La batalla diaria para las familias en las zonas de conflicto de Ucrania

Paso de Mariinka, en Ucrania
ACNUR/ANASTASIA VLASOVA
Actualizado 09/04/2018 10:56:52 CET

MARIINKA (UCRANIA), 9 Abr. (Por Kate Bond, de ACNUR) -

Era un día normal para Liuba y su hijo Misha en Mariinka, una ciudad devastada por el conflicto en el este de Ucrania. Estaban acostumbrados a oír el repiqueteo de las ametralladoras mientras preparaban el desayuno, por lo que cuando se hacía el silencio, Misha, de diez años, corría a la cercana casa de su abuela.

Entonces, un proyectil explotó sin previo aviso, recuerda Liuba. "De repente, no podía verlo, pero oí el sonido y a alguien gritando 'mamá'".

Lo primero que recuerda es ver la sangre saliendo de su cabeza, en la que se habían alojado fragmentos del proyectil. Con el hospital más cercano a 30 kilómetros de distancia y los enfrentamientos en Mariinka intensificándose, Liuba sabía que había pocas posibilidades de conseguir una ambulancia.

Afortunadamente, un familiar de una localidad cercana fue capaz de llevarlos y Misha sobrevivió. Ahora, Liuba dice que los disparos todavía le dan miedo, pero el silencio la asusta incluso más.

Liuba y Misha están entre las más de 600.000 personas atrapadas dentro de la zona de conflicto. Antes, iban andando hasta el autobús de la escuela todas las mañanas. Ahora que el camino se ha vuelto un barrizal, Liuba empuja a su hijo en una bicicleta, pasa las casetas militares, para que pueda llegar limpio.

Los proyectiles y las minas han puesto del revés miles de vidas, haciendo difícil que puedan recoger ayudas, comida y medicinas o encontrar trabajo.

Misha sostiene un trozo de metralla

MOVIMIENTOS LIMITADOS

Moverse a través de la línea de contacto también es difícil. Solo en febrero de 2018, se registraron más de un millón de cruces de personas que se reunían con familiares o recurrían a servicios locales.

Sasha y su mujer, Yulia, de Donetsk, cruzan a menudo el paso de Mariinka para ayudar a sus parientes ancianos en Adviika, controlada por las fuerzas ucranianas. Un viaje que antes llevaba media hora en autobús y que ahora les cuesta todo un día. Embarazada de siete meses y con temperaturas invernales, Yulia agradece las tiendas con calefacción proporcionadas por ACNUR, donde puede descansar.

Esta pareja, junta desde que son niños, apenas puede creer lo mucho que han cambiado sus vidas.

"Estaba muy contento después de que nos casáramos", dice Shasha, que agarra el brazo de su esposa. "Adviika era muy bonita y estaba cerca de mi familia. Aguantamos sin movernos todo lo que pudimos, pero los enfrentamientos también llegaron a nuestra zona y las vibraciones nos estremecían. La estación de tren estaba llena. De repente, la guerra era algo real que podía pasarte".

Yulia añade: "Antes, antes decíamos que deseábamos felicidad y paz, pero solo por decir. Ahora, vemos el valor de estas palabras, tener paz para vivir con tu familia".

Sasha y Yulia quieren ser padres, pero les preocupa cómo viajarán una vez que tengan el bebé. Muchas personas pasan horas haciendo colas en puestos de control, con acceso limitado a servicios básicos como agua potable, letrinas, refugio y atención sanitaria.

"Es tenso", dice Yulia. "Todo el mundo quiere cruzar cuanto antes. Hay muchas personas que intentan colarse".

A ACNUR le preocupan las restricciones para la libertad de movimiento que sufren los civiles.

George Okoth-Obbo, alto comisionado adjunto para las operaciones que que recientemente revisó las actividades de ACNUR en Ucrania, vio por sí mismo a la gente haciendo horas de cola en temperaturas gélidas. "Agilizar la frecuencia con la que las personas pueden viajar y las complicadas condiciones que sufren están entre los desafíos más urgentes", ha afirmado.

Liuba todavía vive con el trauma de lo cerca que estuvo su hijo de perder la vida. Desde entonces, su casa ha sido atacada cuatro veces y el pequeño Misha sueña con irse.

"No me gusta vivir aquí porque hay disparos y no tengo amigos", dice. "Soy el único niño de la calle. Lo peor es cuando atacan tu casa y todo se mueve", añade.

"Cuando ocurrió, deseé que me hubiese pasado a mí y no a él", asegura Liuba, mientras cierra los ojos. "Le hizo crecer demasiado rápido", lamenta.

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