Niños esclavos. La puerta de atrás

Niños esclavos. La puerta de atrás
ANA PALACIOS
Actualizado 18/06/2018 9:41:34 CET

Algunos padres venden a sus hijos por menos de 50 euros porque la familia pasa hambre y así hay una boca menos que alimentar

MADRID, 18 Jun. (Por Ana Palacios, periodista y fotógrafa documental) -

Había oído hablar a Chema Caballero de los niños soldado y también había leído libros como 'Un largo camino. Memorias de un niño soldado', de Ishmael Beah. Tenía referencias visuales, como las fotos de Gervasio Sánchez, y había visto películas como 'Rebelde', 'Beasts of No Nation' (Bestias sin patria) o la superproducción 'Diamante de sangre'.

Todas ellas son historias de niñas y niños rotos y despedazados para servir a los señores de la guerra. Mercancía armamentística barata, de consumo rápido y fácil reemplazo. Esclavitud rotunda. Todas ellas historias que me impactaron profundamente y dirigieron mi interés hacia la "esclavitud moderna", un concepto que se suele utilizar como sinónimo de "trata" para definir los diferentes delitos o prácticas cuyo denominador común es la explotación de una persona por otra, como el tráfico de personas, la mendicidad, la explotación sexual, el trabajo forzoso, el trabajo infantil y el matrimonio infantil, entre otros.

Fue entonces cuando oí hablar de los millones de niños esclavos que existen en África Occidental, una tierra en la que durante siglos se ha mercadeado con seres humanos y donde hoy se registra el mayor número de menores esclavizados del mundo.

Pensaba que no podía haber nada más atroz que las prácticas para convertir a niños en soldados desalmados, pero esto me pareció todavía más desgarrador porque, en la gran mayoría de los casos, son los padres quienes, a cambio de menos de cincuenta euros y falsas promesas, ponen a sus propios hijos en manos de traficantes que acaban vendiéndolos como esclavos.

UNA BOCA MENOS QUE ALIMENTAR

Me documenté y descubrí por qué lo hacen: porque tienen hambre, tanto los padres como los hijos, y porque como no pueden dar de comer a toda su prole, de esa manera, hay una boca menos que alimentar. Lo que me pareció aún más desolador es que esos padres ni siquiera saben que vender a sus hijos no es legal ni, por supuesto, ético. Allí, la compraventa de menores es una práctica extendida y aceptada. De hecho, socialmente se considera una transacción comercial más y no un acto delictivo.

La siguiente duda que me asaltó fue cuál era el presente y el futuro de esos niños y niñas. Quise entender y analizar en profundidad quiénes son, cómo es su día a día, si es posible romper esas cadenas y si hay una "puerta de atrás" por la que puedan salir y recuperar la infancia perdida.

A esa pregunta le siguieron tres años de investigación, cuatro viajes a Togo, Benín y Gabón, cinco meses compartiendo tiempo con Noir, Fleur, Grenat, Lavande, Indigo... Y así hasta cincuenta nombres, con sus rostros, sus miradas y sus voces.

HAY ESPERANZA PARA ESTOS NIÑOS

Gracias a que varias ONG que trabajan con menores en estos países me abrieron sus puertas, y después de vivir a su lado todo el proceso --su situación de esclavitud, su huida, el bloqueo emocional que sufren cuando llegan a los centros, los terrores nocturnos...--, pude comprobar que hay esperanza, que sí existe esa puerta de atrás.

También pude escuchar sus silencios, conocer su historia de maltrato, tocar sus heridas, sentir su dolor, oír sus primeras risas tras la libertad, verlos dormir en paz, notar que recuperan la tranquilidad, explicarles que pueden jugar sin que nadie les castigue por no trabajar, contagiarme de su entusiasmo por aprender a leer y a escribir...

He sido testigo de su largo camino de reconstrucción y he querido contarlo en este proyecto, que consta de un libro, una exposición y un documental. Mi intención no es otra que compartir el viaje que han emprendido de vuelta a la infancia, llenos de fragilidad pero también de fortaleza, con quien quiera mirar hacia este lado.