Actualizado 25/06/2020 6:58:44 +00:00 CET

Burkina Faso: fuera de foco, la población sufre un aumento de violencia sin precedentes en el este

Desplazados por la violencia en el este de Burkina Faso
Desplazados por la violencia en el este de Burkina Faso - MSF - Archivo 

   MSF defiende que la lucha contra la COVID-19 no debe hacerse a costa de ignorar otras necesidades que ya había antes

   UAGADUGÚ, 25 Jun. (Por Abdalá Hussein, coordinador general de MSF en Burkina Faso) -

   Mientras la información sobre la COVID-19 continúa ocupando gran parte de los informativos de todo el mundo, otras crisis humanitarias resultan cada vez menos visibles. Ese es precisamente el caso de la región Este en Burkina Faso, donde los asesinatos, los secuestros y los saqueos son ahora mismo algo habitual en casi todas sus aldeas.

   Esta región es una de las áreas más afectadas por el conflicto armado entre las fuerzas de seguridad nacionales y varios grupos armados; un enfrentamiento que ya dura cuatro años y que ha provocado el desplazamiento forzoso de cientos de miles de personas.

Desplazados en Burkina Faso MSF

   Lejos de la luz pública, las comunidades más vulnerables se enfrentan a enormes dificultades. En medio del conflicto, la pobreza y las epidemias recurrentes, decenas de miles de personas viven con miedo a sufrir nuevos ataques y cuentan con muy poca comida y agua. El acceso a los servicios básicos, como la atención médica, también es muy deficitario y sin embargo, la atención y la ayuda que reciben por parte de las autoridades y las organizaciones internacionales, es cada vez menor.

   Los próximos meses serán aún más difíciles para ellos: la temporada de lluvias y el periodo de escasez de alimentos, que empiezan en junio, generalmente desencadenan un pico en la desnutrición severa e incrementan la incidencia de la malaria, una de las principales causas de muerte en el país. Todavía no se han confirmado casos de COVID-19 en la zona, pero su amenaza supone un problema añadido al enorme desafío que supone el tener que prestar apoyo a la población en un entorno tan inseguro como este.

Desplazados en Burkina Faso MSF

   Desde mayo de 2019, MSF proporciona atención médica y distribuye agua y artículos de primera necesidad aquí, pero aún queda mucho por hacer. Y eso vale tanto para nosotros como para todas las demás organizaciones humanitarias: hay que ampliar urgentemente los programas de ayuda si queremos evitar que se produzcan aún más muertes y sufrimiento.

NECESIDADES HUMANITARIAS Y CONSECUENCIAS PSICOLÓGICAS

   En los últimos dos meses, una nueva oleada de ataques contra algunas localidades remotas de esta región ha desarraigado a miles de familias, que han huido a las ciudades de Gayeri y Fada. Nuestro equipo ha escuchado testimonios desgarradores de supervivientes que sufrieron o presenciaron actos de una violencia extrema y que tuvieron que caminar durante días para llegar a un refugio seguro, dejando atrás todo cuanto poseían.

   Muchos perdieron a seres queridos y las consecuencias psicológicas que están sufriendo algunos son ya muy profundas. Desde enero hasta finales de mayo, nuestros equipos ya habían asistido a más de 5.300 personas con problemas de salud mental.

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   La falta de refugio adecuado es una gran preocupación, ya que muchas familias desplazadas se ven obligadas a vivir en tiendas de campaña hechas de paja o de trozos de plástico. "Huimos de nuestra aldea porque aquellos hombres armados querían obligarnos a rezar y a vivir como extraños en nuestra propia tierra", me cuenta Ouliga, de 29 años y que huyó con su marido y sus cuatro hijos. "Hemos sido acogidos por una familia local, pero no nos sentimos seguros, porque ya no estamos en casa. Además, no hay suficiente para comer", subraya.

UN SISTEMA DE SALUD AL LÍMITE DEBIDO AL CONFLICTO Y LA ESCASEZ

   El sistema de salud en esta región está muy debilitado. Según la Organización Mundial de la Salud, más de 30 centros médicos han cerrado o han dejado prácticamente de funcionar. Los medicamentos y el material médico son escasos, a menudo a causa de los saqueos o porque la inseguridad impide la entrada de nuevos suministros, y hay muy poco personal médico disponible.

   Por un lado, la violencia extrema ha obligado a muchos médicos y enfermeras a trasladarse a zonas urbanas más seguras. Además, se ha llegado a atacar ambulancias en la zona, a pesar de que es algo que está expresamente prohibido por el Derecho Internacional Humanitario, y el miedo está muy extendido. De hecho, sabemos que algunas personas son reacias a buscar atención médica porque temen que las asocien a uno de los bandos en conflicto y convertirse en objetivo directo de la contienda.

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LA VIOLENCIA DIFICULTA LA PROVISIÓN DE AYUDA

   La inseguridad está obstaculizando los esfuerzos de ayuda y plantea enormes desafíos para llegar a algunas comunidades, especialmente a las personas que viven en aldeas remotas. El pasado 16 de abril, MSF tuvo que cancelar una visita a la aldea de Tawalbougou, donde miles de familias desplazadas han buscado refugio, tras ser atacados por varios hombres armados. Afortunadamente, logramos reanudar nuestras actividades en el área más tarde, pero muchas veces, después de un acto así, no podemos permitirnos volver. Y quien sufre las consecuencias es la población que se queda sin asistencia médica.

   Nuestra capacidad para llegar a las personas más vulnerables a menudo está limitada por la inestabilidad y por la multitud de grupos armados que amenazan nuestra integridad y la de las personas a las que asistimos. Como resultado, miles de personas permanecen aisladas y privadas de servicios básicos, incluida esa atención médica que tanto necesitan.

EL IMPACTO COLATERAL DE LA COVID-19

   Burkina Faso ha registrado más de 900 casos de COVID-19. Aunque hasta ahora toda la parte este del país parece haberse salvado, la amenaza está siempre ahí y está teniendo un impacto colateral muy negativo en nuestro trabajo. Hemos tenido que poner en pausa todos los servicios médicos no esenciales y hemos tenido que adaptar ciertas actividades. El apoyo psicológico, por ejemplo, ahora se lleva a cabo de forma remota: por teléfono y a través de programas de radio y folletos de sensibilización.

   La COVID-19, combinada con la violencia, también supone un enorme obstáculo para las campañas de vacunación. Por ejemplo, tras la reciente aparición de un brote de sarampión, acordamos vacunar a todos los niños del distrito de Pama. El primer desafío al que tuvimos que enfrentarnos fue la seguridad de nuestros equipos, ya que el área tiene un historial de incidentes violentos contra trabajadores de salud y ambulancias. Y el segundo reto involucraba la estrategia de vacunación en sí, ya que reunir a todo el mundo para realizar vacunaciones masivas, ya no es posible debido al coronavirus.

   Tuvimos que ir puerta por puerta en lugar de vacunar a los niños en los centros de salud. Y también tuvimos que asegurarnos de que todos los equipos de vacunación dispusieran de equipos de protección personal para minimizar el riesgo de contagio. Esto exigía una organización y tiempo significativos: era como prepararse para el control de dos brotes simultáneamente. Pese a las reticencias iniciales en algunos hogares debido a los rumores de que la vacuna tenía algo que ver con la COVID-19, logramos alcanzar nuestro objetivo de vacunar a más de 40.000 niños.

   Tener acceso a equipos de protección personal para nuestro personal también ha sido problemático, y esto limita nuestra capacidad de brindar asistencia. Además, las restricciones de viaje internacional nos impiden traer personal más experimentado al país, desde médicos especialistas hasta matronas y especialistas en logística.

   Nos preocupa en especial el hecho de que muchas comunidades desplazadas y de acogida viven en condiciones precarias, que los servicios médicos se han reducido y que los servicios de cuidados intensivos y reanimación para pacientes gravemente enfermos son extremadamente limitados.

   Por ello, es prioritario continuar intensificando las medidas preventivas a nivel comunitario, sabiendo que efectivamente no siempre es sencillo. ¿Cómo, por ejemplo, implementas las medidas de 'distancia física' en una tienda abarrotada? ¿Cómo puedes pedirle a alguien que se lave las manos con frecuencia cuando ni siquiera tiene suficiente agua para beber?

LA PANDEMIA NO DEBE ECLIPSAR OTRAS NECESIDADES AGUDAS

   La COVID-19 es una emergencia dentro de una emergencia, por ello resulta imprescindible que no se usen los recursos de otras intervenciones médicas para combatir esta pandemia. Es esencial mantener el coronavirus bajo control y evitar que se produzcan efectos colaterales, pero no a expensas de la respuesta a otras emergencias humanitarias que resultan igualmente preocupantes.

   Aquí, la COVID-19 no es necesariamente la principal preocupación: para miles de desplazados y comunidades de acogida, el simple hecho de sobrevivir ya resulta bastante difícil. "Nuestras vidas han cambiado radicalmente en los últimos meses con más problemas para conseguir alimentos, agua, refugios para las familias desplazadas", me cuenta Alphonse, que vive en una de las comunidades de acogida.

   "Tenemos miedo de los bandidos que nos amenazan pero también tenemos miedo de esta enfermedad peligrosa sin tratamiento y de otras enfermedades transmisibles como el sarampión", reconoce este padre de familia, que vaticina que "muchos se verán traumatizados en el futuro por la inseguridad y la COVID-19".

   Aquí la gente no teme tanto al “bichito”, lo que teme es que la temporada de lluvias destruya sus refugios improvisados y temen sobre todo al hambre y la sed. Hacer frente a la pandemia debe seguir siendo una prioridad, pero no a costa de eclipsar otras necesidades agudas ni desviando fondos, personal y ayuda.

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