaba sentada junto a la madre de los chicos que murieron (Azzam y Ahid), cuando oímos un sonido sibilante y vi que algo ardía. Nos levantamos de un salto y al llegar, vi a Dua'a inclinada cortando patatas delante de su casa antes de que la matara el primer proyectil. Varios hombres del pueblo llegaron a rescatarla mientras yo buscaba a mis hijos. Luego alguien gritó '¡Al suelo!'. El segundo proyectil impactó mientras Ramzi, que llevaba a Dua'a en una manta, gritaba 'Allahu Akbar' (Alá es el más grande) antes de que estallara. Me acerqué a ellos para ayudarlos y oí cómo 'Ahid me llamaba: 'Tita, ayúdame, me han herido'".

   "Vi el cuerpo decapitado de Ramzi mientras Azzam, que había perdido una pierna, llamaba a su madre para que lo ayudara, diciendo que sangraba. Sina'a yacía boca abajo con una herida en el cuello. Ahlam llegó para ayudar, llevando en brazos a su hija de nueve meses, cuando cayó un tercer proyectil que le destrozó la espalda y le salió por el pecho. Ella murió y su hija perdió una pierna. Fui a buscar a mis hijos y no sé cuándo me herí en la mano y el pie. Sólo recuerdo que corría y corría, intentando salvar a alguien".

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