Quiero ser amiguito de Correa

 

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Andrés Aberasturi

Quiero ser amiguito de Correa

Publicado 15/10/2016 8:00:29CET

MADRID, 15 Oct. (OTR/PRESS) -

He seguido al principio por interés profesional pero poco a poco con verdadera devoción, la comparecencia de Correa en este primer juicio que lleva su apellido. Y casi me ha emocionado. No sólo ha asumido todas las culpas y se ha hecho responsable de casi todas las cosas feas, sino que ha dejado patente la defensa de sus empleados a los que libra de toda sospecha y le da mucha pena, -creáme señoría- que esté sentada en el banquillo una auxiliar administrativa. Otro de los acusados, no tenía capacidad -con todos los respetos- para algo más que para hacer lo que se le mandaba y sobre sus relaciones con no recuerdo quien, "no quiero hablar por respeto a su familia" porque resulta que se suicidó.

Pero no sólo me emociona todo eso, es que hay además un punto de admiración -comprendo que equivocada por mi parte- ante un tipo capaz de manejar ni se sabe cuántas empresas, tantas que ni él mismo conoce la mitad de sus nombres, que daba trabajo a los más necesitados así, por las buenas, y que agradecía con magníficos regalos a quienes le ayudaban. Me siento reflejado porque hasta que llegó la crisis el Corte Ingles me enviaba por Navidad un fino detalle digo yo que por el aire que daba a su tarjeta de compras.

Francisco Correa, además, habla con una seguridad y un aplomo educado que contrasta con la balbuceante fiscal que se empeña en bajar al detalle vulgar cuando el gran protagonista le repite una y otra vez que él no estaba en el "día a día" de sus múltiples empresas, que él mandaba y los demás -faltaría más- se limitaban a obedecer al jefe pero que no insista la fiscal en ensañarle apuntes de facturas menores porque él, -"ya le dicho varias veces"- no estaba en el día a día y, "créame -o ya sé que no me va a creer- pero estoy aquí para decir toda la verdad" y/o"quisiera ayudarle, pero es que de verdad, no lo sé".

Francisco Correa incluso llega a predecir a dos ganapanes que tenía a su vera todo el día y a los que sacó casi de la miseria y les dio trabajo y despacho y un sueldo más que digno que tarde o temprano le iban a traicionar. Y acertó, pero ni siquiera eso parece cabrear a este hombre tranquilo que se escucha a si mismo sonriendo cuando suena en la sala su propia voz en una conversación telefónica.

Francisco Correa reconoce que ha evadido impuestos, que tiene o tenía dinero en Suiza, que era él mismo quien pagaba a los políticos con la misma devoción que pagaba de su caja B personal la residencia en la que estaba su padre.

Francisco Correa salva de la quema a casi todos los suyos y carga con su cruz. Incluso puestos a salvar, salva a Rajoy porque cuando llegó al poder del PP en Génova, mire usted por dónde, no hubo química entre los dos.

Francisco Correa es casi un santo salvo por el pequeño y desagradable detalle de los dineros en Suiza para no pagar impuestos, pero por lo demás... un santo varón que diría el gran Tip. Ya veremos si cambio de opinión cuando acaben los interrogatorios del resto de las partes, pero hoy por hoy yo quisiera ser amiguito de Rodríguez Correa.

OTR Press

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