El Rey, en segunda fila

Publicado 24/08/2017 8:00:30CET

MADRID, (OTR/PRESS)

Dicen que el protocolo suele ser la fuente de la mayor parte de los conflictos entre los humanos. Si, además, las divergencias protocolarias tienen un marco como el del 'procés' en Cataluña, el disgusto está servido. Que se la Candidatura de Unidad Popular, que ejerce el control 'de facto', ya que no por su representación parlamentaria, sobre lo que ocurre y discurre en la Generalitat, quien decida qué lugar han de ocupar el Rey, y Rajoy, y los demás, en la manifestación del sábado en repulsa del atentado ocurrido hace una semana en Barcelona, es una auténtica locura. El Rey, que hizo un dignísimo papel desde los primeros momentos de apoyo a las víctimas y de rechazo al terror fanático, debería estar a la cabeza de esa que se pretende una gran concentración de gente que lo que quiere es más seguridad y menos 'politiquerío'. Puede que la alcaldesa Ada Colau, alegando demagógicamente que son las víctimas y los mossos, nuevos héroes populares, quienes tienen más derecho a encabezar el acto, relegue a las autoridades para que los de la CUP acepten asistan a la 'manifa'. Y entonces, en nombre del pueblo, pero sin el pueblo, se habrá cometido un nuevo dislate. Otro más.

Cuentan de Antonio Maura que, cuando llegaba tarde a un almuerzo y el anfitrión se disculpaba por no haberle podido situar en el lugar de honor, el político conservador respondía: "no se preocupe usted; allí donde yo esté sentado, será el lugar de honor". Pues eso: allí donde coloquen a Felipe VI, le buscarán las cámaras y los 'selfies' de la ciudadanía. Meter el 'procés' en una manifestación de dolor y de apoyo a las víctimas, catalanas y no catalanas, es no solamente miserable, sino un error. Sería tremendo que las crónicas de lo que ocurra el sábado en la Ciudad Condal reproduzcan, a escala protocolaria, el lamentable enfrentamiento soterrado que se está viviendo entre los Mossos -más bien, la consellería de Interior de la Generalitat_ y los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, que reclaman las mismas condecoraciones en reconocimiento a sus méritos que el Parlament ha dado a los 'autonómicos'.

Cierto, a la actuación de los mossos d'esquadra se le han dedicado creo que merecidos elogios. Han sido lo que tienen que ser: eficaces y resolutivos. Su mayor, Josep Lluis Trapero, con todos sus desplantes, que a mí me duelen, a algún periodista, ha dirigido la investigación y la resolución del caso con pulso firme. No creo que sea a él a quien pueda atribuírsele -nos iremos enterando_ el secuestro de la información de la que se quejan la Policía Nacional y la Guardia Civil. Ello implicaría un enorme desprecio por la seguridad de los ciudadanos, como sería despreciar a la ciudadanía 'politizar' la manifestación del sábado, o como es un insulto a la inteligencia y al sentido común la oleada de islamofobia que contemplamos en redes sociales y en ciertos comentarios extremados.

Pero ya ve usted: apenas ha pasado una semana desde que el terror mató a catorce personas y dejó heridas a casi un centenar y el dichoso 'procés', con sus tentáculos de pulpo, lo ha impregnado todo, con sus sinrazones, sus fanáticos en pro y en contra y sus 'cupadas'. Y con sus errores: ¿en qué país se exigiría que el jefe del Estado tenga obligatoriamente que ir en la segunda, o tercera, fila de una manifestación que, como esta, se pretende por completo despolitizada? No tenemos arreglo.

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