Devolver la sonrisa a las mujeres de Thanh Hoa (Vietnam)

Mujer con su hija en Vietnam
MANOS UNIDAS
Tres años después del inicio del proyecto apoyado por Manos Unidas, las mujeres calladas son ahora mujeres felices
Actualizado 08/03/2018 10:47:30 CET

MADRID, 8 Mar. (Patricia Garrido, responsable de proyectos de Manos Unidas en el Sudeste Asiático) -

Vietnam es ese país emergente del Sudeste Asiático que la mayoría de la gente conoce más que nada por la guerra que libró contra Estados Unidos en la década de los 60 y 70 del siglo pasado y, sobre todo, por el relato que Hollywood ha hecho de ese conflicto.

Hoy en día es un país con una economía basada en la industria manufacturera capaz de competir en costes bajos con China y que crece a cifras en torno al 7 por ciento anual pero en el que, según estimaciones del Banco Mundial, una tercera parte de sus 93 millones de habitantes viven sumidos en la pobreza.

Las principales razones que se apuntan para esto son la corrupción y el escaso desarrollo de la agricultura: no en vano la gran mayoría de la población que vive bajo el umbral de la pobreza son habitantes de las zonas rurales.

Además, por las propias características físicas y geográficas del país --densamente poblado, de escasa altitud sobre el nivel del mar y con muchos kilómetros de costa-- es uno de los más gravemente castigados por el fenómeno del cambio climático, que se ceba de forma especial con la población rural, que vive de la agricultura y la pesca. La gente de los pueblos vietnamitas padece de forma recurrente el impacto de fenómenos como sequías, tifones e inundaciones. Intentan adaptarse a vivir con estos eventos climáticos extremos, pero no es nada fácil.

En una de esas provincias costeras azotadas sin piedad por los tifones y las inundaciones cada vez más frecuentes, en la de Thanh Hoa, conocimos hace 3 años a un grupo de mujeres residentes en dos comunas del distrito de Tinh Gia: las de Hai Ninh y Ninh Hai. Eran mujeres solas, cabeza de familia, sin un marido o un padre de sus hijos a su lado.

VIUDAS DE PESCADORES

La gran mayoría de ellas eran viudas de pescadores porque, debido a las condiciones climáticas extremas, el mar de la China Meridional en el que cada día faenan miles de frágiles embarcaciones para traer un magro sustento a casa, se ha convertido en una auténtica trampa mortal para muchos pescadores.

Antes de perder a sus esposos, estas mujeres sacaban adelante a sus familias con mucho sacrificio, mediante el producto de la venta del pescado que traían sus maridos y el cultivo de un pequeño arrozal, del tamaño y rendimiento justos para atender el consumo familiar. Sin ahorros ni recursos y de la noche a la mañana, por un golpe de mar, pierden la mitad de la fuerza de trabajo de la familia y se quedan totalmente desprotegidas y sin red alguna que impida su caída en el pozo más profundo de la pobreza.

En estas circunstancias de desamparo, deben hacer frente además al estigma que supone en una sociedad rural asiática tan tradicional ser una mujer sola y no tener un varón al lado: son consideradas poco menos que unas apestadas en la comunidad y los vecinos prácticamente dejan de relacionarse con ellas.

No es de extrañar que las mujeres con las que tuve oportunidad de encontrarme en marzo de 2015 gracias a la ONG vietnamita Centre for Sustainable Rural Development (SRD), prácticamente no hablaran y sólo transmitieran con su tristísima mirada una tremenda situación de angustia por no poder sacar adelante a sus hijos ellas solas. En Vietnam no existen esas cosas que damos por garantizadas en nuestro mundo occidental, como son las pensiones de viudedad y orfandad o la educación y sanidad gratuitas.

PROGRAMA DE MEDIOS DE VIDA

En este difícil contexto, la ONG vietnamita SRD, con el apoyo de Manos Unidas, puso en marcha hace 3 años un proyecto de desarrollo destinado a poner al alcance de estas mujeres las oportunidades y herramientas necesarias para asegurarse un medio de vida sostenible para ellas y sus familias, bajo un enfoque de agricultura adaptada al cambio climático.

Han aprendido a cultivar variedades de arroz que dan mayor rendimiento en las nuevas circunstancias de salinización de suelos y de prolongadas sequías, como la que ha afectado al país durante todo 2016 y buena parte de 2017. Han sido capacitadas para organizarse en grupos de ahorro mutuo a los que ahora pueden acudir en busca de financiación para atender las pequeñas inversiones y necesidades domésticas. Han aprendido a criar pollos y a producir su alimento y vacunas de forma natural. Han montado una pequeña empresa social que produce esa salsa de pescado que, junto con el arroz, es el pilar de la dieta vietnamita. Pero, sobre todo y por encima de todo, han recuperado la sonrisa, la dignidad como personas y las ganas de vivir.

He visitado las comunas de Hai Ninh y Ninh Hai cada año, durante los 3 años de duración del proyecto y he visto los cambios que se operaban poco a poco en las vidas de estas mujeres y sus familias. Más allá de los resultados previstos por el proyecto en cuanto a mejora de las condiciones económicas familiares y de la resiliencia, es decir, de su capacidad de aguantar mejor las embestidas de los fenómenos climáticos extremos, que sin duda han tenido una importancia clave; me quedo con la transformación radical operada en sus personas, cuyo alcance nunca podríamos haber llegado a imaginar.

AHORA SON MUJERES FELICES

Aquellas mujeres solas, calladas y de miradas de profunda tristeza son ahora mujeres felices, miembros de pleno derecho de su comunidad, mujeres orgullosas por haber podido seguir manteniendo a sus hijos escolarizados y no tener que ponerles a trabajar, que han encontrado en los grupos de ahorro mutuo una red de mujeres como ellas, con las que hacen bromas, cantan, hablan sin parar, comparten sus experiencias y hasta han organizado un equipo de voleibol.

Durante mi última visita hace tan solo unos meses, me mostraron muy orgullosas la foto del equipo, con camisetas rosa fucsia, y el campo para jugar que les ha cedido la municipalidad. Alguien que no haya nacido pobre en un país como Vietnam no puede hacerse una idea de lo que supone para estas mujeres poder disfrutar de un tiempo de ocio, poder hacer deporte con sus compañeras, tener en la cabeza en algún momento del día algo que no sea cómo poner un plato de comida en la mesa familiar al día siguiente o qué hacer para pagar las medicinas que necesita un hijo enfermo.

En estas fechas de justa reivindicación y visibilización del trabajo que hacen las mujeres en todo el mundo, merece la pena poner en valor los logros conseguidos por estas mujeres en apariencia tan débiles pero en el fondo muy fuertes, que con sólo un poco de ayuda, han conseguido transformar sus vidas y recuperar su dignidad como personas y miembros de pleno derecho de su comunidad. Y también volver a sonreír.