MADRID, 12 Ene. (CHANCE) -
La falta de aislamiento térmico continúa siendo uno de los principales problemas del parque residencial en España. Según la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), una parte significativa de los hogares presenta un aislamiento deficiente, lo que se traduce en un mayor consumo energético y en un aumento notable de la factura eléctrica, especialmente en los meses de mayor demanda de calefacción y refrigeración. A pesar de ello, y tal y como señala el Instituto Nacional de Estadística (INE), solo el 14 % de los españoles ha mejorado el aislamiento de su vivienda, frente a una amplia mayoría que aún no ha adoptado medidas en este ámbito.
En este contexto ha cobrado protagonismo un nuevo modelo constructivo: la casa pasiva o Passivhaus, un estándar de edificación que prioriza la eficiencia energética, el confort interior y la reducción del consumo, minimizando la dependencia de sistemas activos de climatización.
Las viviendas pasivas se basan en una envolvente térmica altamente eficiente, diseñada para aislar al máximo el interior del exterior y mantener una temperatura estable durante todo el año. Este enfoque responde, además, a los objetivos marcados por la Directiva 2010/31/UE, que impulsa la construcción de Edificios de Consumo de Energía Casi Nulo (EECN) en toda la Unión Europea. Entre sus principales ventajas destacan el ahorro energético y económico, la reducción de la huella de carbono y una mejora significativa del confort térmico y acústico.
Dentro de esta envolvente, los denominados huecos constructivos -ventanas, puertas, fachadas y cubiertas- son especialmente críticos desde el punto de vista energético. Entre ellos, las ventanas desempeñan un papel determinante, ya que pueden concentrar entre un 30% y un 40% de las pérdidas energéticas de una vivienda si no cuentan con las prestaciones adecuadas. Estas pérdidas se producen tanto por la transmisión térmica del cerramiento como por las infiltraciones de aire, habitualmente asociadas a carpinterías de baja calidad, vidrios poco eficientes o sistemas de sellado deficientes.

Por este motivo, el estándar Passivhaus exige ventanas de altas prestaciones, capaces de garantizar un elevado aislamiento térmico, una estanqueidad casi total y un óptimo aprovechamiento de la luz natural. En este contexto, las ventanas de aluminio de última generación se han consolidado como una solución eficaz para los proyectos más exigentes, gracias a la resistencia del material y a la precisión que permite en el diseño de carpinterías de altas prestaciones.
En el caso de K·Line, fabricante de ventanas de aluminio con más de 25 años de trayectoria en España, esta evolución se traduce en el desarrollo de perfiles de aluminio reducidos y de diseño minimalista, que permiten incrementar entre un 15% y un 20% la superficie acristalada respecto a soluciones convencionales, favoreciendo la entrada de luz natural sin renunciar a un diseño contemporáneo. A ello se suma la hoja oculta, que refuerza la continuidad visual del conjunto, así como bisagras con apertura de hasta 180º, que mejoran el confort de uso y facilitan la ventilación de las estancias, un aspecto clave en las viviendas pasivas.
Un ejemplo de esta propuesta es la KL-FHP, una ventana de triple acristalamiento concebida para responder a los requisitos de los edificios de consumo de energía casi nulo. Este tipo de soluciones contribuye a eliminar los puentes térmicos, uno de los puntos más sensibles en la eficiencia de la envolvente, y alcanza los niveles más altos de estanqueidad al aire, fundamentales para cumplir con los criterios establecidos por el Passivhaus Institut, con sede en Darmstadt (Alemania).
Además del rendimiento térmico, las ventanas desempeñan un papel relevante en otros aspectos contemplados por el estándar Passivhaus, como el control de la humedad y la correcta ventilación de los espacios. Las soluciones a medida permiten un ajuste preciso al hueco de obra, reduciendo el riesgo de filtraciones y condensaciones, mientras que los sistemas de apertura facilitan la ventilación natural directa o indirecta de todas las estancias.
A todo ello se suma el factor medioambiental. El aluminio es un material infinitamente reciclable sin pérdida de propiedades, lo que lo convierte en una opción alineada con los principios de la economía circular. En esta línea, K·Line ha desarrollado el programa de sostenibilidad K·Line Planet, que articula medidas propias orientadas a reducir el impacto ambiental a lo largo de todo el ciclo de vida del producto. Entre ellas destaca CORALIUM, la primera planta de fundición de aluminio bajo en carbono de Francia, impulsada por la propia compañía para reciclar ventanas al final de su vida útil y producir nuevos tochos de aluminio con los que se fabricarán las ventanas del futuro.
De este modo, las casas pasivas y los edificios de consumo de energía casi nulo se consolidan como una respuesta eficaz al déficit de aislamiento en las viviendas, combinando eficiencia energética, confort, diseño y sostenibilidad, con las ventanas de aluminio de altas prestaciones desarrolladas por K·Line como uno de los elementos clave para alcanzar estos objetivos.
(Información remitida por la empresa firmante)